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27F fragmentos de la memoria: VENEZUELA EN TRES TIEMPOS

VENEZUELA EN TRES TIEMPOS

(A PROPÓSITO DEL 27 DE FEBRERO)

Raquel Gamus Gallegos

El lunes 27 de febrero —aun antes de darse el primer aumento de salarios— se aprueba el alza de un 30% del transporte colectivo, penoso para las clases populares e insuficiente para los trabajadores del transporte, que se encuentran tan afectados como otros sectores de escasos recursos por las medidas económicas y por el aumento de sus costos de operación. En una sociedad acostumbrada a las respuestas individuales, al irrespeto hacia los otros y a la aplicación de la ley del más fuerte, se produjo nuevamente la violencia del abuso: los dueños de las unidades de transporte decidieron subir arbitrariamente el precio del pasaje en un 100% y eliminar el medio pasaje estudiantil. Esta conducta sirvió de chispa para encender la ira contenida durante larguísimos años de calma.

Apartando las frustraciones acumuladas de los años anteriores, los últimos días habían transcurrido entre las escasez y una angustiosa expectativa que oscilaba entre el deseo de que las cosas siguieran, al menos igual que antes, y el temor de que empeoraran; ya todo apuntaba hacia lo indeseado, en pocos días se había anunciado que la leche aumentaría en un 400%, el trigo en un 200%, el aceite en un porcentaje similar, lo mismo el azúcar, el café, el arroz, la harina de maíz, los intereses, la gasolina y durante largo tiempo estos productos habían desaparecido del consumo.

Los habitantes de Guarenas y La Guaira, consideradas como ciudades dormitorio, fueron los primeros en reaccionar, para ellos el alza del transporte resultaba más oneroso que para los habitantes de la misma ciudad. Fue solo un chispazo, la población entera era un combustible y la protesta se extendió casi paralelamente a Caracas y a casi todas las ciudades del interior; la protesta que se inició contra las unidades de transporte, progresivamente fue pasando a otro tipo de establecimientos. El primer día resultó esperanzador la demostración de que el venezolano estaba vivo, de que el pueblo no había muerto, de que se había decidido un “basta contra el abuso y la explotación”. ocurrieron algunas acciones muy conscientes que demostraban conciencia en la identificación de los responsables de la situación de penuria actual, como el intento de saquear la sede de Fedecámaras; el enemigo invisible esta vez estaba identificado; claro está, la sede obtuvo inmediatamente una amplia protección policial que no tuvieron los pequeños comercios.

Los saqueos, que reclamaban justicia, se dirigieron al inicio contra el abusador accesible de aquellos bienes más necesarios: los almacenes de alimentos primero, pasándose progresivamente a otros bienes de menor necesidad. Luego el desbordamiento se hizo presente y se fue arrasando con todo lo que se encontraba, mezclándose lo justo con lo injusto, como las quemas, violaciones y otros estadios de violencia no por explicables menos dolorosos, que corresponden en gran parte al grado de frustración y descomposición de la sociedad, pues era la violencia cotidiana de los barrios colectivizada por la euforia de los acontecimientos.

El cobro de peaje, las violaciones, el atentado contra el rico inmediato que tiene un rancho de bloque y no de latón, la drogadicción y la delincuencia, son el pan de cada día en los cinturones de miseria, oculto para los ciudadanos que no vivimos esa realidad, salvo cuando somos víctimas de un asalto o conocemos por la prensa de violaciones o hechos terribles como el del monstruo de La Vega.

Estos monstruos están allí todos los días y en esta oportunidad aparecieron respaldados por el estallido social; ellos son la respuesta más grotesca a un ejemplo recibido desde arriba donde la moral ya no existe y donde se perdona y se halaga el saqueo; pues los ladrones de cuello blanco aparentemente no ponen en peligro nuestras vidas, pero han llevado al país a esta situación y, desdibujados y fuera de nuestro alcance, han producido la enfermedad social. Ellos se sorprendieron y pidieron castigo al pueblo que trató de seguir su ejemplo.

La respuesta represiva organizada se hizo esperar, solo en la noche del martes 28 se sacó al ejército, se suspendieron las garantías y se decretó el toque de queda. El presidente dejó pasar más de 36 horas para hablar, en espera de algo que anunciar que calmara los ánimos de la población. En un discurso coherente y comprensivo de la nueva realidad política, diferenciado del mensaje caduco de muchos miembros de su partido, CAP se mostró compungido y anunció los acuerdos logrados entre Fedecámaras y la CTV de un aumento de 2.000 bolívares sobre el salario de los trabajadores de la empresa privada.

Al día siguiente se “enunciaron” algunas medidas sociales evidentemente antes no previstas. A pesar del saqueo, a pesar del dolor, todo apuntaba hacia el fortalecimiento de la justicia popular y el aprendizaje —por la fuerza de los hechos— por parte de los dirigentes políticos y empresariales, que debían alguna vez entender que no podían obtener todos los privilegios deseados sobre la base de la burla al pueblo venezolano.

Como muchas otras veces, entre el discurso y la práctica hubo una enorme distancia, la comprensión desapareció y la represión fue brutal contra los barrios humildes, produciéndose más muertes luego de la actuación del ejército que antes de ella.

Un indicador del desprecio a la dignidad humana y de la actitud discriminatoria del sistema, así como de la parcialidad de la justicia, fue el allanamiento a los barrios populares en búsqueda del producto de los saqueos, no solo se decomisaron artefactos eléctricos, sino leche, cobijas y otros productos de primera necesidad, muchos de los cuales pertenecían al allanado antes del 27. El alimento alcanzado como producto de una acción que a pequeña escala seguía el ejemplo social enseñado, se les había arrancado nuevamente de las manos. Paralelamente, Jaime Lusinchi, responsable de los últimos 5 años de historia, reposaba en un spa del estado de Florida junto a grandes estrellas de Hollywood; no tuvo ni la delicadeza de un disimulo ante la tragedia nacional, pero tampoco lo reclamaron los actuales gobernantes.

La justicia, al igual que el sacrificio, tampoco se reparte por igual, pues el decomiso de una lata de leche o de un TV que ahora se quedarán “los guardianes del orden” (reciclaje del saqueo), es evidentemente injusto si tenemos en cuenta que nada se ha hecho a quienes saquearon las arcas nacionales, dejando al país en la situación en que se encuentra actualmente.

Créditos: Del libro El Caracazo, Fundación Editorial el perro y la rana. Colección 4F, 2012. De la compilación: Revista Tierra Firme, (artículos que recogen las impresiones de los sucesos del 27 de febrero de 1989, mejor conocido como “El Caracazo”).

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