Tú estás aquí
Inicio > Textos > ¿Quiénes somos? > Gasolina: Breve relato de un asesinato y un nacimiento 

Gasolina: Breve relato de un asesinato y un nacimiento 

“Yo asesiné a ese carajo”, dice. Recuerda ese hecho, algo que se remonta a 40 años atrás, aproximadamente. “A ese carajo yo lo maté”, repite, como asegurándose de que el tipo está bien muerto, de que no volverá, de que ahora quien manda es Gasolina. No cuenta cómo lo mató, eso sí, aunque da algunas ideas que llevan a un desenlace más claro: fue una decisión que se fue formando ante una necesidad tremenda de ser libre.

Ese hombre nacido hace 70 años, ese que ya no existe más, tenía un destino determinado por otrxs. Estudios fuera del país, cosas, lujos. “Ese carajo tenía carro propio, y apartamento propio, toda esa vaina, pero toda esa vaina era falsa”, dice ahora la voz ronca de Gasolina.

No se creía ese estilo de vida, no le dejaba ninguna alegría, pero especialmente estaba la imposición de una visión de la vida que no se correspondía con sus intereses, sus intuiciones, su sensibilidad. “Debemos, es nuestra tarea, contribuir a la maduración de valores y principios”, asegura Gasolina acerca de lo que toca hacer en este tiempo histórico, y que aquel sujeto no representaba.

Está de pie en el espacio que utiliza como baño, compuesto por una poceta y unos tobos para recolectar el agua de la lluvia. La habitación, que tiene al lado, consta de dos paredes: una sostiene el techo de lata; la otra, lo separa de la casa vecina. La vista la completa una cama, un colchón viejo, el esqueleto de lo que algún día pudo funcionar como cocina. Fuera de esa habitación, todo es vegetación y escombros. Sobre lo que fue una pared, hoy a medias, unos pocos envases de plástico sirven de materos para diversas plantas (no demasiadas).

Estamos en las “catatumbas”, como llama Gasolina a su morada. Entre los escombros, el hombre se mueve con confianza, a pesar de los achaques que él mismo asegura tener. Su cuerpo se acerca a los 70, aunque Gasolina nació hace 40 años, aproximadamente. Al menos así lo cuenta, así lo reconstruye en la memoria que se ha ido forjando para sí.

En ese construirse una imagen nueva, una vida nueva, decidida por él mismo, ha pasado por muchas cosas. Abandonar los lujos no es cosa sencilla, ni que no traiga consecuencias. Así lo ha constatado a fuerza de llevar palos en la vida, “tocó pasar trabajo”. Pero esa misma coñaza le ha dejado una sonrisa constante, una echadera de broma y una convicción de que la Revolución se hace haciendo, construyendo colectivamente, sembrando el futuro deseado.

Ese porvenir, dice, se debe ir haciendo en la conciencia de lo colectivo, de la comprensión de que hemos perdido identidad, a fuerza de imposiciones culturales. Más por el engaño que por la fuerza, ya lo sabemos. En ese andar de su mente debe andar cada vez que se cruza en los caminos de uno, por las calles de Caracas, con su cuatro siempre al hombro, con su ropa gastada, su cabello desordenado, tan blanco como la barba.

Foto: Milangela Galea
Foto: Milángela Galea.

La velocidad del alma

Cultor de calles y bares, Gasolina está consciente de que la tarea de quienes entretienen a otrxs, no puede quedarse allí. Por eso, lanza varias ideas que le vienen a la mente para aplicar la música en favor de la construcción revolucionaria de valores, esos que nombraba antes.

Le gustaría, por ejemplo, llevar su instrumento a las escuelas, fomentar en lxs niñxs el interés por la siembra. “Pero que mientras vamos haciendo la música, vayamos sembrando”. Hacer haciendo, ya lo decía.

Gasolina atribuye lo que conoce y cómo ve la vida a “la velocidad del alma” y lo que esta permite. Sustenta la teoría citando una investigación acerca de cómo el alma, la conciencia o como nos dé por llamar a ese ente, tiene la capacidad de viajar más allá del cuerpo de una persona, más allá de la velocidad de la luz. “Cuando tú te tomas una taza café, sólo con el olor, tú te remontas a algún recuerdo, a alguna sensación con el café, ¿no?”, comenta a modo de ejemplo.

Pero asegura que también se puede trascender la linealidad del tiempo y conocer la historia. De allí que afirme recordar los inicios, las prácticas de nuestras poblaciones originarias, incluso mucho antes de la invasión colonial europea en estas tierras. Recuerda y considera que debemos recordar todxs, retomar ciertas cosas, ser solidarios, sustentables, y tener identidad.

De ahí su insistencia en convocar a la participación de este proceso de transformación. De lo poco que tiene, tampoco duda al ponerlo a la orden: a disposición colectiva pone, por ejemplo, el terrenito donde se levanta su rancho: “Eso es lo que yo les quiero plantear. Que, incluso no tienen que venir a sembrar acá, porque a lo mejor no pueden, pero que tengamos la propiedad colectiva del terreno”. Acepta entonces apoyo en la siembra, en la limpieza del terreno, en dotación de semillas. “Pero que aquí tendrían sus vegetales, que podrían comerse”.

Pero tampoco vería con mala cara que quienes así lo deseen le echen una mano con la adecuación del espacio, mejorando también las condiciones del rancho. No le interesa una casa nueva, lujosa, sino mejorar donde habita y que, en todo caso, ese mismo espacio sirva para el trabajo en colectivo, ese que tanto defiende como modelo de resistencia y de victoria para el proceso revolucionario.

Entre todas las vidas

Con todo lo que no tiene, si algo le sobra a Gasolina es identidad. Gasolina es Gasolina. Y no es de gratis, lleva 40 años matando y rematando a aquel que fue en algún momento, que no quiso seguir siendo.

Pero no fue tan simple. Matar es fácil. Demasiado fácil, de hecho, pero dar vida, parir pues, es otra cosa. Antes de ser Gasolina, o consolidarse Gasolina, fue otros personajes: recuerda a un profesor, por citar alguno, en ese tránsito difícil de engendrarse nuevo.

Por eso no se le calla a nadie, no duda, y reitera siempre lo que dice. Por si no lo escuchan, o no le paran, nada queda dicho, siempre vuelve sobre sus propias ideas. Si de algo no se puede culpar a Gasolina, es de silencios pretenciosos. Eso sí, si le preguntas por el que mató, será hermético: “Es que 40 años guardando un secreto”, dice más para él que para su interlocutor.

Epílogo

Foto: Milangela Galea
Foto: Milangela Galea

La noche de este miércoles 2 de septiembre, Gasolina dio su primer concierto en el Teatro Bolívar. La novedad ocurrió en el marco del #CicloSonARA, y fue la oportunidad para que revelara el nombre del muerto.

Ese hombre, Arturo Acosta, de vez en cuando aparece, por lo visto, y tiene un hermano, que tocó el bajo en la sala del Bolívar. Este texto, entonces, va dedicado al que tuvo que morir para que naciera el creador de algo que él mismo llamó “blues criollo”.

Texto y foto de portada: Juan Ibarra.

Fotos de concierto: Milángela Galea.

Comentarios

comments

One thought on “Gasolina: Breve relato de un asesinato y un nacimiento 

Comments are closed.

Top