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¿Quién hace oposición en la Argentina?

   La consolidación de la alianza que gobierna a la Argentina, con el partido derechista de Mauricio Macri como mero instrumento de corporaciones financieras y empresariales en parte nacionales y en parte transnacionales, comprende una acción oficial decidida de intervención en la única fuerza opositora que puede condicionarlo, el peronismo, aunque en cinco meses no ha sido capaz de hacerlo con alguna significación.

   Desde que asumió en diciembre de 2015, el empresario Macri, pero sobre todo la élite en cuyo nombre gobierna, no tuvo problemas mayores para imponer al país una reformulación económica profunda, con una transferencia de recursos a los sectores más ricos que investigaciones del Centro de Estudios para el Cambio Social calculó en casi 20 mil millones de dólares.

   Esa transferencia de riquezas en sentido netamente regresivo se debe a una devaluación de 50 por ciento al comienzo de la gestión, un aumento generalizado de precios de todo tipo de productos, aumentos brutales en los servicios esenciales –agua, energía eléctrica, gas- y despidos que, en el sector público y estatal, causaron el efecto de contener los reclamos de actualización salarial, al generalizar el temor por la continuidad de los puestos de trabajo, factor clásico de depresión de ingresos de los trabajadores.

   El peronismo, fraccionado en varias corrientes, algunas de las cuales se oponen a la que dirige la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, es mayoría en la Cámara de Senadores y primera minoría en la de Diputados. La división fue alentada fuertemente por el gobierno, mediante un sistema sencillo de extorsión: condicionar el envío de fondos a las provincias (estados) de la recaudación nacional de impuestos al voto favorable a sus iniciativas principales, o al menos la abstención.

   Sin embargo, no fue el único factor: es histórico que en el peronismo aniden fuerzas conservadoras que aceptan o acompañan ocasionalmente períodos como los que condujeron Néstor y Cristina Kirchner, pero que esperan su turno para llevar a la fuerza creada a mediados del siglo pasado por el líder Juan Domingo Perón hacia postulados y prácticas contrarias a su doctrina histórica.

   A través del sistema de medios con cuyo apoyo Macri pudo ganar la elección de 2015 y que ahora sostiene su gestión de manera fanatizada, la élite gobernante da cuenta de sus preferencias en la oposición. Así, en noticias, espacios concedidos y artículos de opinión siempre son privilegiados los dirigentes peronistas que menos resisten las políticas oficiales o que, lisa y redondamente, acompañan la transferencia de riqueza. En cambio, los que se oponen, los kirchneristas, son censurados, ridiculizados y puestos bajo sospecha de corrupción, la amplísima mayoría de las veces con acusaciones carentes de sustento pero útiles para el intento de generar rechazo al gobierno anterior.

   En ese tren, en los diarios oficialistas como Clarín, el de mayor circulación y “nave insignia” del grupo que detenta centenares de medios entre diarios, emisoras de TV y radio, revistas, agencia de noticas y portales de internet, recibe elogios ilimitados el sindicalista Hugo Moyano, en primer lugar porque años atrás se salió del kirchnerismo para volverse su adversario.

   El domingo 29 de mayo, ese diario lo destacó porque junto con otros sindicalistas se abstiene de protestar y llamar a paro general por la ola de despidos que, en estos meses, se cobró al menos 150 mil puestos de trabajo, según estudios privados que el gobierno desmiente. Más aún, estos sindicalistas ni siquiera se quejaron porque el presidente vetó una ley aprobada por el Congreso para disponer doble indemnización por despidos los próximos seis meses, en lo que fue la única derrota oficialista en el legislativo.

   El sindicalismo también está fraccionado. Hay dos corrientes con incidencia en la administración nacional y en las provinciales, pero no en el sector privado, que sí protestan contra los despidos. A ellos, un columnista pro gubernamental los tildó hoy en Clarín como “falanges agitadoras”, contrastándolas con Moyano.

   El aumento acelerado de la pobreza en estos meses, reconocido hasta por la Iglesia Católica local, tradicionalmente conservadora aunque ahora posa de socialmente sensible al compás del papado de Francisco, empezó a ser admitido por voceros oficiales, dados los múltiples indicios al respecto. Pero el gobierno genera sus propios anticuerpos, por cierto con habilidad.

   La conductora televisiva Mirtha Legrand, también del grupo Clarín, quien lleva 50 años defendiendo a las oligarquías en sus programas de almuerzos pantagruélicos -en los que se exhiben lujos y suntuosidad-, que se identificó abiertamente con el siniestro ex ministro de Economía Domingo Cavallo, que admiró en público a los dictadores genocidas y fue opositora acérrima al kirchnerismo, expresó en una emisión reciente gran preocupación por la pobreza. Es más, aparentemente se emocionó, de pura compasión, y estuvo a punto de llorar en vivo.

   Parecía ser un golpe para Macri: una figura pública que lo respaldó abiertamente, que despotrica siempre contra las políticas sociales de ayuda a los pobres, asumía una aparente posición crítica. Pero el presidente la llamó a Casa de Gobierno, dialogó y se tomó con ella fotografías que al día siguiente estuvieron en la portada de los diarios que lo apoyan. En suma, el gobierno eligió en esta secuencia su propia referencia opositora: la oligarquía que está profundizando la pobreza se ofrece como solución, arrebatándole la bandera a los adversarios.

Texto: Hugo Muleiro. Escritor y periodista, presidente de Comunicadores de la Argentina (COMUNA)/ Contacto: @HugoMuleiro.

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