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Para lograr ser desposeídos

La felicidad comienza con la desposesión de sí

y con la comunión con el todo.

Roger Garaudy

Arrancando el maíz a la maldad

Faltaban tres horas para el mediodía cuando el sol escurría encima de cosas, animales y vegetales lo mismo que un caudal de aceite hirviendo. Para alguien habituado a un clima casi siempre menor a los 30 grados Celsius, la ropa –por muy ligera que sea– estorba, como el cabello, como el maquillaje, como ciertos pensamientos: incluso algunos que pudieran considerarse sutiles. La propuesta de salir a la calle encandilada por una luz que parecía emerger no del cielo sino desde el pálpito profundo de la tierra, me arrinconó contra la duda debajo de la sombra del mango abuelo en el patio de la señora Carmen. Pero al ver que detrás de la reja la vida montaba bicicleta, caminaba erguida cargando bolsas por entre veredas, viajaba en buses sin aire acondicionado y hasta corría feliz mientras perseguía un gato, sentí vergüenza de mi estupor y me lancé con toda mi humanidad hacia la combustión de aquel domingo acarigüeño.

Fui con Dan, Leonel y la señora Carmen a visitar la casita de Yelitza y Aníbal en Montañuela: un caserío inmerso dentro de una espesa mancha verde de Araure, en Portuguesa. Leonel y yo éramos invitados de Dan en su tierra querida, y su madre Carmen, su hermano Aníbal y su cuñada Yelitza nos abrieron de par en par, como hacen siempre, el portón del más auténtico cariño. Nos recibieron sonreídos, espléndidos, con un delicioso café y la promesa festiva de unas arepas de maíz pilao con frijoles que Yelitza se disponía a cocinar. En este punto empecé a sentirme como en Anarres, me descubrí de pronto enternecida, sentada en una mecedora de aquella casa austera que se daba en todas sus dimensiones y resquicios para nuestra comodidad. Así, ante la belleza conmovedora que significa el ofrecimiento de absolutamente todo lo que se tiene, todo, incluso de lo más esencial, recordé involuntariamente el episodio donde Le Guin narra lo que debían hacer los habitantes de un mundo utópico para lograr un encuentro de amigos y comer y beber alguna cosa entre conversas: guardar durante días parte de las reducidas porciones de alimentos que a cada quien correspondía era la única estrategia posible para celebrar un convite colectivo y por supuesto excepcional. Entiendo que me adelanto con torpeza, en breve referiré mejor a qué obra aludo, pero tenga por seguro que el episodio que esbocé se desarrolla en un escenario utópico; no es un error, no quise decir distópico.

Minutos después del café llegó el señor Luis García, padre de Yelitza. Llegó tímido, se presentó amable, luego arrimó un banquito y se nos sentó cerca. La conversación entre Dan y Leonel sobre la siembra de maíz estaba encendida, había empezado precisamente porque allí, en los alrededores de la casa se imponían, como pequeños grupos de soldados formados bajo la resolana, varios sembradíos domésticos. Por momentos se tornaba aburrida la diatriba: que si los terribles transgénicos, que si la necesidad de abastecer a un pueblo e incluso exportar exige ciertas tranzas, que si hipótesis de músico citadino por acá, que si diagnósticos de poeta caraqueñizado por allá. Quizá Leonel intuyó que quienes atendíamos lo hacíamos más por diplomacia que por interés, o quizá más cuidadoso que Dan recordó que el viejo que tenían delante llevaba años sembrando y cosechando no solo maíz sino otras plantas, lo cierto es que su voz como un hachazo mutiló de un tajo la cháchara y dijo mientras extendía su mano hacia el septuagenario: “¿Pero qué tanto hablamos nosotros, teniendo acá a un experto en la materia?”. De tal manera cedió la aguja del coloquio a don Luis y ofreció hilo a un extraordinario tejedor de palabras que urdió en hora y media la cobija de una vida digna de ser muchas veces contada.

Primero sonrió cortés, en el gesto de quien acepta con gratitud el homenaje que le hacen. Después dejó sonar los carretes de tres máquinas a un solo ritmo: experiencia, memoria y habla. “Las nuevas semillas traen su propia plaga. Antes la pajita que le crecía a la pata de la mata era enana, incapaz de hacerle sombra, pero ahora le nacen unas pajas altas que si uno no está pendiente de cortar se comen todos los nutrientes del maíz. Esas pajas así tan altas no son de por aquí, eso acá no se daba, y ni el propio veneno que venden les hace daño”, así empezó. Habló un buen rato de la faena de la siembra y sin mencionar ni una vez la palabra “transgénico” o “capitalismo” dejó claro que algo funesto venía sucediendo con las semillas, algo que enfrentan los campesinos como él y con energía recia se ven conminados a superar; no se quedan sentados lamentando la desgracia y recordando los tiempos mejores, sino que a fuerza de bregar con la maldita “paja nueva” le van arrancando el maíz a la maldad.

En un momento Aníbal, que se había incorporado discreto al círculo de oyentes, se permitió decir que el suegro era músico como Leonel. Supimos que en sus años de juventud y hasta hacía no tanto había sido serenatero, tocaba el requinto. Mostrando las manos el anciano dejó ver sus dedos retorcidos y soltó sin asomo de pesar, como quien va a contar una experiencia de guerra: “Pero la artritis y el lupus no me dejaron seguir tocando. Hace poco más de cinco años que empecé a sufrir de eso. Me salieron tumores por todas partes, miren las marcas acá en las piernas, en los brazos. En la espalda una llaga me estaba comiendo el hueso. Me desahuciaron en hospitales de Caracas, Valencia y Barquisimeto, me dijeron que no tenían nada que hacer, que estaba listo, y yo me regresé para mi casa a esperar la muerte. Una señora amiga vino a visitarme y me dijo que tenía una bebida de yerbas que tal vez me hacía bien, yo no le creía mucho, estaba tan mal que no esperaba salvación. Ella insistió, me dijo que no perdía nada probando, que eran puras yerbas naturales, y empecé a tomar el remedio tres veces al día: tres dedos en ayunas, tres al mediodía y tres antes de dormir. Al mes estaba mucho mejor, eso me limpió por dentro, empezaron a secarse las heridas, a desaparecer las llagas y hasta el sol de los picures no he vuelto a ver esos tumores. A estas alturas me siento bien de lo que he vivido, pude conocer a mis nietos que cuando me agarró la enfermedad no habían nacido. Ya puedo irme tranquilo, esta ñapa la agradezco mucho”. Él aprendió a hacer el brebaje, que es a base de noni con otras ramas y ahora lo vienen a buscar a su casa dolientes de distintas enfermedades, que casi siempre después lo visitan para reconocerle la cura con regalos.

Mientras el señor García se despedía con un abrazo, pensé que así como yo me sentía después de escucharlo y presta a comer unas arepas amarillas, gordas de maíz, así tal cual se habría sentido un visitante de Urras en Anarres. Definitivamente la novela que había leído hacía más de un año tomaba para mí un significado revelador.

Ninguna utopía es posible sin ambigüedades ni contradicciones

Manoa es la otra luz del horizonte,

quien sueña puede divisarla, va en camino,

pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

Eugenio Montejo

En un planeta llamado Urras tuvo lugar, en algún punto de su historia, la revolución anarquista guiada por Odo, una mujer. Situación que devino en el exilio de este grupo humano en Anarres, satélite de Urras. El exilio fue la consecuencia de un acuerdo entre el poder político del planeta y los revolucionarios. Importante es decir que este satélite era el centro de explotación de minerales imprescindibles para el desarrollo económico del planeta. Es allí, en Anarres, donde se logra edificar una sociedad de principios anarquistas. El entorno físico es tremendamente hostil, con una reducida vegetación. Prácticamente desértico todo su espacio geográfico cuenta con un universo biológico de escasas especies marinas; por tanto, con mucho esfuerzo, profesionales formados especialmente para ello, deben mantener la poca vida que garantiza alimentos a todos los habitantes del satélite. Además, la conquista de lo que podría considerarse una tregua entre dos fuerzas desiguales, conlleva una trágica condición, Urras tiene derecho a seguir explotando ampliamente los yacimientos de Anarres. Dos fuerzas desiguales en todos los sentidos: el poder económico, político, tecnológico y cultural de Urras domina a casi mil millones de almas, mientras la Sociedad Internacional de Odonianos contaba con un millón de pobres que únicamente ostentaban la conciencia y determinación de conformar una sociedad diferente. Urras nunca pierde ni ve debilitada su hegemonía, incluso es dueño de las naves que trasladan a los odonianos a su nuevo mundo, evitando de tal manera “que socavaran irremisiblemente la autoridad de la ley y la soberanía nacional”, ganó desplazar muy lejos la posibilidad de que se extendiera la ideología revolucionaria. Las dinámicas sociales en Anarres se ven así condicionadas a la lucha colectiva por la existencia, herederos todos de una estirpe emancipada contra las dinámicas del más feroz egoísmo siguen con férrea disciplina los preceptos de Odo, pero entienden que no les es posible romper la relación que los ata a Urras, pues de hacerlo la invasión se haría inminente y sus condiciones materiales son un chiste comparadas con la monumental superioridad bélica del planeta. ¿Cómo no ver acá una lectura válida para considerar la situación actual venezolana? Y no me refiero únicamente a la explotación del Arco Minero del Orinoco.

Los desposeídos: una utopía ambigua se titula esta obra, escrita por la estadounidense Ursula Le Guin y publicada por primera vez en 1974. Desde que empieza, de modo sostenido y hasta el final, la novela de ciencia ficción plantea un escenario propicio para la reflexión, no solo de lo que podría implicar la concreción de las luchas contra el sistema capitalista, sino que sugiere, a través de la descripción de diversos conflictos, que es preciso no perder jamás de vista las múltiples posibilidades adversas que tal vez siempre bullan dentro de la naturaleza humana, incluso en el íntimo fuero de quienes más dominen sus “demonios”: ego, mezquindad, abulia, soberbia; pero también (permítanme la fácil analogía de mismo talante cristiano) sus “ángeles”: purismos ideológicos, intransigencias ético-morales, romanticismo doctrinario.

El maravilloso mundo que llamamos socialismo es un mundo añorado, la idea cierta de otra forma de relacionarnos, un complejo y extenso cúmulo de teorías, disertaciones, corrientes de pensamiento, escuelas, dogmas, reflexiones, sentires, conjeturas. Pero un socialismo concreto no se ajustará jamás a fórmulas ni fundamentos de impolutos diseños, cuando solo pueden lucharlo y edificarlo hombres y mujeres que hemos sido formados y deformados por el mismo sistema que repudiamos. Más aún, los hombres y mujeres llamados a construir ese otro mundo, por los momentos y hasta nuevo aviso, solo podemos desarrollarlo en el mismo espacio físico colonizado en toda su inmensidad por las lógicas del Capital. El reto es (señoras y señores lean esta verdad de Perogrullo) el reto es, reitero, erigir un universo nuevo, pero encima, dentro, desde, con y contra las estructuras degeneradas de uno que no está extinto, sino que más bien –como organismo amenazado– busca los más violentos mecanismos de sobrevivencia. ¿Es posible lograrlo manteniéndonos en la cómoda y segura baldosita del idealismo? ¿De verdad se puede ganar una guerra de este calibre sin embarrarnos de porquería por dentro, por fuera, por arriba y por abajo?

En la novela de Le Guin los odonianos consiguen irse del planeta cuyo sistema les era insoportable, se exilian, tienen esa “dichosa” oportunidad y por más inhóspito que se les ofrece el panorama, eso es una hoja en blanco con todas las bondades que representa. Es inevitable suponer que la escritora evaluó el triunfo de la revolución cubana, el hecho de que los cubanos liderados por Fidel Castro dieron un plazo a los capitalistas para que se largaran de Cuba (como en efecto hicieron) y el posterior bloqueo político-económico que Estados Unidos le impuso. Venezuela no cuenta con esa “dicha”, por el contrario, su extenso territorio nacional concentra un amplio espectro de recursos naturales que se traduce en el reservorio de riquezas que ansían corporaciones y Estados imperialistas en este siglo enfermo de pronósticos apocalípticos, no en la mitad del siglo XX que aún guardaba cierta esperanza de amaine en la desmesura.

La autora va muchísimo más lejos y lleva a límites de alto contraste la ficción que imaginó. Los odonianos logran cristalizar una estructura social acorde a sus principios, incluso crean el právico, lengua exenta de ciertas categorías gramaticales: por ejemplo, no aprueban el uso del posesivo (dicen “el pantalón que yo uso”, en lugar de “mi pantalón”, o “la camisa que comparto contigo”, en lugar de “la camisa que te presto”), es decir, no se les escapa el hecho de que una manera distinta de pensar exige indefectiblemente una manera otra de lenguaje, de comunicación y, por tanto, de percepción. Los niños son criados y educados por el colectivo, libres de cargas y taras que inexorablemente los padres multiplican en los hijos cuando los asumen como propiedad privada; las relaciones sexuales están despojadas de tabúes y se experimentan desde la infancia indistintamente del género; el trabajo intelectual se combina con el trabajo físico; nadie es propietario de cosas, sino que usa cosas, cosas estrictamente necesarias y hasta que ya no den para más; si alguien se resiste a formar parte del sistema y decide que no quiere seguir las normas, es desterrado de la sociedad, sin violencia física, simplemente la mayoría le da la espalda para que subsista solo, como pueda; nada se compra y nada se vende porque nada se posee. Nada se posee. Nada se posee. Esto es a 200 años del exilio, punto temporal por donde empieza la obra. ¿Cuán lejos de este horizonte está nuestro mundo llovido de cangrejos?

No todo es color de rosa, para mejor decir, nada es color de rosa en Anarres. Además de las durísimas condiciones de un entorno yermo que obliga a quienes habitan el satélite a pesadas faenas físicas e intelectuales, deben apegarse con disciplina a una pétrea burocracia que garantiza el orden y que procura evitar la imposición de unos sobre otros. Léase burocracia, no burocratismo. Aun así, el sistema odoniano no alcanza a controlar ciertas fuerzas oscuras que persisten: ciertas sombras del espíritu humano que muy probablemente Ursula Le Guin acierta en proyectar como inherentes a él. Estas particularidades son sin duda las que llevan a calificar de ambigua la utopía en el título que la autora escoge para la obra, y son, asimismo, las que más permiten que consideremos verosímil tal utopía: ninguna utopía es posible sin ambigüedades ni contradicciones. Venezuela hoy es un hervidero de ambas, precisamente porque está diseminada la semilla que nos concede creer en un mundo del que, a fuerza de trancazos, se tienen ya algunas bases.

Cuando Yelitza “compartió conmigo la mecedora que ella usa”, cuando su padre contó sonreído los avatares y venturas de una vida que no se cansa de agradecer, cuando Dan molió el maíz que todos comeríamos, entendí que estando en aquel rincón de Montañuela en realidad estaba en Anarres la utópica. Me sentí segura de que hay múltiples Anarres en esta inmensa Urras que a fin de cuenta, no finjamos más, es la Tierra. Existen tantos Anarres como conjuntos de personas hay batallando contra la perversión del sistema. Vaya que son muchos. Y nos guste o no, hay –que se sepa– un solo planeta para todos: explotadores y explotados, mentirosos y honestos, dueños y desposeídos. Evidentemente así es más difícil la ecuación; pero, ¿quién creyó que sería fácil?

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