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Oliver Garzón: de la muerte prometida al renacer Chávez

Era diciembre del año 2001. Todo el mundo pasaba a su lado, con el ánimo festivo propio de los finales de año. Todo el mundo en pareja, con hijos, comiendo bien, celebrando, bien vestidos. “Yo veía a todo el mundo así, y yo me sentía solo”, recuerda Óliver Garzón, catorce años después. Nadie lo veía, nadie notaba su presencia, o se hacían lxs locxs. Eso o le huían, como le huyen a cada persona en situación de calle. El miedo sobre la empatía.

Hubo un momento que en la noche ya yo estaba pensando, ya de tanto consumir, me puse a llorar y gritaba”. Así describe los últimos momentos, los más graves quizá, los de la desesperación final en la que todo se define: luchar por última vez o resignarse, entregarse definitivamente.

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Pero él, mientras lloraba, pedía ayuda a un Dios que nunca conoció realmente, pero que de seguro escuchaba en boca de otrxs, en las calles que al oscurecer le auguraban una muerte temprana, la que corresponde a jíbarxs, adictxs y demás personas que deambulan cuando no hay nadie viendo, o casi nadie.

Comenzó a ayudarse a sí mismo, paradójicamente, firmando su sentencia de muerte: “Y agarré toda la droga que tenía, no sólo la mía, y la tiré en el piso, la pisé”. Con esa acción decía a gritos: “¡Quiero salir de este vicio!”. Pero además declaraba su disposición a arriesgar hasta el final por esa curación. Cuando los dueños de la droga supieran que no la vendió, que la dañó, no lo iban a dejar pasar liso. Se durmió con la conciencia de lo peor, pero con la tranquilidad de haber tomado una decisión.

***

Amanece nublado, hace frío. El silencio mañanero del 2 de enero es interrumpido lánguidamente por una hilera de carros oficiales. Caravana, le llaman. El recorrido, aún en sus inicios, es detenido de golpe por la voz de mando: “Párate aquí, párate aquí”. Son los bloques de El Silencio, en la zona central de Caracas.

El hombre se baja del carro, y el resto le sigue el paso. “Nicolás, ¿tú sabes lo que está ahí abajo?”, dice señalando unos cartones superpuestos en el suelo, pegados a la Santamaría de uno de los negocios. “Eso que está ahí es un ser humano”, continúa. “¿Cómo es posible que ahí haya un ser humano, y nosotros veamos eso y le pasemos por encima?”.

La voz del comandante Chávez, hecha regaño hasta con él mismo, no pierde el tono amoroso, explicativo. De entre los cartones, dos hombres salen, aún tímidos. Uno de ellos reconoce al visitante de inmediato. “Presidente”, alcanza a decir aún desencajado, con la mirada un poco perdida, ese chamo que luego sabremos que tenía sólo 17 años, a pesar de los que suma la calle a los rostros.

Se levanta y se acerca a Chávez, que lo saluda, lo abraza. Intercambian palabras por un rato, el presidente con su tacita de peltre, llena de café. Recostados en una de las columnas hablan. Uno pidiendo ayuda, contando los pesares, las decisiones malas, tal vez alguna buena. “Yo no quiero una casa, porque no me siento preparado, porque la puedo vender pa consumir drogas”, recuerda haber dicho. Sólo pedía recuperar (o tener por vez primera) su vida, su dignidad, la esperanza de un futuro, una familia, un hogar, y ser visto por el resto como una persona. El otro, dispuesto, se compromete, ofrece apoyo, aconseja. Es un padre. Oliver sabía quién era el Presidente, dice, pero jamás imaginó que lo abrazaría. “¿Cómo yo estaba? Todo sucio, pelúo, hasta a pata olía. Y él me abrazó, hasta me dio café de su taza”.

Tras poco más de un mes en un hotel, resguardado mientras se hacían los papeleos y trámites necesarios, Oliver Garzón es enviado a Cuba para la rehabilitación, para desintoxicarlo, y además para protegerlo: su cabeza tiene precio, no lo olvidemos. Luego sabría que, en efecto, lo llegaron a buscar para matarlo.

***

Más de año y medio después, ya limpio, Oliver se encuentra en Caracas nuevamente. Desorientado, sin familia ni amigxs, el destino lo llevó otra vez a las malas decisiones, al consumo, al malandreo.

Para su fortuna, así lo recuerda, hace cuatro años conoció a la que hoy día es su esposa, y que se convertiría en soporte fundamental para levantarse de nuevo y construirse un camino diferente. Así, de a poco, se fue recuperando, dejando el pasado atrás.

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Para ese entonces, en Maracay, andaba robando, vendiendo drogas de nuevo, aunque no las consumía. “Pero era una vaina que me di cuenta que le estaba haciendo daño a las demás personas y, ¿yo me levanté con el objetivo de destruir a los demás? Yo creo que no es así”. Se hizo consciente de que estaba haciendo lo mismo que le habían hecho a él antes.

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A la edad en que muchos niños lloran por ir a un parque, o piden incesantes un perro, o andan manejando bicicleta, ya Oliver había probado su primera dosis de drogas. Alega maltrato, rechazo de sus padres, algo que no aguantó por mucho tiempo y abandonó la casa.

Me empecé a juntar con hampa. Ellos, como yo era el más chiquitico me traían pa’llá, pa’cá, me vestían, me compraban zapatos, ropa, me aconsejaban. Me decían que si me veían consumiendo drogas me iban a joder, me iban a matar, me iban a partir la cabeza, pero eso era mentira. Aunque me aconsejaban para bien, hasta me pusieron a estudiar. Pero me los fueron matando y ahí fue cuando yo agarré el consumo por depresión. Tendría unos siete años ya”.

Hacer lo que hizo Chávez por mí

Te digo que de repente estuviera muerto, porque pa esos tiempos, cuando Chávez no estaba, lo que estaba era la Ley de Vagos y Maleantes, y esa gente no quería bien para nadie, nunca querían ofrecerle estudio a la gente. Mientras uno fuera analfabeta, para ellos era mejor, para mantenerlo a uno esclavizado”.

El pasado año 2014, a finales, conoció a parte del equipo del Plan Jóvenes del Barrio, que impulsa el Ministerio del Poder Popular para las Comunas. Ahí le dieron empleo, pero sobre todo, la oportunidad de ayudar a otros como él, para evitar que sigan sus pasos, a través del deporte, la organización comunitaria, el trabajo.

Pero además tiene una propuesta específica, en la que cree con fuerza: una clínica de rehabilitación, buscando emular un poco aquella en la que pasó tanto tiempo, en La Habana. Ya tienen visto el espacio, que actualmente está abandonado. “Lo vamos a rescatar para algo productivo”.

No sólo sería el proceso de desintoxicación, que se realizaría en la clínica, sino enfocarse en la formación para el trabajo, y el esparcimiento: el proyecto incluye canchas deportivas y talleres: carpintería, panadería, cosas productivas.

Yo creo que el comandante Chávez, si él partió, el deber de nosotros es terminar lo que él dejó. Por lo menos, él a mí me dejó un legado. ¿Cuál es mi legado? Ayudar a esas personas que estuvieran como yo. Me levanto con el fin, la voluntad, de darle a demostrar a las personas que sí se puede salir adelante”.

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Texto: Juan Sebastian Ibarra. Contacto: @juansibarra.

Fotos: Gustavo Lagarde.

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