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Odio al Comandante

Destruir políticamente a Hugo Chávez es un objetivo ambicioso que demandaría, si se usa para ello una teleserie, un esfuerzo serio y de calidad. La tira “El Comandante”, que comenzó a transmitirse en febrero, no parece ser el caso, sostiene Hugo Muleiro, en Buenos Aires. Golpes bajos propios de los peores culebrones y producción y lenguajes forzados le quitan seriedad a la serie.

La producción televisiva internacional “El Comandante”, estrenada a comienzos de febrero de 2017 y que transmite el canal estadounidense TNT, trae la muy previsible dosis de odio y desprecio hacia el ex presidente venezolano Hugo Chávez.

No hay sorpresa alguna: la sola enumeración de las empresas y grupos participantes, asociados y aliados, permitía anticipar de qué iba la serie y cuáles serían sus definiciones y contenidos. La realización es un eslabón más en la ya muy extendida producción de la industria televisiva dedicada a desprestigiar a gobiernos populares y a denostar y hundir a sus líderes. Chávez es, en este sistema, un objetivo atacado hace ya muchos años.

El autor de la historia es el escritor venezolano Moisés Naim. Estrella mimada de grandes grupos multimediáticos, Naim fue ministro de Carlos Andrés Pérez, el único presidente venezolano destituido por corrupto y gran exponente de un sistema cuyo agotamiento total está entre las causas que permitieron el surgimiento del “fenómeno” Chávez. Premiado y aplaudido por la industria editorial, Naim es por ejemplo convocado al Foro Económico de Davos.

En sus notas “periodísticas”, Naim apenas disimula su idolatría por Álvaro Uribe, el ex presidente ultraderechista, acusado de complicidad con los carteles narcoterroristas. Viejo promotor de la desestabilización de Venezuela, Uribe le devuelve simpatías en público, dándole publicidad a libros y artículos.

La producción es firmada por la multinacional Sony. Rodada íntegramente en Colombia –tanto así que no se ven escenas en la que el espectador pueda encontrar algo que identifique o se parezca a Caracas u otros puntos de Venezuela-, la realización va por cuenta de Teleset, de ese país.

La sociedad es estrecha con el Grupo RCN, que controla la señal internacional NTN24. Fue el canal abierto de RCN en Colombia el que estrenó en adelanto mundial “El Comandante”, un día antes de la transmisión internacional. Le fue pésimo: la audiencia fue prácticamente indiferente y privilegió las entregas de Caracol, incluyendo las telenovelas centradas en mujeres con mucho o poco busto.

Los socios y grupos amigos de los productores de la serie contra Chávez muestran un ADN ideológico que no tiene fallos. Los canales del Grupo Clarín TN y 13, están entre ellos en Argentina, así como Globovisión en Venezuela, Globo en Brasil, Televisa en México, todas empresas que se caracterizan por el combate furioso a los gobiernos populares propios y ajenos y que no son tímidas para manipular informaciones e historia, y para usar la ficción a fin de apuntalar sus proyectos de poder.

Los ejemplos son claros. México tiene a Peña Nieto construido por Televisa. Brasil padece un régimen golpista que sin Globo jamás podría haber destituido a Dilma Rousseff. Globovisión fue partícipe crucial del intento de golpe contra Chávez en 2002 y es experta en terrorismo mediático. Y en Argentina, el Grupo Clarín es el sostén principal del presidente derechista Mauricio Macri, ocultando sus actos de corrupción y el aumento de la pobreza y el desempleo.

En Estados Unidos, el socio de RCN y emisor de “El Comandante” es Telemundo, de viajas andanzas políticas antilatinoamericanas. Los televidentes pueden dar testimonio: Telemundo realizó la serie “El Señor de los Cielos”, en la cual Venezuela aparece dándole a las organizaciones criminales mexicanas más dinero que cualquier otro país del mundo. En efecto, en esta historia, los gobiernos, policías y militares colombianos al servicio del narcotráfico, los paramilitares y las mismísimas FARC no son nada en comparación con los odiados bolivarianos. Y no era un mensaje insinuado: en la serie, el embajador venezolano en México sufría por “la corrupción en Caracas” teniendo a sus espaldas un cuadro de Chávez.

De estos recursos de baja calidad y de golpes bajos de similar calaña se nutrieron los primeros capítulos de “El Comandante”. Rumbo a tomar el poder en un autobús, Chávez le menciona el legado de Bolívar a un soldado raso, pero a la vez se le ríe en la cara por su pedido de unos días de licencia porque va a ser papá. Luego, en los tiroteos, este soldadito morirá baleado pero, antes de expirar, tendrá tiempo para preguntar “dónde está Bolívar ahora”, con la cámara paseándose por su sangre y las consabidas notas de violín detrás. Seguirá la escena en que su mujer da a luz y, al reclamar la presencia del esposo, se le dirá que murió al servicio del Comandante.

Durante esos combates, Chávez es presentado la mayor parte del tiempo mirándolos por binoculares, desde una ventana. Cuando los suyos van cayendo, un ayudante le pregunta qué hará para que no se sigan perdiendo vidas. El líder, que es el demonio en persona, apenas si se inmuta.

Y así. Caído en prisión, un superior le reclama al coronel que entregue el uniforme. El sublevado se niega con toda energía, dice con voz grave que no lo hará, por sus convicciones, por Bolívar. El superior insiste levantando apenas la voz y la imagen siguiente mostrará la chaqueta arrojada al piso, junto a la boina roja. Ese es el valor que los guionistas quieren dar a las convicciones de Chávez.

El rol principal está a cargo del actor colombiano Andrés Parra. Solo los colombianos pueden decir cuánto logró expresar la fisonomía, los tonos y los modos de Pablo Escobar Gaviria, el trabajo anterior por el que fue muy elogiado. Lo seguro y evidente es que con Chávez no alcanza credibilidad siquiera discreta. Tanto que la dirección, en un momento crucial de la historia, cuando el coronel resigna planes y le dice a los suyos y al país que depone el alzamiento, debió mezclar recursos: junto con la escena de la ficción incluyó tramos de la filmación real de aquel hecho histórico. El contraste en la fisonomía, la voz y los modos es virulento y pone a la serie “El Comandante” por debajo de los estándares de calidad de los culebrones colombianos y mexicanos más comunes.

El esfuerzo de los realizadores para dar con el lenguaje y el tono venezolano radica en que no hay personaje que no repita, hasta el hartazgo, “vaina”, “chico” y “vale”. Y con eso ya estamos.

Es llamativa la mediocridad del producto, dada la magnitud de su objetivo político: demoler a un líder popular, con millones de seguidores en toda la región, objetivo que es evidente en un discurso pensado para que los chavistas cambien de opinión. Parece que la “magia de la televisión”, al menos esta vez, será por completo insuficiente.

Texto: Hugo Muleiro. Escritor y periodista, presidente de Comunicadores de la Argentina (COMUNA)

*Esta nota fue publicada en su primera versión en la revista La Tecla Eñe, de Buenos Aires

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