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Ráfagas (sobre Los impresentables, de Raymond Nedeljkovic)

Veinte años después, una mujer en silla de ruedas rememora lo que vivió durante el sacudón del ochenta y nueve: recuerda una vecina cargando dos bolsas de hielo ―“¿Hielo para qué?”―; recuerda una señora con una nevera sobre la espalda; recuerda a su propio marido tratando de calmar a un grupo que intenta saquear el negocio de un vecino. En su relato se oyen disparos, pasos desesperados y el murmullo de una muchedumbre que atraviesa una avenida. La mujer contiene el llanto y evoca la bala que la hirió y la que mató a su esposo: ambas disparadas por el vecino que intentaban resguardar.

Esa es la historia que se cuenta en “Disfraz de zombie”, relato que dispone dos marcas centrales en este primer libro de Raymond Nedeljkovic: la insinuación sutilísima respecto del “estado de ánimo” de una época, y cierto manejo, digamos especial, que el autor hace del tema de la violencia.

Son dieciocho cuentos brevísimos: cada uno una ráfaga que no alcanza las dos cuartillas. Si bien parte de las narraciones responde a la forma lineal y puede que más convencional del relato, muchas están construidas a partir de fragmentos y saltos temporales. Para señalar un cambio de tono o alguna transición por ejemplo, se acude a recursos como la cursiva o el trío de asteriscos entre párrafos; también a destrezas más técnicas como el flashback, la elipsis, e incluso a delirios propios de la ficción onírica.

El lenguaje es diáfano y con muy poco consigue registrar lo más íntimo, aunque la prosa no se cierra nunca ante el fulgor poético. Hay un manejo reflexivo de la narración como práctica, esto es, varias de las voces poseen una clara conciencia sobre la forma que posee su relato; algunas llegan a cuestionarse acerca de la naturaleza y la imposibilidad de la escritura.

En general, los cuentos siguen el sendero de la tradición realista, pero cada eventual desenlace hace que se vuelva al nudo donde parecieran resolverse, como si la “salida” del relato estuviese oculta entre dos o tres líneas que se han dejado atrás. Para quien lee, el resultado es de incertidumbre, ya que cada esclarecimiento está levemente sugerido y se halla a medio camino entre el relato fantástico y una especie de determinación metafísica: uno de los narradores por ejemplo, cuenta desde la muerte, mientras otro anuncia en la primera línea que él mismo es un fantasma. Lo más significativo puede que sea justamente que siempre cabe la posibilidad de que un giro nos asombre con algún estallido final o nos obligue a reinterpretar la historia en terrenos imprevistos.

El libro puede abordarse como una colección de instantáneas, no sólo por la brevedad de los relatos, sino también porque cada uno pareciera intentar figurar una imagen estática, como si el oficio fotográfico constituyera una inquietud que se pretende liquidar en la prosa; digamos que entre los propósitos del autor está el de contar una foto. La mayoría de las historias giran alrededor de cierto estremecimiento de soledad y de la forma que toma el amor a mitad de una crisis; casi todas son referidas por hombres meditabundos y solitarios, muchos de ellos figuran detenidos ante un abismo y sostenidos por una idéntica paradoja: el amor de una mujer como la causa de su ruina y al mismo tiempo su posible salvación.

Importante: entre la trama de cada relato serpentea menudamente la temática social que tanta importancia ha cobrado en la actual discusión venezolana; una muestra clara de esto es el relato “Coleccionista de ventanas”, donde a partir de una frase enunciada por un importante mandatario en el ocaso de los años noventa ―un detalle aparentemente inapreciable― se consigue plasmar la apatía propia de la época ante la disertación y el razonamiento político. Al mismo tiempo, es recurrente el símbolo urbano, además de cierta violencia figurada en un repetido rumor de disparos: a pesar de que la imagen de Caracas está dispuesta desde distintas épocas ―finales de los sesenta, finales de los ochenta y “la actualidad”―, sus representaciones comparten una embestida semejante. Eso es todo. El efecto final reenvía a lo sonoro: al fondo de cada relato se precisa un eco constante de ráfagas y detonaciones.

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Editorial: Monte Ávila Editores

País: Venezuela

Año: 2011

Texto: Carlos Ávila

Ilustración: Pablo Kalaka

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