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Retratos de pueblo

Ojos que se hacen agua o miradas desafiantes, comisuras caídas u otras sonrientes, labios finos o gruesos, bigotes o barba, rasgos afrodescendientes o indígenas, uñas pintadas o manos ásperas, arrugas o grietas que recuerdan viejos acnés, niños, jóvenes o adultos. Todas esas caras, esas expresiones, esas vidas se reflejan en los retratos de Orlando Monteleone. En sus fotografías, un pueblo dolido, un pueblo consciente, un pueblo aguerrido, un pueblo presente.

Se define como “caraqueño nacido en Valera”, y también “de apellido italiano, pero hijo de un taxista y de la señora Rosa”; es decir, mezcla de inmigrante con campesina. Orlando Monteleone encuentra los porqués de su fotografía en la propia infancia, en las travesuras que protagonizó en las calles Coromoto y Santa Bárbara, de La Pastora.

Esa niñez transcurrida en los años sesenta, que vivió con la picardía necesaria como para transformarse de la noche a la mañana en corista de los Tucusitos, con tal de salirse de la Escuela Nacional Crucita Delgado, donde era un “pésimo estudiante”, recordó. Así se fue formando, junto a “una banda de doce” chamos, en el barrio que hoy vuelve a retratar cada vez que puede. “La fotografía es parte del amor, es como si siguiera jugando trompo, si siguiera jugando pelotica de goma, chapita; sigue estando allí la calle”, explica Monteleone.

La infancia también le sirvió para armar en la cabeza aquello que deseaba. Iba con su pandilla a la quebrada “de agua sucia, donde la gente botaba sus escombros” para ver qué encontraba. “Como la necesidad obligaba, o tal vez eran los sueños de niños, nos imaginábamos cómo íbamos a tener esa bicicleta, cómo iba a ser el cuadro, si la rueda de adelante iba a ser más grande o más pequeña; y eso fue lo que tal vez empezó a quedarse, ese gusanito de que había que inventar las cosas, pensarlas, desarrollarlas internamente para después ubicarlas”, cuenta el artista.

Esa creatividad le ayudó a plantear sus posteriores proyectos, un saber que complementó con formación académica no culminada: estudió en la Escuela Técnica de Artes Visuales Cristóbal Rojas, luego en el Instituto de Diseño (IDD) y en el Centro de Enseñanza Gráfica (CEGRA). Trabajó en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) y en la Galería de Arte Nacional (GAN). “Yo pensé: voy a ser un vampiro, a ver cómo chupo sangre aquí para cultivarme”, reconoce Monteleone refiriéndose a la GAN de aquellos tiempos.

Todavía siente recelo de aquellas gerencias que invertían mucho dinero en artistas internacionales, mientras el pueblo sufría las consecuencias del neoliberalismo. A pesar del resentimiento, el fotógrafo reconoce que esas adquisiciones conforman una colección muy grande, “y eso está allí y hay que cuidarlo”.

Foto: Milángela Galea
Foto: Milángela Galea

En aquel contexto, comenzó a trabajar en la empresa de publicidad transnacional Young & Rubican. “Entre pillería y pillería logré que me enviaran a Nueva York, y ahí es que me especializo realmente en retrato fotográfico”, indica. Luego de un año y medio, se regresa a Venezuela y se encuentra con un nuevo escenario.

Acababa de comenzar el siglo XXI. “Cuando aparece el Comandante, a éste que está aquí —dice Monteleone señalándose— le dan una patada, lo sacan pa’ fuera, porque empezó a mostrar y a recordar que venía de sitios muy parecidos al Comandante Chávez”.

El empujón lo invita a recorrer su propio camino y, hurgando en la creatividad, en la pillería, en la necesidad de inventar, va creando sus proyectos, que en un principio no tienen buenos resultados, pero lo llevan a la calle nuevamente. Se dio cuenta de que la publicidad no era lo suyo: “Tenía una deuda con los míos, con el tiempo y los espacios donde me crié”.

Mediante las imágenes capturadas por su cámara, regresa al barrio y a sus personajes para rescatar aquello que busca ocultar “Wall Street y Rockefeller”. “La fotografía que intento hacer quiero que siga manteniendo esa rebeldía […]. Es una manera de seguir diciendo ‘eso está allí’; tenemos que mantenernos rebeldes, y es lo que está pasando ahorita con el Decreto de este señor que nos intenta expoliar los recursos”, explica Monteleone.

Llenar las calles con “Los amores de Chávez”
Por estos días se puede ver en las céntricas calles de Caracas la exposición “Los amores de Chávez”. Una serie de fotografías en grandes carteles que expresan el sentir de gran parte del pueblo venezolano: un puño alzado, ojos llorosos, el tricolor en un brazo, una franela con la imagen de Bolívar, alguien mostrando un retrato del Comandante; los personajes varían, los une el sentimiento.

La idea se concibió en esa fila interminable que despidió a Hugo Chávez en el paseo Los Ilustres, en marzo de 2013. Instalado en el bulevar de Los Símbolos, Orlando Monteleone preparó su cámara, unas luces, el backing, y comenzó a tomar retratos de la gente. Pocos minutos después, ya había una cola de 150 personas esperando para ser fotografiada.

Foto: Orlando Herrera
Foto: Orlando Herrera

Su intención no era captar la gran masa allí convocada, sino enfocarse en el alma, en el sentir profundo de cada ser, resume el fotógrafo. “Pero, además de eso, quería desmontar el supuesto de que los chavistas eran feos. Como lo dice el ministro Iturriza: ‘Al chavismo lo han demonizado’ “, agrega.

Una belleza que escapa de las pasarelas, que no tiene unos estándares definidos, que puede ser alta o baja, gorda o flaca; con zarcillos, tatuajes, rizos embarullados; pero que es genuina, que se refleja en unos ojos siempre brillantes, en un amor de madre, en una picardía infantil, en el orgullo de quien está construyendo en colectivo.

“Al principio cuando fotografié, yo sentía que las personas estaban muy dolidas, pero fueron pasando los días y lo que había era un acto de amor colectivo: yo amo a Chávez desde el reto, desde el compromiso con mi hijo, cada quien iba ofreciendo su amor”, expresa el artista.

Luego de trabajar y editar las imágenes, Monteleone las montó en la web y circularon por las redes sociales, hasta que fueron vistas y apreciadas por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, cuyas autoridades decidieron instalarlas en la vía pública para el disfrute de todo el pueblo caraqueño.

La muestra, que consta de cien fotografías, se presenta bajo el título con el que alguien sin saberlo las bautizó. “Vengan, vamos a tomarnos una foto con los amores de Chávez”, sugirió uno de los participantes de aquellas jornadas que sirvieron de despedida. Y también avisó: “Aquí no se rinde nadie”, “Chávez no murió, se multiplicó”, “Rodilla en tierra”, entre otros dichos populares que se oyeron.

“Yo siento que son páginas de un libro que se está abriendo. Y a medida que vamos caminando y vamos viendo, cada página va contando un capítulo. En cada capítulo, vemos personajes diferentes con actitudes diferentes que prácticamente se desnudan ante un amor que querían ofrecer”, aprecia el fotógrafo.

También cuenta que se ha reencontrado con algunos de los retratados: Uno de ellos —el que sale en la foto original con un libro de Vladímir Lenin— “está emocionadísimo, se trajo hasta la familia y se volvió a retratar con la pieza en la calle”. Otro es un historiador que se la pasa en el Café Venezuela “comunisteando”.

Monteleone dice ser más feliz viendo su obra entre los edificios, los transeúntes, las camionetas, los carros y las motos, que dentro de un museo. “Ahora están en la calle, llenaron las calles con ‘los amores de Chávez’, llenaron las calles de pueblo”.

Mostrarnos
Esa misma idea de reflejar lo lindo que no aparece en ningún concurso Miss, pero que es parte de lo cotidiano de la vida, se observa en otro de los proyectos de Orlando Monteleone: “Fotogénicos”. “El concepto es descolonizar el retrato, mostrar una belleza totalmente diferente a lo que nos han querido vender”, explica.

Foto: Orlando Monteleone
Foto: Orlando Monteleone

Esos personajes conforman el habitual paisaje urbano, que Monteleone como “peatón feliz” suele encontrarse todos los días. Interactúa con ellos, inventa historias para poder conversar, mientras va pensando —como si fuera la bicicleta de su infancia—, poniendo las piezas de un rompecabezas que finalizará en su sala de estudio.

“Si me voy a tomar un café, voy a terminar hablando un buen rato con el señor que lo prepara”, resume para luego anunciar a otros protagonistas: un alcohólico anónimo que decidió no ser tan anónimo, el vendedor de naranjas de Bellas Artes, personajes del mercado de Guaicaipuro, un lustrador de zapatos o un académico. Todos se muestran tal cual son, con sus arrugas, sus dientes chuecos, sus imperfecciones.

Otra de las experiencias en las que ha participado es en la campaña “Somos un pueblo digno”, visible en distintas expresiones artísticas que resaltan valores vivos en el pueblo venezolano: la lucha por lo justo, la fe y la esperanza, la solidaridad, el amor, la cultura caribe, la defensa de la patria, la fuerza colectiva.

Foto: Orlando Monteleone
Foto: Orlando Monteleone

Por ejemplo, unos chamos aprenden a boxear en lo más alto del barrio José Félix Ribas, gracias a que el entrenador hizo un ring arriba de su casa. La mayoría de esos chicos —diría el artista— no están estudiando, a pesar de los esfuerzos que la Revolución ha hecho para que se democratice la enseñanza.

“El entrenador me contó que tuvo un grupo así hace dos años, y ya hoy ninguno está vivo por la situación de los enfrentamientos”, comenta como para explicar la densidad del asunto. “Después que les tomé la foto a los chicos, me pregunté cómo mostrarlos, y quise mostrarlos desafiantes, porque no hay otra manera. Están viendo cómo se abren paso ante la vida”, concluye.

La felicidad dice presente en los pescadores de Naiguatá, quienes muestran satisfechos sus logros colectivos: consiguieron financiamiento para los motores de sus lanchas, instrumentos indispensables para hacer su trabajo.

También está la esposa de Jacinto Peña, el señor de Maracay a quien en el paro petrolero de 2002 le quemaron la camioneta en la que transportaba pasajeros. Esta mujer “en base a lo que le hicieron, con angustia, sufrió un coma diabético y perdió las piernas. El marido murió hace poco. Pero ella, muy orgullosamente y muy honestamente, decidió retratarse en su altar personal con la foto de su esposo”.

Miradas desafiantes, orgullosas, tiernas, comprometidas, alegres, compartidas. Monteleone improvisa un análisis sobre esa predisposición venezolana hacia lo fotogénico: “El venezolano lo que no sabe lo inventa; y lo que no puede inventar, intenta copiarlo. No tiene problemas para decir que es un pata en el suelo. A lo mejor tiene algo que ver con el petróleo, con la broma de sentir demasiada confianza interna porque inconscientemente sabemos que hay algo allí, bajo tierra”.

Democratizar la fotografía
La era de lo visual —desde que existe la imprenta, el televisor y la fotografía— invadió las relaciones sociales, la forma de ser y vivir de los seres humanos, y atropelló al mundo cuando encontró en lo digital su vehículo masivo. “Nos han hecho adictos a la fotografía”, sintetiza el creador visual, al tiempo que añade: “Como el formato se democratizó, esa adicción nos puede perturbar, pero a pesar de los riesgos que podemos estar tomando, creo que nos está ayudando”.

Foto: Milángela Galea
Foto: Milángela Galea

Cuando la cámara era analógica se requería de un laboratorio para poder procesar el material, y el profesional tenía que pasar por un erudito que decidía si la obra tenía valor para que “terminara en la pared fría de un museo”. De esta forma, la foto estaba pensada según unos cánones externos y con unos fines comerciales.

“Cuando trabajé en el Museo de Arte Contemporáneo recuerdo que ganaba cuatro lochas, pero el presupuesto que llegaba a esa institución era repartido entre fotógrafos o artistas que eran utilizados como recurso capitalista por las galerías privadas, y sus productos los convertían en un bien de consumo”, recuerda.

En el momento que comienza a aparecer lo digital, la fotografía se democratiza: las cámaras son más accesibles, los teléfonos celulares permiten tomar imágenes, y más y más personas pueden retratar lo que desean. Así, lo que antes era un arte para pocos se convirtió en una diversión para muchos. Sobre todo en Venezuela, donde hay tantos muchachos y muchachas creando su propia historia.

Como los que vivían favorecidos por esa exclusión “no han entendido qué está pasando, terminaron apuñados en dos librerías del este. Y esta otra cantidad de jóvenes que vienen dándole y dándole, y están creciendo con el proceso, entendió que ese recurso es para tomarlo” y para romper con una fotografía que Monteleone considera “mentirosa”.

Esta miopía da cuenta de por qué algunos intelectuales del arte siguen negando, descalificando, anulando aquello que nace del pueblo, por el simple hecho de ser. “Mi trabajo no lo quieren los compañeros cultivados para los museos, no les agrada porque de alguna manera tiene un compromiso”, asegura.

Ese riesgo que ha asumido la fotografía al democratizar el recurso puede conducir a un proyecto original e interesante, o superficial e inexpresivo. El problema no es la herramienta o la técnica —de la cual seguramente hay que aprender y mucho—, sino el sustento, el contenido, el porqué y el para qué se fotografía.

Bajo ese presagio, extiende una invitación a los jóvenes: “Vamos a mostrar el barrio, vamos a mostrar nuestras texturas, vamos a mostrar nuestras rebeldías, vamos a mostrar que existimos. Este elemento —dice mientras señala la cámara digital— ha cambiado a un gentío. Ése ha sido uno de los aspectos. El principal es el Comandante Chávez, le hizo ver a todo el mundo que existía. Este elemento es el brazo armado en el barrio, en las comunidades. Vamos a mostrar el cumpleaños de la primita, vamos a mostrar cómo se hace el sancocho, vamos a mostrar nuestros zapatos rotos, vamos a mostrarnos. Porque a eso le tienen miedo, a lo que la oligarquía le tiene asco. Son balas gráficas”, para llenar de pueblo las calles de Venezuela, finaliza Monteleone.

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Texto: Laura Farina

Foto de portada: Orlando Monteleone

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