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Paisajes sonoros – 2017 (Primera parte)

paisajes sonoros

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Vivo en un edificio que está en el centro de la manzana: el ruido que genera el tránsito en la avenida contigua no llega hasta el apartamento. Yo sé que el silencio total es insostenible: de hecho en las cámaras de aislamiento sensorial podemos escuchar nuestra sangre fluir y percibir el sonido que hace nuestro sistema nervioso. Sin embargo, en días quietos como los domingos o los días feriados, el silencio en mi casa se torna realmente insondable: es como si la ausencia de sonidos de algún modo comprendiera también un vacío de energía. Pues durante esas horas he podido tener en cuenta este año rumores muy específicos.

El primero de ellos surgía de súbito en mi habitación: una sucesión de gemidos cristalinos me hacían evocar la imagen de una mujer teniendo un orgasmo. La primera vez me tomó por sorpresa, así que no tuve tiempo de rastrear su lugar de origen. Con el paso de las semanas me fui despabilando y cuando empezaba a escuchar aquellos suspiros, dejaba lo que estaba haciendo y como un médico con un estetoscopio invisible me acercaba sigilosamente a las paredes. Mi curiosidad llegó hasta tal punto que me puse incluso a auscultar señales en el rostro de mis vecinas cuando me las cruzaba en un pasillo o en el ascensor: les miraba atentamente las pestañas, la punta de la nariz, las patas de gallo. Un buen día los gemidos cesaron. Nunca pude conocer de dónde venían. Las veces que lo comenté con amigos, siempre llegamos a la misma conclusión: no es frecuente que alguien clame con tanto brío en la masturbación, así que había pocas probabilidades de que se tratara de una mujer sola. En cualquier caso, nunca olvidaré la manera en la que aquel silencio de energía estancada, se veía rasgado por ese modo cumbre de la energía generada individualmente.

El segundo de los sonidos también es abrupto: gritos de gol que cruzan el viento los domingos desde La Bombonera hasta mi casa. Un Pollock de voces estalla intempestivamente: por unos segundos mantiene una cresta estrepitosa y al cabo de un rato se desvanece, hasta que el día poco a poco empieza a recuperar su reposo. A diferencia del orgasmo, los gritos de gol en un partido de fútbol disponen más bien una forma colectiva de la energía pico.

En una ocasión tuvimos un problema eléctrico en el edificio y nos quedamos todo un fin de semana sin luz. Recuerdo haber salido y supongo que me olvidé del asunto porque me sorprendió mucho encontrarme el edificio totalmente a oscuras cuando volví: subí por las escaleras alumbrándome con la linterna del teléfono. Tenía una cerveza en la nevera: la bebí mientras miraba las paredes de la otra torre alumbradas por una débil luz lunar. Me sentía acompañado por las conversaciones que tenía en avance en el WhatsApp. En un momento la pila del teléfono se acabó y yo sentí un vértigo inédito. Me dio taquicardia: hasta entonces no había podido medir mi adicción al corotico este. Terminé mi birra con la mayor dignidad posible y me acosté respirando pausada y profundamente por la nariz. El silencio aquella madrugada era de sangre fluyendo y sistema nervioso. No obstante noté un eco nuevo: un generador de corriente surtía de electricidad a un edificio vecino. Roncaba a lo lejos, como el zumbido de un mosquito eléctrico. Me dormí pensando que ya no se trataba de una forma individual ni colectiva la que generaba el pico de energía aquella noche: era mecánica.

 

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El recorrido que debo hacer desde mi casa hasta el colegio donde doy clases dura alrededor de dos horas de ida y dos de vuelta. Al principio me entretenía leyendo: más de una vez planeé la clase a bordo del colectivo. Pero a partir de un momento el viaje dejó de ser novedoso y se convirtió en una verdadera molestia: mi inquietud por llegar a destino fue cobrando el sonido martillado del motor del autobús.

El camino consta de varias partes: en principio el colectivo recorre unos 15 minutos por autopista, donde el bisbiseo es suave y blando; el resto del tiempo se descontrola sobre calles empedradas y frenazos continuos, entonces el ruido es de una irregularidad análoga a un derrumbe o a migas de concreto cayendo en el suelo. Hubo un tiempo en que me mareaba apenas me subía al autobús; también me empezó a doler la espalda. Si intentaba leer terminaba aturdido: debía esperar que el colectivo se detuviera para subrayar una línea. La lectura exige cierta parálisis: la mente se mueve, el cuerpo se mantiene estático. Todo lo que podía hacer era mirar por la ventana: poquito a poco me fui convirtiendo en una versión tragicómica de Paterson. Vi tiendas de outlet. Vi una estatua de Almafuerte. Vi pancartas colgadas de los postes en las esquinas con el hashtag #ELFRACASODEMACRI. Vi filas numerosas de gente esperando el colectivo.

Cuando llegaba a San Justo iniciaba otro tramo sobre la llamada Ruta 3: el colectivo se alejaba y se alejaba y cuando me tocaba bajarme todavía tenía que caminar unas 10 o 12 cuadras hacia dentro en el barrio antes de llegar al colegio. Durante ese trayecto los sonidos cambiaban: mientras en mi cabeza el taladro del colectivo empezaba a desvanecerse, una interpretación de gruñidos enfurecidos comenzaba a filtrárseme por los oídos. Los perros del conurbano: aquellos animales sabían antes que nadie que yo no era de allí. Había quien apartaba una cortina y asomaba un ojo para ver qué sucedía: me miraban pasar en silencio.

Hubo un tiempo en el que tuve problemas con algunos estudiantes. Recibí amenazas: “Cuidate en el camino, Venezuela”. Por suerte el asunto nunca fue tan serio y no pasó a mayores. Pero cometí el error de contarle a mis amigos, quienes respondieron bromeando con que una puñalada a traición iba a sorprenderme en medio de alguna de aquellas caminatas. Empezaro a llamarme Michelle, mis amigos, que son unos hijos de puta, aludiendo a aquel personaje de Michelle Pfeiffer en Dangerous Mind. Yo me lo tomaba con humor: por eso para desconocer el ladrido amenazador de aquellos perros, en mi mente activaba la melodía de aquel tema de Coolio que acompaña la película.

A veces llegaba temprano y los niños del turno de primaria no habían salido del colegio todavía: sus voces brillantes llenaban todo de una fosforescencia realmente desagradable. Ya sé que hay quien ama ese sonido: no es mi caso. De regreso debía hacer el mismo camino pero a la inversa y de noche: las luces en el conurbano, más bajas que en capital, pintan las aceras con una mugre amarilla. A esa hora no hay cielo sobre la Ruta 3: los postes enfilados crean en el horizonte el efecto de una carpa brillante. Un hollín plateado cubre toda la avenida. A veces cruza lentamente un auto con un trap a gran volumen: tiene los vidrios arriba y el bajo estremece la parada. Pienso en el carro que pasa despacito en Pedro Navaja.

Finalmente llega el colectivo y vamos de nuevo con el taladro. Todo lo que puedo hacer es mirar por la ventana. Una señora y una niña se sientan a mi lado. La niña está aprendiendo a contar: todavía no ha incorporado el 9. La madre la corrige pero la pequeña siempre comete la misma falta: del 8 salta al 10, del 18 al 20. Su vocecita termina por articular una canción monótona: veintisiete, veintiocho, treinta. Media hora después estoy loco y la escena empieza a darme risa. Pero el taladro es más fuerte.

Texto: Carlos Ávila.

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