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Un paranoico es una persona que sabe lo que está pasando* (Sobre Gasolina, de Eduardo Febres)

Cada uno de los seis cuentos de este libro está atravesado por una flecha o aguja invisible: su significado quizás esté cerca de la idea de continuidad. De hecho los títulos están en minúsculas y la última expresión de cada relato culmina ―continúa― en el título del siguiente, como si todo en el libro fuese parte de una sola cosa. Los temas están anunciados desde el epígrafe: desencanto, desconfianza, desesperación. La prosa es precisa, sin engolamientos ni voluntad en hacer frases grandilocuentes. Destaca el ritmo y el acertado tratamiento del humor. Buena parte de los personajes, para no decir todos, muestran indiferencia y decepción ante el ambiente que los rodea; sobre la atmósfera de varios de los cuentos priva el ocio y el aburrimiento: fumar marihuana y jugar Playstation en un apartamento en ruinas quizás sea la dinámica que mejor los precise.

Las historias están contadas en primera persona y cada una por un narrador distinto; sin embargo, cabe la posibilidad de pensarlas en conjunto, es decir, relatadas por una única voz que se desarrolla a medida que avanza. Así, el primer cuento ―un episodio que a su manera marca el fin de la infancia― es narrado por un curioso y lúcido niño que manifiesta una temprana postura ante el poder eclesiástico; el segundo ―la historia de una frustrada iniciación sexual― está determinado por una voz cercana a la adolescencia; mientras que el tercero y los sucesivos poseen un tono más próximo a lo que podría llegar a ser la expresión de un joven que comienza a vincularse con el mundo universitario: en este punto resalta el razonamiento autocrítico y la incorporación al lenguaje de cierta jerga callejera.

El libro también puede leerse a manera de diario, en dos de sus acepciones: como un cuaderno en el que se recogen brevemente algunos acontecimientos en la vida de un joven, y también como una publicación de divulgación periódica, ya que el tejido sobre el cual ocurren varios de los relatos está enmarcado en medio de importantes sucesos de la historia venezolana. Estas últimas son tramas que corren paralelas a “la anécdota” en los relatos, aunque de manera casi furtiva, y que esbozan eventos como el atentado que cegó la vida del fiscal Danilo Anderson, la segunda visita del papa a Venezuela a mediados de los noventa o los maltratos que sufrieron los esclavos en Época Colonial. En resumen: el libro es un recorrido personal, sin duda, pero también una suerte de consideración de la actitud y el ánimo de una juventud apática y descompuesta.

Todo lo anterior está abreviado en el relato que le da título al libro, donde se cuenta lo siguiente: en un restorán chino, un joven y su novia se debaten entre aparentes nimiedades mientras esperan pasivamente el fin del mundo; ambos padecen el mismo indolente estado de ánimo. El joven articula, a partir de varias imágenes, las pruebas que podrían llegar a relacionar a un desconocido a ciertos hechos oscuros y peligrosos: numerosas especulaciones, un delirio de relación que entremezcla el despotismo de las grandes potencias mundiales con el temor a un urgente estallido bélico, y una teoría que contempla la posibilidad de que dichas dinámicas estén conectadas a razón de un inminente apocalipsis. Los dos jóvenes se sostienen sobre la idea que concibe a la muerte como una meta: la vida es vida en tanto que morir los devuelva a la nada. Algo así. Se puede decir que sus tramas fundamentales han desaparecido: para ellos no hay progreso ni cambio histórico ni percepción de pasado y futuro, sino apenas una especie de noción oscura de momento vacío o devorado por otros tiempos. ¿Qué opciones tienen ante esta enajenación? Acaso la paranoia y el desencanto total como una única respuesta límite.

Podría decirse que esta ofuscación es lo que mejor está representado en el libro y al mismo tiempo, lo que termina por revelar, ya no sólo a los personajes, sino también a los lectores, una realidad en forma de fenómeno múltiple, fragmentario y manipulable. El símbolo que elige el narrador para figurar dicho sentimiento es el de un pitido atronador en cuya reverberación están simbolizados el rencor y el hastío que se cuecen dentro de los personajes “un poco omnipresente, un poco inexplicable, quemando la cabeza de quien por costumbre la mayoría del tiempo ni lo escucha.”

* La frase es de Burroughs.

Gasolina (Portada)

Editorial: Monte Ávila Editores

País: Venezuela

Año: 2012

 

 

Texto: Carlos Ávila

Ilustración: Pablo Kalaka

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