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Organización, la miel comunal

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¿Alguna vez le picó una abeja? La primera aparece justo frente a sus ojos. El zumbido lo perturba por un momento, pero la calma es esencial a esta altura. Sigue unos pasos más por un camino ancho, pero desnivelado y rodeado de árboles; son las cinco de la tarde. De pronto, centenares de abejas dan vueltas alrededor de todo su cuerpo, buscando ansiosas un escondrijo por dónde meterse y atacar.

Ya en el medio del apiario (lugar donde se encuentran las colmenas), el zumbido parece estar amplificado por micrófonos. El ruido es constante y envuelve a cada uno de los apicultores (criadores de abejas). El trabajo no es fácil, hay que recorrer colmena por colmena, abrir cada una, extraer los panales que tienen miel y reponerlos con uno nuevo.

Todo eso, rodeados por un enjambre (conjunto de abejas). Son en total cuarenta colmenas, con entre veinte mil y sesenta mil abejas cada una. Saque usted la cuenta.

Minutos antes de entrar al apiario, dos mujeres y varios hombres se colocan sus respectivos trajes blancos, parecidos a los de los astronautas o a los que usan por estos días los médicos que tratan el ébola.

Sobre el piso, uno de los hombres puso unas maderitas, y está a punto de derramar gasolina sobre ellas.

—¡No, gasolina no! —dice Ligia Moreno— Le hace mal a las abejas.

Pero el hombre insiste.

—Si no puedes prenderlo sin gasolina, lo hago yo —propone la mujer.

Estas pequeñas fogatas se meten dentro de unos ahumadores de metal, que tienen una especie de acordeón que se aprieta para avivar el fuego. Al expulsar el humo por un pico, los insectos voladores que van saliendo de las colmenas se alejan.

Unas diez personas dan vida a esta Empresa de Propiedad Social (EPS), dedicada a la apicultura y vinculada al Consejo Comunal La Fe, en el caserío que lleva ese mismo nombre, ubicado en el municipio Anzoátegui, parroquia Juan de Mata Suárez, del estado Cojedes.

Ligia Moreno lleva más de diez años aprendiendo e involucrándose en el mundo apícola. “Después de dios y mi familia, las abejas para mí son lo mejor. Desde que empecé a trabajar con las abejas, y fui estudiando su comportamiento, me di cuenta de que son insectos muy importante para la vida, para la preservación de la especie humana”, explica.

La afirmación de Ligia se fundamenta en una frase dicha por Albert Einstein: “Si las abejas desaparecieran de la superficie del globo, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres”.

Es que las abejas son las principales encargadas de polinizar las flores, para que produzcan semillas y frutas; es decir, para que mantengan la vida sobre la tierra.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO) considera que de los 100 cultivos que proporcionan el 90% de los alimentos que consumen los humanos, 71 son polinizados por las abejas.

Pero la alarma está prendida, en el mundo cada vez hay menos de estos insectos, sobre todo por las fumigaciones agrícolas a gran escala.

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Detrás de una de las viviendas de este caserío se encuentra una pequeña carpintería. Tionilo Rodríguez es dueño de la casa y principal obrero del taller.

“Yo trabajo en la parte de la abejas y en la parte de carpintería. Yo construyo las cajas —lo que llaman ‘la alza’—, construyo los pisos, los techos, la entretapa y los marcos; todo lo que requiere la colmena para producir yo lo construyo aquí en la carpintería”, dice Rodríguez, mientras se quita los lentes protectores para secarse la transpiración mezclada con el aserrín.

Cada alza posee ocho o nueve marcos, en los que se coloca una plancha hecha con cera —fabricada por la propia abeja— y estampada por una máquina con dibujos hexagonales. Sobre ella, estos insectos van a ir construyendo las celdas donde depositarán la miel, el polen o sus crías.

Fabricar las colmenas ayuda a esta EPS a abaratar costos y a obtener ganancias, ya que las han vendido a otros productores apícolas. Hasta ahora, ése ha sido su único ingreso.

“Aspiramos adquirir un dinero, pero de la venta de la miel. Ese dinero se va a reunir y cada socio, cada trabajador, va a obtener un beneficio de ese dinero. El otro dinero va a quedar dentro de la empresa para tener un capital”, cuenta Tionilo.

Entre recortes de Apamate, aserrín, máquinas y cajas de madera, trabajan tres o cuatro hombres y al menos dos mujeres. Ellos hacen el trabajo más pesado; ellas pintan, miden o cortan tablitas.

“Todos metimos las manos en las cosas que se necesitan, tenemos una esperanza de que esto va a salir adelante”, asegura el carpintero.

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El proceso de recolección de miel termina en el Centro Apícola, proyecto ejecutado por el Consejo Comunal, mediante un crédito de 897 000 bolívares, financiado por el Consejo Federal de Gobierno. Al edificio sólo le resta establecer los servicios de agua y luz.

De noche, la electricidad se obtiene desde la calle y viaja por un cable hasta la sala de extracción. Allí, los apicultores desoperculan la miel; es decir, remueven los opérculos (capa de cera que cubre las celdas donde guardan la miel y las crías) con un cuchillo. Los pedazos de colmena que se desprenden parecen diamantes.

Luego, ponen los marcos de las colmenas dentro de una máquina centrífuga que, al girar a alta velocidad, despega la miel que poseen; la cual, como un chorro amarillo y espeso, baja por un caño hasta un tobo.

En estas tareas se mezclan manos femeninas y masculinas. “Aquí había un tabú. La mujer no podía trabajar con abejas, no trabajaba la parte apícola”, comenta Ligia Moreno. El prejuicio se debía al esfuerzo físico necesario, “ya que el trabajo apícola es un poco fuerte. Normalmente lo hacen sólo los hombres, pero nos hemos dado cuenta nosotras, las mujeres, que hay muchas cosas que también podemos hacer”, dice.

La miel no es el único producto que se obtiene. De las mismas colmenas también sacan polen, propóleo y jalea real para el consumo humano. En tanto que la cera (fabricada por las abejas para construir las celdas) es reutilizada para hacer las planchas para los nuevos marcos. Nada se tira.

El polen es producido por las plantas para la polinización. Las abejas lo utilizan como alimento para sus larvas (crías), ya que posee proteínas, aminoácidos, vitaminas y minerales. Por eso, es recomendado por su alto valor nutritivo. Suele tener aspecto granulado y tonos amarillos, naranjas, verdes y marrones claros.

En tanto que el propóleo es formado por las abejas con la resina de los árboles, y usado para sellar las grietas de la colmena. Es una sustancia pegajosa y de color marrón oscuro que tiene propiedades cicatrizantes, antibióticas y analgésicas.

La jalea real es el alimento creado por las abejas obreras para nutrir a la reina. Produce beneficios antioxidantes, antitumorales y energéticos. Es de color blancuzco y sabor ácido.

Los apicultores del Consejo Comunal La Fe saben que existen tres tipos de abejas dentro de una colmena:

La reina, las obreras y los zánganos. La reina, única en la colmena, es la encargada de poner los huevos, y sólo sale al exterior para ser fecundada o para formar una nueva colmena. Las obreras son las que realmente trabajan: limpian, fabrican alimentos, cera, miel y defienden —con sus aguijones— al colectivo. En tanto que los zánganos son los machos; su principal función es fecundar a la reina y, al hacerlo, mueren.

Según cuenta Ligia, quienes trabajan en esta EPS “antes no tenían un conocimiento apícola, ahora ya lo tienen. No sabían cómo hacer una colmena, un cajón, cómo tratar una colmena, cómo ir al apiario y cosechar. Hoy en día ya tienen ese conocimiento. Tienen un empleo y tienen un conocimiento también, que es lo más importante”.

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En el caserío La Fe prevalece el verde, verde árbol, verde pasto, verde mata. Pero en un rinconcito, a pocos metros de la calle principal, ese color se mezcla con el rosa, el blanco, el amarillo, el morado o el naranja. Si se mira desde arriba parece una paleta de pintor; una paleta ya explorada donde, en algunas partes, las tonalidades se mantienen vírgenes y, en otras, se mixturan atropelladamente.

Se trata del Vivero Mujeres de Fe, que también pertenece al Consejo Comunal. Ahí hay plantas ornamentales (decorativas), medicinales y forestales, como cayenas, rosas o corazón de hombre, colmillo de cuaima, moringa o malojillo, caracaro, samán o bucare. Tienen hojas alargadas, puntiagudas, redondeadas, pequeñas o más grandes; con flores de un solo color o de varios, o sin flor.

El lugar combina el aroma y la belleza de la naturaleza con el trabajo de ocho mujeres. Reina Jiménez cuenta que “a los hombres no les gusta porque lo hallan fuerte; invitamos a tres, y ésos no quisieron volver más. ‘¿De dónde tienen ustedes tanta fuerza?’, nos decían”.

Parece que el esfuerzo es poco si se compara con el beneficio. “Yo casi de la casa no salía, ahora tengo una ocupación. Esto me ha enseñado que una nunca puede depender nada más del esposo, de esperar en la casa a que le lleven; además, de ahí una aprende a hacer otras cosas”, reflexiona Reina.

Rosa siente algo parecido. Dice que antes del vivero ella “era ama de casa. Esto vino a ser como un trabajo, salir de la rutina del hogar, producir. Quizás en el hogar sentimos que no producimos porque sólo estamos para servir, para hacer el servicio de la casa, criar a nuestros hijos, ayudar a nuestro esposo, atenderlo. Para mí esta experiencia me vino a ser una persona productiva y ver que el trabajo de una vale”.

En tanto que los hombres, comenta Moreno, no se motivan a hacer tareas colectivas porque “han sido educados en que ellos tienen su trabajo, son conuqueros”.

Estas mujeres, además, trabajan con chamas y chamos de la escuela para que conozcan el mundo de las plantas. El pasado 14 de noviembre, un grupo de 25 estudiantes, acompañados por las maestras y también por las productoras del Vivero, plantaron 72 árboles en distintas áreas del pueblo.

—Fuimos pa’l Vivero, donde agarramos las matas, y de ahí nos fuimos rumbo al pozerón. Un grupo se quedó ahí a sembrar y otro grupo se fue pa’l centro apícola. Después sembramos unos árboles pa’ cuidar el ambiente. Sembramos el caracaro, araguaney y otras plantas más… y bucare y samán  —relata Esleiquer, de seis años.

—Para cuidar el ambiente tenemos que no cortar los árboles, porque el árbol da sombra y da aire puro —completa Andre, un año más grande.

—Y además dan frutos pa’ que uno pueda comer y sobrevivir —interrumpe Esleiquer.

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No muy lejos en espacio, pero tampoco cerca —si se tiene en cuenta las condiciones del camino—, se encuentra otro caserío: Chorrerón. El arroyo baja desde la cascada La Llovizna, un salto de agua de unos 200 metros que, antes de llegar al piso, choca contra una roca y cae en forma de lluvia.

El lugar, rodeado de matas enredadas, fuerte humedad, monos y abejas silvestres, fue homenajeado por ocho Consejos Comunales bautizando la Comuna Histórica Socialista La Llovizna.

Buenos Aires, Río Claro, Aminta Suarez, La Palma, Chorrerón, Aroita, El Cartán y La Fe son los Consejos Comunales que están pariendo/conformando la estructura de la Comuna.

Zuleidy Rodríguez es egresada de la Misión Sucre como Licenciada en Educación. Con 22 años es vocera del Consejo Comunal La Fe, promotora de la Comuna La Llovizna y maestra de la escuela del pueblo.

Todos los miércoles y viernes se reúne junto a otras personas para tratar las necesidades, problemáticas y fortalezas de las comunidades. “Compartimos como no tienen idea, todos juntos; es una maravilla estar allá”, dice.

Una de las debilidades de la zona es que Aminta Suárez, La Palma y Río Claro se encuentran dentro del territorio protegido por el Instituto Nacional de Parques (Inparques); lo cual, según sus habitantes, les cierra el acceso a proyectos.

Pero los problemas más comunes son la vialidad y el transporte. La carretera de La Fe está siendo arreglada de manera provisoria, mientras que el traslado de lo que se produce se realiza a carga de hombro, o con la ayuda de alguien que preste un jeep, o pagando un mototaxi.

La forma de resolver estas dificultades ha sido el trabajo en conjunto, como si de abejas de una misma colmena se tratara. “Las abejas son muy unidas, trabajan en unidad, ninguna trabaja por su lado. Y así como construyen las abejas, debe funcionar la Comuna y los Consejos Comunales. La abeja produce en pleno equipo y tiene una organización impresionante, esa organización la debe tener la Comuna, por encima de las debilidades”, asegura Ligia Moreno.

“Si las abejas producen miel, la Comuna tendría que producir organización, conocimiento, empleo, trabajo; desarrollar proyectos, cursos con las mujeres, los hombres. Que ya no sea solamente trabajar la agricultura, sino también la parte piscícola, la parte de casas de cultivo, la cría de animales”, expresa Ligia.

La noche cae sobre el caserío La Fe. A los apicultores les restan todavía largas jornadas de trabajo. José Arrazábal Ramos, vocero del Consejo Comunal y promotor de La Llovizna recita unas palabras para los y las visitantes:

“Estoy contento con ustedes, se los digo de verdad / Porque aquí, al Centro Apícola, nos vinieron a ayudar / Cuando salga a la calle, voy a comer una empanada / Y les digo con experiencia: “Seremos Comuna o nada’ ”.

Texto: Laura Farina.

Fotos: José Antonio Rivas.

Publicada originalmente por el Ministerio para las Comunas, en enero de 2015.

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