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Próximo a la luz lunar (Sobre Playa, de Diego Hómez; Asunción Casa Editora, 2015)

A simple vista parece un fanzine negro, aunque al primer tacto el material se me revela ligeramente más duro que el de las hojas sobre las cuales suele imprimirse aquel tipo de publicaciones. No llega a ser un libro sin embargo, o al menos no completa la idea que tenemos de dicho instrumento: es más bien una pieza folletinesca, a medio camino entre la libreta de notas y el pliego facsimilar. En la portada advierto la imagen de una planilla de control de entrada y salida con casi todos los campos sin rellenar, salvo los correspondientes a Nombre (Hómez, Diego) y 1era. Quincena de (Marzo, 2013). Lo abro y hallo la foto carnet de un joven con barba y cejas picudas: me pregunto si aquel es el rostro del autor, al tiempo que evoco la imagen que nos han enseñado a construir de los terroristas; distingo en las huellas de un sello y en el cacho de firma que se aprecian hacia un costado del retrato, un rastro que revela su paso por quién sabe cuál instancia remota de la burocracia. En una primera expedición veloz, observo un puñado casual de imágenes nocturnas: fechas borroneadas sobre los lomos de unas carpetas; observaciones escritas en un trozo de papel, suspendidas en la oscuridad, sobre la superficie de un tabique descascarado, junto a imanes de pizzería y estampitas de santos. Es una garita, pienso, el registro de un recorrido accidental, acoplado en una estética común, en esencia oscura y puede que observada, reconocida y fijada desde la cámara de un celular.

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Debo decir que encuentro un costado lúdico en este tipo de publicaciones, afín al acertijo y el rompecabezas, en el que una colección de fotografías echadas sobre los folios de manera especialísima (muchas veces sin más texto que el título) insinúa y propone historias, direcciones y trazados que uno en modo lector se ve tentado a averiguar y perseguir. Supongo que por eso me salto las imágenes siguientes y voy directo a la página donde figuran los créditos: “Diego Hómez (Venezuela, 1987) es fotógrafo y abogado. Vive en Buenos Aires desde 2012. PLAYA es su primer trabajo fotográfico (y de los otros) en Argentina”. De inmediato pienso en el nombre apuntado en la planilla que aparece en la portada, al tiempo que recuerdo que playa es la palabra que han elegido aquí para referirse a los estacionamientos: agradezco con una sonrisa esas primeras pistas y comienzo a entender la publicación como un diario de rutina laboral en el que Diego, en primerísima persona, recoge los recovecos de una playa definitivamente adversa a las que con toda seguridad pueblan su memoria. Sin embargo, lo que más me acerca a un posible sentido de estas imágenes, lo pienso ahora que releo los créditos, es ese laconismo entre paréntesis −(y de los otros)−, donde concibo contraídas sus fuerza y naturaleza, ya que dicha brevedad alude directamente a labores inherentes al tantas veces llamado sistema; por eso no puedo dejar de incorporar a mi lectura digresiones concernientes a la trama de la inmigración (además porque la proyecto tan cercana a mi propia historia actual por supuesto): según cifras de la Dirección Nacional de Migraciones, Argentina figura hoy en América Latina, después de Colombia, como el país que recibe más inmigrantes venezolanos; para el 2014 éramos casi 15.000, hoy promediamos de 7 a 10 por día iniciando en las oficinas de Retiro el trámite de la Residencia.

En este sentido, Playa puede leerse como un testimonio primario, no tanto por su carácter inicial como por su costado básico, visible en todas las imágenes, en las que su autor no duda de la fisicidad del mundo −de hecho la fotografía: los bordes en sombra de una caja registradora; la forma de las masas que sirven en el desayuno dulce de estos pagos−, sino donde asimismo palpita una existencia que leo inherente al desarraigo y la expatriación: hace días alguien me dijo que la cosa ausente se torna más concreta cuando no la vemos.

Cierro el pequeño volumen y pienso en la levedad, la primera de las seis propuestas que Calvino introduce como marcas a tener en cuenta para armar un relato posible de estos tiempos, y se me viene a la mente la imagen que el autor eligió para representarla: el salto ágil de un poeta que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su vitalidad contiene el secreto de la ligereza. A lo que voy es que me parece que el trabajo de Diego en estos folios completa estas consideraciones, ya que a fin de cuentas lo que brilla en sus fotografías (sobre todo por su ausencia) es ese aligeramiento del lenguaje al que aspiraba Calvino: una suerte de poética de lo invisible que sustrae del lenguaje su peso y registra aquel tejido leve, próximo a la luz lunar, que se mece y flota sobre el mundo y sus cosas como la nieve que cae sin viento.

 

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Playa, de Diego Hómez (Asunción Casa Editora, 2015).

Texto: Carlos Ávila.

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