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Venezuela: nunca más seremos barro seco

Menos que barro seco dejaron. Una planicie rajada desde el corazón. Un suelo agotado de tanto parir los mismos cañaverales venenosos. Y ahí donde dejaron de sembrarle lo siguieron rastreando, lo volvieron piso de arado, vino el viento y arrastró su capa superior, así se fue erosionando. Cuando llegaron las lluvias se terminó de llevar lo que quedaba. La tierra se agrietó, le entró oxígeno que mató los microorganismos. Cuando la tierra está agrietada, casi siempre ya está estéril. Imagínese un cuerpo inmenso así de maltrecho, un cuerpo de 2.400 hectáreas. Algo semejante debe doler.

Estas tierras están en Valles del Turbio, se extienden desde Titicare hasta la Hacienda Papelón, estado Lara. Los anteriores “dueños”, título que no es mérito de latifundistas, eran de la familia Sigala. El terreno estaba dividido en cuatro partes. Durante muchos años tuvieron monocultivo de caña en el 70%. Después les importó menos y solo una pequeña fracción se siguió plantando. Dicen, quienes anduvieron cerquita de esa maleza hedionda a feudo, que en los últimos años de tenencia aquello era simplemente una caballeriza a la que el señor de la finca llevaba amigas para el galanteo, mientras el suelo agonizaba hasta hacerse cieno árido.

En el 2004, durante el programa Aló Presidente, Hugo Chávez dio la instrucción de revisar las tierras ociosas para iniciar su inspección y recuperación con el fin de levantar la producción agrícola nacional y eliminar el régimen latifundista: “Donde haya tierra ociosa deben llegar la manos del Estado, a través de Ministerio de Agricultura, para darle la tierra al que la trabaje y no al que la tenga ociosa”, dijo. Y así a los Sigala, tres años más tarde, los alcanzó el mismo destino que cimentaron.

“Llegó hasta aquí el Instituto Nacional de Tierras (INTI) en el 2007. Al momento del rescate de los predios mi función era encargado de la finca agropecuaria que tenía ganado”. Me cuenta Duvalier Palma, que para el momento del rescate ya llevaba dieciséis años trabajándole a la misma familia.

Y no solo encontraron algunas vacas, también tierras yermas y contaminadas. Durante la cosecha de la caña, previo al corte, es quemada para eliminar residuos y animales dañinos, y facilitar el corte manual. Al hacerlo se quema toda la flora y fauna próximas, a niñxs y adultos los revienta el asma, la neumonía y la bronquitis. En aquel candelero las cenizas llegaban hasta los cables de alta tensión, se generaban cortes y las comunidades se quedaban sin electricidad. Para controlar malezas usaban herbicidas como ametrol (tóxico, “moderadamente”, dice su empaque), y 2,4-D, que formó parte del compuesto químico conocido como Agente Naranja durante la guerra de Vietnam. Con eso, más el agua altamente salubre de la zona, el uso indiscriminado del fertilizante con fórmula completa y un reabonado de urea que a la larga es cancerígeno, se formó esa greda enferma.

En el 2008 el INTI volvió para entregar su informe final sobre las condiciones de las tierras, en él se concluyó que no estaban produciendo y se descubrió que se trataba de un “engorde” de la propiedad para iniciar la construcción de urbanismos y dejar de producir alimentos. Dice Duvalier: “No les importaba que de aquí es de donde se saca el 45% del agua que va a Barquisimeto, la capital del estado; y el 100% del agua que va al municipio Palavecino, y sus parroquias”.

El rescate y el Movimiento Sin Tierra

Primero llegaron el INTI, la Corporación Venezolana de Alimentos (CVAL) y las Fuerzas Armadas. Para Duvalier es un día memorial: “Cuando llegaron preguntaron por los propietarios, pero como ellos nunca estaban aquí los trabajadores fuimos quienes dimos la cara. Nos dijeron que se trataba de un rescate de tierra. Sabíamos que se trataba de un decreto presidencial y que no se meterían con los trabajadores. Así fue. Nos reunieron y nos explicaron de qué se trataba el rescate. Desde ese momento tomaron en cuenta nuestras sugerencias y decisiones. Antes no teníamos seguro social, y los beneficios económicos estaban por el suelo, nos regíamos por un contrato colectivo de la Sociedad de Cañicultores que eran los mismos hacendados. Lo único que comíamos era pasta y caraota”.

Después llegó la Empresa Socialista Pedro Camejo y empezaron a rastrear para iniciar un nuevo sistema productivo, estudio de suelos, siembra de maíz, sorgo y soya. Llevaron ganado holando-argentino que empezó a producir un promedio de 18 a 25 litros de leche por día. Fueron varias veces a realizar inspecciones para saber si era rentable el trabajo iniciado. Estaban acompañados de técnicos argentinos con nueva maquinaria, técnicas para sembrar y un vibrocultivador para tapar las grietas.

A las tierras las llamaron Caquetíos, como los indígenas que alguna vez las habitaron. Bajaron la cantidad de fertilizantes y armaron ocho unidades de producción socialista. En el 2013 llegó a término el convenio con Argentina.

El Movimiento Sin Tierra de Brasil (MST) había llegado a Venezuela en el 2005. Fue un hecho histórico: la primera vez que un movimiento social tuvo un convenio directo con un Gobierno. “Llegamos acá con un objetivo claro: contribuir a un proceso orgánico de la Revolución, desde las bases, e impulsar la producción de alimentos ligada a la soberanía alimentaria. Esto implica un trabajo completo con la gente del campo y con la tierra y dar un debate entorno a la agroecología para cambiar la forma de producir alimentos”. Dice Celia Rodríguez, vocera del MST.

Volvemos al 2013. El MST presentó ante el Ministerio del Poder Popular para la Agricultura un proyecto de producción de hortalizas en estas tierras recuperadas. Tres compañeros del MST eran los responsables de impulsar la propuesta bajo la coordinación del CVAL. Hasta ese momento no habían visto las condiciones del suelo: “Si lo seguían tratando así durante cinco años más en esta tierra no volvería a germinar una semilla”. Asegura Celia.

Esa realidad, más cierta desconfianza institucional con la presencia del MST, hizo necesario discutir, replantear y generar un nuevo convenio. “Ahí reafirmamos que somos un movimiento social campesino, que nuestra relación en Venezuela es de cooperación, no de intervención. Que para que nuestro aporte fuera concreto y pudiéramos medir resultados necesitábamos de cierta autonomía porque ya hemos adquirido una cierta experiencia que nos permite andar con nuestras propias piernas. A partir de ahí nos fue designada esta área para llevar adelante el proyecto de producción de semillas y de formación política, esto último para aportar al debate con lxs campesinxs sobre las acciones para combatir la guerra económica, acabar con la dependencia de las trasnacionales en la adquisición de semillas, y profundizar las acciones para alcanzar la soberanía alimentaria.”

Cambiar lo químico por lo orgánico es empezar otra vez. Se trata de eliminar no solo una forma de hacer las cosas, sino de eliminar una cultura campesina acostumbrada por la fuerza de los monopolios a usar agrotóxicos. Sin utilizarlos y todavía con aquel suelo golpeado, el proyecto del MST logró una cosecha de más de diez toneladas de patilla, cinco de cebolla y otras hortalizas. Este año se sembró maíz de Valle de Guanape, estado Anzoátegui, maíz de nuestros indígenas, ya los recogieron para hacer la selección de semillas, volver a sembrar y así poder distribuirlas a otros productores. ¿El principal problema?: un bloqueo de insumos agrícolas y de semillas.

“Hay un elemento que viene siendo trabajado por las trasnacionales: que la semilla criolla no germina y que no alcanza los mismos índices de productividad, entonces es difícil ese proceso de transición y de concientización del campesino de que las semillas criollas no necesitan el paquete (semillas importadas e insumos agrotóxicos para control de plagas), que sí podemos rescatar las semillas y todo el aprendizaje que nuestros ancestros dejaron y que en tan pocos años la industria de semillas transgénicas ha destruido.” Y escuchando a Celia sacamos cuentas aterradoras por ciertas: si medimos el tiempo que hay entre la intervención de las trasnacionales en el campo (unos setenta años, quizá menos en Venezuela) frente a los miles de años que cultivamos y cosechamos con técnicas inofensivas, vemos lo corrosivo y peligroso de las transnacionales. Domesticaron nuestra vida campesina sin medir los costos ecológicos de esa “alta” productividad.

Horizonte

Cuando hablamos de agroecología y transición hablamos de tiempo y paciencia. En el 2005, cuando llegó el MST, era abrumador el alto consumo campesino del paquete. En el 2015, debido a la escasez derivada de la guerra económica, esos productos se consiguen cada vez menos y lxs campesinxs están desafiándose a volver a experimentar la agricultura tradicional. “Se están dando cuenta de que estos otros productos son muy buenos, entonces aunque este es un momento duro hay que aprovecharlo. Muchas de las personas están felices por los resultados que están obteniendo. Cuando usan bioinsumos la calidad de los rubros es igual o mejor. Antes usaban como fungicida agroquímicos, ahora usan aceite de nim, y vieron que ninguna plaga atacó los cultivos”. Para Celia ese cambio es posible y el MST continúa apostando al proyecto.

Pero en medio de la escasez de alimentos se impone fácil la encrucijada ante paciencias que no podemos y un cambio urgente en la producción de alimentos. ¿Qué hacer? Imagínese, para recuperar por completo un suelo como aquel se necesitan al menos siete años de trabajo continuo. Quizá esta es la metáfora más cercana a la realidad de estos días. En Venezuela, un territorio expoliado mucho más desde su actividad petrolera, a partir del siglo XIX, y cuya identidad fue arrancada de a poco para reconocerse en lo foráneo y artificial, hemos atravesado apenas quince años de un cambio social sui géneris. Como el suelo de Caquetíos, estamos en plena siembra.

Esto no puede perderse de vista en las elecciones del 6 de diciembre. Nos acercamos a un momento tanto para medir fuerzas, como para definir en cuáles manos quedará tanta tierra, para saber si retrocedemos al barro seco o seguimos avanzando hacia la recuperación de nuestra raíz fecunda.

Texto: Katherine Castrillo. @ktikok.

Fotos: Irene Echenique. @irevendre.

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