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Perseguir la luz

Foto: Yemayá Padrón López.

Armando Reverón encontró allí la luz. O mejor dicho, el sitio perfecto para comprenderla, atraparla y domesticarla hasta dejarla plasmada en una tela. Durante treinta tres años, en su casa y obra llamada el Castillete, junto a Juanita Ríos, su compañera, una guacamaya, dos monos, varios patos, palomas, muñecas, y todo cuanto pudo inventar. Que fue mucho, demasiado tal vez para una mirada estricta y ordenada de las cosas, del mundo, que prefirió llamarlo loco y muchas veces aprovecharse.

Demasiada también le resultó la luz, la batalla con ella. “Uno no puede con la luz”, dijo en 1953, un año antes de su muerte. Pero no temió al esfuerzo cotidiano por conquistarla. Por eso se fue y se quedó allí, en Macuto, un pueblo asentado entre la montaña y el mar Caribe, expuesto a la luz tropical, aquella que encandila hasta enceguecer, cambia los colores de todo cuanto toca, que Reverón descubrió y dejó en sus telas, como pistas, como verdades. Un idioma de luz, suyo, hecho a fuerza de observar, llevar la mirada del sol a la tela, de partir en peñero con un atril y un pincel. Mirar y mirar. Y no rendirse.

De todo ello han quedado cuadros, muebles, muñecas, imágenes, libros. Pero también y sobre todo el pueblo de Macuto, sus habitantes: las vecinas que cosieron vestidos para las muñecas, los hombres que lo ayudaron a construir el Castillete, los niños que jugaron al escondite entre sus cosas, festejaron allí sus cumpleaños, quienes compartieron un café o una guarapa con él. De quienes murieron quedaron los hijos, los nietos, testigos de las historias y recuerdos que se fueron transmitiendo como algo propio. Una memoria que protegieron y siguen protegiendo hasta el día de hoy.

Porque sobre la memoria de Armando Reverón el tiempo pasó con fuerza. En particular en 1999, cuando la vaguada derrumbó casi por completo El Castillete, el sitio más significativo del artista, que construyó durante más de dos décadas junto a Juanita. Una obra como reflejo de su ser, su arte, que fue haciendo para pintar, vivir, y crear. Lejos de Caracas, cerca de esa luz, de la naturaleza. Junto a la comunidad, que desde que pudo rehacer su vida luego de lo arrasado por las lluvias, comenzó a organizarse para recuperar el Castillete, la historia reciente de Macuto, de su identidad.

Reveronianos y reveronianas

Así se llaman ellos mismos. En particular en la comunidad de las 15 Letras, donde está situado lo que queda del hogar del pintor: parte del arco de la entrada, del campanario, algunos escalones para subir al campanario, y paredes -originales y reconstruidas- de un espacio que fue un dormitorio. De lo demás -el caney, la cocina, el sótano, la pileta- solo unas piedras, en algunos casos, que indican rastros. El mundo de Armando Reverón ya no está. El lugar es tierra seca por donde pasan carros. El antiguo museo, lindero del Castillete, es una masa de escombros a la espera de ser retirados.

Foto: Milángela Galea.

Pero ese panorama no ha desalentado a nadie. “Los Reveronianos somos un grupo de personas que nos interesamos en su obra, en todo lo que significó, seguimos y compartimos su legado, lo que fue surechazo a la academia, el camino que él mismo consiguió”, explica Belkys Reyes. Ella vive a unos metros del Castillete, esa casa donde de niña jugaba al escondite entre las muñecas, el teléfono, el piano,los objetos de madera, cartón, y papel maché, construidos por el pintor.

Los vecinos fueron quienes custodiaron el lugar desde el deslave. Cuando hasta dos metros de piedras y barro tapaban lo que hasta ese entonces era la casa de Armando y Juanita, que, luego de enviudar,vivió allí hasta principios de los años 70, junto a los animales, las telas, los pinceles, una familia a la cual le alquiló una habitación para poder tener un ingreso. Porque siempre fueron humildes. “Reverón se la pasaba regalando cuadros a todo el mundo en la comunidad pero nadie le agarraba nada, para que pudiera venderlos, porque sabían de su necesidad”, recuerda Belkys.

Como ella, ante la situación, varios habitantes de las 15 Letras vieron la necesidad de reunirse para que el lugar no desapareciera, para recuperarlo. Con su convicción y voluntad, pero sin recursoseconómicos. En el 2005 armaron el primer proyecto de rescate, y se lo presentaron a varias instituciones. Pero la situación se vio nuevamente desbordada por las lluvias: la urgencia de las casas, los refugiados.

En ese camino de memoria comenzaron a organizar actividades: talleres para pintar franelas, conciertos, misas, ofrendas florales, cafés literarios, talleres en las escuelas, desfiles con bandas,intervenciones artísticas como protestas por el abandono del lugar. A hacer y hacer. Recordar, transmitir, cada 10 de mayo, día del nacimiento del artista, y cada vez que fuera posible. La comunidad se hizo de la tarea de no dejar que las piedras cubrieran la historia.

Ellos mismos se fueron haciendo y recreando en ese movimiento. “A la par que se hizo el proyecto de rescate de Armando Reverón, se fue haciendo el consejo comunal. Fue un factor de unificación”, cuenta Belkys, que destaca la complejidad de la situación: vecinos chavistas, otros de oposición. Pero articulados alrededor de la figura del pintor, reveronianos y reveronianas todos.

“Queremos difundir lo que fue su vida verdadera, la que vivió entre todos nosotros, no era un loco, era un humilde, un hombre de pueblo, de pueblo llano, andaba con su ropa arremangada, sus muñecas de trapo que eran sus musas, y Juanita, que también era humilde”. El consejo comunal, nacido en el 2006, primero se llamó Armando Reverón, luego Castillete Armando Reverón, que en julio del 2014, se unió a la Comuna Socialista Guaicamacuto, conformada por 13 consejos comunales más.

En ese entonces habían pasado dos meses desde la decisión de Nicolás Maduro de declarar la obra del artista como patrimonio cultural de Venezuela, y de otorgar los fondos necesarios para comenzar el rescate histórico.

Un proyecto integral

Es el que ha planteado realizar el consejo comunal. Sobre qué hacer con el Castillete, el debate ya había sido resuelto varios años atrás en Macuto: una réplica. Lo más exacta posible, aún sabiendo que no será como el Castillete original, modificado después de la muerte de Reverón.

Esa perspectiva se encontró ante otra, defendida por varias instituciones, que sostuvieron que una réplica sería un falso histórico. “Chocaban las visiones”, explica Belkys. Hasta que el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, en el 2012, reconoció la decisión de la comunidad. “El poder popular decide sobre su patrimonio”, recuerda la reveroniana que dijo Pedro Calzadilla, el entonces ministro.

En cuanto al sitio dónde estaba el museo, propusieron construir un centro cultural: una edificación baja, con un techo verde de plantas, paredes forradas de piedras. Que no compita con el Castillete, y quedentro funcione un cafetín, un socioproductivo -de materiales para artistas plásticos-, una librería, un área para talleres, una sala de proyección, y una galería con objetos del pintor, para que exponganartistas de Vargas y del país.

Un espacio abierto entonces. Para la comunidad y los artistas. Para transmitir y construir una mirada colectiva, romper con la perspectiva anterior, que recuerda Belkys: “La fundación era manejada de forma elitesca, no invitaban a los vecinos, venía gente de afuera a las exposiciones, y nosotros desde la calle veíamos cómo pasaba”.

Así volverá parte de Reverón, ese hombre generoso que se ganó el cariño y apoyo de una comunidad que vio en él a un igual, humilde, empecinado, convencido hasta el despojo de una búsqueda. La exacta antítesis de quienes -siempre ricos- vieron en el artista un hombre de quien aprovecharse para ganar miles de dólares, y hacerlo mientras estaba vivo para enriquecerse hasta el día de hoy.

Armando Reverón

Foto: MIlángela Galea.
Foto: MIlángela Galea.

Termina de pintar. Se desata la soga que le rodea el abdomen -“hay que apretarse para estar en la misma tensión que la tela”. Tiene el cuerpo quemado por el sol y lleva un guayuco y unas alpargatas. Sale del caney donde lo espera el mono Pepe que al verlo toca una pequeña campana atada a un árbol, señal de que ha finalizado la sesión. Mientras Juanita se viste, recobra la sonrisa que sigue a la pose. Una sonrisa con mucha vida, de una juventud cercana al año 1934. Ella es su modelo principal. El pintor la inmortaliza una y otra vez. Luego también lo hará con las muñecas. Con vecinas de las 15 Letras,aunque no lo comenten, por vergüenza social al desnudo, a ser modelo.

Aquello ya no existe. Tampoco Armando Reverón con el pelo largo y blanco, igual que la barba, sentado ante dos espejos, realizando un autorretrato. Serio. Grande. Ni las pinturas que creaba conelementos de la naturaleza. Pero quedan sus cuadros, algunos accesibles para el pueblo, otros en manos privadas. Y está la comunidad, que ha hecho del pintor un hombre querido, sentido, que recuerda el Castillete, los animales, Juanita -tan amiga-, ese andar por las calles, por el puerto, en peñero. Y desea conservar todo aquello, reconstruir lo que pueda ser reconstruido para compartirlo, transmitirlo a las nuevas generaciones.

Que busca también continuar con su legado a través de las oportunidades que darán a los jóvenes artistas con el centro cultural. “Cuántos Reverones no hay por aquí”, afirma y sabe Belkys. Porque en todo esto hay un asunto siempre presente: el arte, la pintura, la obra de Armando Reverón, la inspiración que despierta aquello que dejó: las sombras hechas de luz, la luz sobre la luz. La vida, la creación de su vida, su búsqueda, su intento de alcanzar una verdad. Hasta dar el último trazo. “¿Cómo podemos conquistar la luz? Yo he intentado. Esa es mi lucha”.

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Texto: Marco Teruggi.

Foto de portada: Yemayá Padrón López, colectivo Paraulata.

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