Paisajes sonoros - 2017 (Segunda parte) - Cultura Nuestra
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Paisajes sonoros – 2017 (Segunda parte)

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A mi papá lo secuestraron en mayo. Durante los nueve días que estuvo en cautiverio, mi hermana, su hija, me mantuvo al tanto de lo que pasaba a través de notas de voz. En una de ellas se puede escuchar a su mamá negociando con uno de los secuestradores: la señora propone un encuentro en una plaza y al mediodía; el tipo insiste en que sea a las afueras de la ciudad y durante la noche. La mujer llora a moco suelto. En ese punto yo detengo la grabación: soy intolerante al llanto por teléfono.

Es curiosa la posición que adoptamos al dejar las fulanas noticas de voz: veo a la gente por la calle con el celular metido en la boca y pienso en felaciones a rectángulos de plástico. ¿Cuánto es el promedio adecuado que deben durar estos mensajes? Nadie puede determinarlo. Los hay de más de tres minutos y los hay de diez segundos. Una vez le dejé uno de casi dos minutos a un amigo y me respondió que no iba a escucharlo porque era muy largo. No son diálogos, no son soliloquios. ¿Qué clase de nuevo formato de la comunicación es este? Creo que lo que más me gusta es la evidencia en forma de “es” estiradas, como si se tratara del sonido de unos puntos suspensivos, que deja el camino que recorremos detrás de nuestros propios pensamientos, de palabras claves o ideas que se nos han ido momentáneamente. Confieso que suelo volver a las notas de voz: ajenas y propias.

El secuestrador se queda en silencio. La mamá de mi hermana solloza y se suena la nariz: intenta decir algo pero no le salen las palabras. Entonces el sujeto le suelta un mi amor. Y continúan las negociaciones. Mi amor. Esa es la muletilla del tipo. También le dice mi cielo y mi vida. Pero su favorita es mi amor. Con todas las letras. Recuerdo a una mujer que un día me atendió en una panadería en San Justo y que me dijo corazón: volteé incrédulo. Es que si bien este no es un pueblo nórdico, donde la gente tiene fama de ser fría o poco afectiva, tampoco es que por aquí sean muy afables. En todo caso, vengo de una cultura en la que quien te tiene la vida literalmente en un hilo puede miamorearte sin complejos. Al final pagan y lo liberan. Yo cada tanto escucho aquellos mensajes: a veces me da risa.

No obstante, aquel no fue el único llanto que escuché por teléfono este año. En medio de una conversación telefónica con mi madre pasó algo insólito. No recuerdo qué me estaba contando: sé que fluía contenta y que de pronto se quedó callada. No fue un silencio distraído: hubo un vacío recóndito. ¿Qué pasó?, le pregunté. Su mudez resistió unos segundos más. Mi madre me había contado que una de sus perras estaba enferma: la había llevado al veterinario, había sido un gasto, ni hablar de las medicinas, estaban siguiendo el tratamiento. No había tenido chance de preguntarle cómo avanzaba. Se murió. Eso fue lo me dijo. La perra había escogido palmar mientras hablábamos por teléfono. Lo primero que pensé fue que estaba esperando que mi mamá se descuidara.

Los grandes dolores son mudos: fracasamos cuando intentamos comunicar siquiera una parte de lo que sentimos, en especial si estamos hablando a través de distorsiones como las del chat o el teléfono. Acercarnos a los otros a través de las palabras es prácticamente inútil. Por eso nos sentimos tan bien cuando lloramos o nos reímos: ambos casos nos exponen y aproximan desinteresada, luminosamente.

 

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A principios de este año me enteré de que la locura más aguda la padece quien escucha sonidos que no existen. Yo pensaba que quien estaba más loco era quien veía formas donde no había nada. Pero resulta que son las voces, los ecos, los ruidos irreales los que advierten que la demencia ya es de vigilar. Desde entonces he estado atento en advertir las resonancias que acompañan la galería sonora de mi cotidianidad: más allá de la inquietud que me produce evidenciar cuáles son reales y cuáles no, me emocionan sobremanera ciertas texturas reveladas en algunos sonidos.

Fue un año de soledades notables: quizás por eso el sonido de la voz a través de un teléfono, pariente menor del sonido de la voz a través de un parlante, me produce tanta serenidad. Aquí en el barrio donde vivo suele pasar los fines de semana un hombre que compra chatarras: lavadoras, neveras, bártulos viejos. Su voz lleva los mismos granos estáticos que la voz del hombre que anunciaba los precios de las frutas y las verduras allá en Caracas: “el camión”, como lo llamaba mi abuela. No puedo evitar evocar en este punto la melodía del piano que advertía la llegada del heladero. Se trata de sonidos carrasposos y asmáticos: palabras llenas de arena.

La de mi compinche Flora es una voz que he escuchado con insistencia este año a través de aquella trama enronquecida que emerge del teléfono. Cuando estos aparatos vibran también emiten un sonido: rescindimos la marimba electrónica del repique, pero en la sacudida de la vibración hay un zumbido propio. Yo sé que es Flora cada vez que aquel ronroneo invade mi soledad. La tipa es una narradora innata: me cuenta desesperada que se cruzó a una persona en la calle, pero yo no conozco a esa persona, así que Flora emplea una de sus confusas analepsis hasta el día que la conoció y desde ahí fractaliza y suma efemérides hasta llegar de nuevo al encuentro. Entonces yo vivo con ella las impresiones que tuvieron al cruzarse. Eso son dos horas, dos horas y media más o menos.

La voz de Flora me ha resultado indispensable: ya no tanto en forma de palabras sino como sonido crudo. Flora mientras cocino. Flora mientras como. ¡Flora mientras me baño! ¡Flora mientras escribo! A veces me pregunto si no tiene nada que hacer. ¿Qué tanta mierda hablan? Pues hablamos de Venezuela, hablamos de las canciones de Foyone, hablamos de la pelazón de bolas o de las ceremonias de Yagé y sus efectos. Hablamos en definitiva de nuestros dolores, es decir, de nuestros sueños. Los cantamos: si no te sientes bien yo me siento bien por ti. Pero las palabras siguen siendo inútiles: por eso me conformo con el sonido árido de su voz por toda la casa. Y vuelvo a pegar el bendito aparato del cargador cuando se le está acabando la pila. Y salgo a tomar el colectivo a San Justo con Flora todavía al teléfono.

Cuando estábamos dentro de la panza, Flora, ustedes, yo, la voz de nuestra madre era una música dulce y vacía de significado. Hasta que aquellos sonidos cambiaron de intensidad, de frecuencia y de modulación: el bebé que éramos se adaptó a los estímulos del mundo externo y empezó a configurar el sentido de aquel balbuceo materno. Desde ese momento, las funciones meramente expresivas empezaron a ceder en valor a las funciones representativas: digamos que la voz de nuestra madre perdió en pureza lo que sus palabras ganaron en precisión. Esta nueva “educación” en algún sentido inutilizó aquellos sonidos y pasamos a expresar y a entender con palabras lo que antes había sido referido con una vibración desnuda. Cuando Flora volvió de su última ceremonia, me dijo que había puesto en sonido ideas y sentimientos que nunca había podido expresar. ¿Las verbalizaste? No, las puse en sonido.

Y eso es todo: sólo en aquellos estados de libertad excesiva las palabras perderán significado. Volver al útero en medio de una toma y escucharle la voz a tu mamá. En ese momento nos comunicaremos cabalmente y por la boca brotarán ecos bellos que llevarán el sonido de las cosas que todavía no hemos podido decirnos.

Texto: Carlos Ávila.

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