Tú estás aquí
Inicio > Emancipadxs > Violencia machista: genocidio silencioso

Violencia machista: genocidio silencioso

Teníamos 16 años, era un sábado de mañana, aun oscuro, sonó el teléfono, entraron mis hermanos y mi madre al cuarto, supe que algo había pasado, Ivanova mi amiga que la noche anterior había dormido en mi casa , había sido asesina por su padrastro quien le vació la pistola y se pegó un tiro. Un femicidio anunciado, como tantos otros.

Llámese violencia de género, violencia contra las mujeres o violencia machista, nos referimos igualmente a aquella enraizada en una violencia estructural de las sociedades que han traducido la diferencia en desigualdad, en inferioridad, instaurando relaciones jerárquicas y asimétricas de poder sobre ejes de dominación que van desde el sexo, el género, las prácticas sexuales, pasando por la clase el grupo étnico y la creencia religiosa.

La violencia machista ha sido ejercida por siglos sobre millones de personas por el hecho de ser o ser percibidas como mujeres, o identificarse con lo femenino. Uno de los genocidios más sistemáticos y silenciosos de la historia, teniendo por hito más visible la casería de brujas acometida por la Inquisición europea, imprescindible para la desarticulación de lo comunitario en la fase originaria de acumulación del capital, como magistralmente lo ha expuesto la historiadora y activista feminista Silvia Federici.

Veamos algunas cifras. En el informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU) del 6 de noviembre de este año, en todo el mundo 1 de cada 3 mujeres ha sufrido violencia física o sexual. En el 2012 se encontró que, 1 de cada 2 casos de femicidios son cometidos por parejas, ex parejas o familiares. 4,5 millones de personas son víctimas de explotación sexual forzada, de estas el 98% son mujeres y niñas. 250 millones de mujeres se casaron teniendo menos de 15 años. Según Amnistía Internacional el 70% de la pobreza tiene rostro de mujer. Hay 60 millones menos de niñas en el mundo por abortos selectivos e infanticidios. La violación sexual, sigue usándose sistemáticamente como arma de guerra. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima en un informe publicado en el 2008 que 140 millones de niñas y mujeres han sido sometidas a mutilaciones genitales femeninas. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su informe del 2010-2011 indica que son más del 60 % de las mujeres las que sufren hambre en el mundo y reconoce que el 70 % de la producción alimenticia es aportada por las mujeres, al menos en los países del Sur, donde sólo entre el 3 y el 20 % de ellas son propietarias de tierras.

Luego del desgarre de corazón que provoca esa primera aproximación a las estadísticas mundiales de las sistemáticas violencias que vivenciamos las mujeres cotidianamente, surge el develamiento de que no es algo que se vive afuera, que es ajeno o extraño sino que, yo, tú, todas, lo vivimos. Ocurre en el espacio privado y también el público, impacta sin distinción de clase, etnia, nivel de instrucción, religión o área geográfica. La vivimos como mínimo, cada vez que salimos a la calle, que encendemos el televisor, que vemos la valla publicitaria, que vemos el empaque del producto X, pero también cada vez que encontramos diques al libre desarrollo de nuestra personalidad, que las ficción del género hace de nuestros cuerpos presidios, porque la maternidad como mandato y destino natural, también es violencia, que nos hagan vivir la menstruación con vergüenza también es violencia, que la heterosexualidad norme el deseo, es violencia.

Nos hemos vuelto, como sociedad, insensibles. Nos hemos recubierto de una muy gruesa capa impenetrable a la constatación de que cotidianamente se perpetúa, en lo más íntimo o en lo más público, una violencia contra las mujeres y niñas, pero también contra las trans y hombres que no cumplen con el mandato patriarcal. Hemos naturalizado a manera de chiste y burla una violencia simbólica, psicológica y estructural, una violencia machista.

¿Y en Venezuela qué?

Constituiría una verdadera falacia decir que en Venezuela no se ha hecho nada por detener y erradicar la pandemia que es la violencia contra las mujeres. Tanto el Estado,como el poder popular, han hecho grandes esfuerzos, cristalizados de diferentes formas, con un impulso muy marcado estos últimos 16 años. Pero no cuesta reconocer que falta muchísimo, sobretodo en la transformación del orden simbólico, aunque se va abonando el camino. Hay que profundizar y defender lo alcanzado.

No existen estadísticas oficiales detalladas, desgranadas y con profundidad, a pesar de ser parte de las recomendaciones del informe de la Cedaw (siglas en inglés para la Convención para la Eliminación de toda forma de Discriminación contra la Mujer), para el país el año pasado. Recurrimos a los informes anuales del Ministerio Público por ser el órgano rector en la recepción de denuncias de violencia contra las mujeres y otros delitos misóginos. Encontrándonos con que si en el 2014 del total de las denuncias que ingresan al Ministerio Público sólo el 12% es de violencia contra la mujer, lo que sabemos que no es por la baja ocurrencia del delito sino por las múltiples y estructurales razones que dificultan que la mujer denuncie; y si de ese porcentaje el 66,23% se concluye a través de la “Opinión de suspensión condicional del proceso” y sólo el 0,36% son “Solicitudes de órdenes de aprehensión”, lo que nos da una idea de los niveles de impunidad ante la violencia machista, esto sin contar que no podemos discernir a través de las mismas ¿cuántos son femicidios, violaciones sexuales, acoso, malos tratos, violencia psicológica, violencia patrimonial, violencia institucional, violencia simbólica, y mucho menos podemos identificar cuando violan, torturan y matan a personas trans, cuándo discriminan a un homosexual, cuándo aplican violaciones correctivas a una lesbiana o cuántos adolescentes de sexualidades disidentes se suicidan?. Es urgente que comprendamos que todas estas son expresiones de la misma violencia machista impuesta por el sistema de dominación patriarcal, capitalista y colonialista.

Harto lo han explicado y demostrado no sólo teóricas y activistas feministas del Norte, también del Sur, en épocas de crisis los primeros derechos que retroceden son los nuestros y los de las minorías. Frente a la guerra híbrida que padecemos, en lo económico, en lo político, en lo comunicacional, en lo simbólico, en lo internacional: ¿tenemos pulidas nuestras estrategias de defensa y resistencia frente al orden machista y patriarcal hegemónico?, ¿estamos realmente conscientes de la necesidad de la organización autónoma, autogestionaria y popular como mecanismo fundamental para resistir y crear alternativas ante la vorágine del genocidio machista?

Texto: Indhira Libertad Rodríguez

Mujer

Comentarios

comments

Top