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Obama en Argentina: recuperando un satélite

Barack Obama pasó por Argentina con la liviandad que le permite ser presidente con pocos meses de gestión por completar, con casi nada por decidir y con la comodidad política que le ofreció su par argentino, el empresario derechista Mauricio Macri, quien se esmeró en dar señales de que se propone retrotraer al país a la posición de satélite obediente y promotor de los intereses y posturas estadounidenses y, más específicamente, de sus corporaciones.

Claro que en tren de elegir Macri tiene desarrollados más vínculos con los halcones ultraderechistas del norte, incluyendo a Donald Trump, con quienes está más cómodo respecto de los demócratas y su cháchara sobre los derechos humanos y civiles. Sin embargo, la presencia del jefe saliente de la Casa Blanca le dio múltiples oportunidades para mostrarse aggiornado, aunque sin disimular el propósito de apartar rápidamente al país del camino que lo unía con gobiernos latinoamericanos “díscolos”.

Después de todo, Macri es exponente de esa camada de políticos surgidos de laboratorios que les enseñaron a decir “derechos humanos” y “pobreza” y a incluir esos términos en una oración más o menos coherente, sin padecer náuseas. Obama es carismático, seduce a sus auditorios, sabe usar sus gesticulaciones y pausas, pero no alcanza para que nadie que tenga una pizca de honestidad intelectual pueda creerle cuando habla de paz, progreso y respeto a la vida mientras sus aviones descargan bombas en varios países a la vez y sus empresas de seguridad torturan y destrozan cuerpos, echando a perder territorios y millones de vidas “colaterales”.

Se firmaron durante la visita los consabidos acuerdos en “seguridad” y “lucha contra el crimen”, si bien la cancillería a cargo de Susana Malcorra, acusada de encubrir abusos de niñas y niños cometidos por tropas de la ONU en la República Centroafricana mientras estaba a cargo del gabinete de la secretaría general, se mantenía sin informar sobre los convenios, más allá de proporcionar sus títulos y propósitos generales.

De todos modos tal vez no haya mucho por encontrar allí. Obama está en retirada y la campaña política hacia las elecciones de noviembre lo pondrán en segundo, si no en tercer plano, pero en tanto vino a aplaudir a Macri que, en sus primeros días de gestión, habló a nombre de los halcones en la cumbre del Mercosur con un ataque directo a Venezuela.

Ahora, en Buenos Aires, volvió a cumplir con su papel: fue más duro que su visitante, incluso, al momento de inmiscuirse en el modelo político vigente en Cuba, exigiéndole libertades que él ya dio muestras de no respetar en Argentina. El momento políticamente más brutal fue en declaraciones ante la prensa que dio junto con Obama, en la Casa de Gobierno, el miércoles 23, cuando le negó respaldo al gobierno constitucional de Dilma Rousseff, pues expresó que espera que la “crisis” en Brasil se resuelva rápido, mediante los mecanismos institucionales.

La derecha continental y sus medios de comunicación –que es decir buena parte de los existentes- dio ese nombre a las sucesivas maniobras de manipulación de la policía, la justicia y el Congreso para derrocar a Rousseff e impedir que Luiz Lula da Silva sea candidato a la presidencia en 2018.

Obama no necesitó agregar nada, Macri dijo todo cuanto él deseaba. Ya se sabe que su aparato diplomático y de inteligencia espió a Dilma y que las corporaciones petroleras están al acecho, haciendo todo lo posible para que un nuevo gobierno brasileño cambie bruscamente las reglas de juego y haga que el Estado se olvide de la impronta de soberanía instituida por el PT: esperan clavar sus garras en las formidables reservas petroleras halladas en el Atlántico, en aguas jurisdiccionales, la llamada “capa pre-sal”, dotada de petróleo liviano, es decir el que da ganancias mayores.

Por lo demás, la élite gobernante en Argentina, colonizada política y culturalmente pusilánime, se deshizo en pleitesías hacia Obama y su familia, con la maquinaria comunicacional que controla haciendo el trabajo de contagiar a toda la población.

La vestimenta de Obama, la de su mujer Michelle, la de sus niñas; las comidas que consumieron; los vehículos en los que viajaron; dónde cargó combustible el vehículo principal; los regalos que se hicieron entre las comitivas; el reloj de Obama; cómo y cuánto bailó el tango Obama; dónde estuvieron sus hijas mientras él “trabajaba”; a qué restaurante fueron llevadas, cuánto gastaron, cuánto dejaron como gentileza al personal; fueron temas que saturaron páginas de diarios y revistas, espacios de radio y televisión.

También los gestos, los vestidos, el maquillaje, la cartera, los zapatos de la esposa de Macri, arquetípico producto oligárquico por donde se la mire, tanto que está acusada de servirse de regímenes de semi esclavitud en talleres textiles clandestinos que son usados para su negocio de indumentaria.

Mientras todo ello caía como lluvia ácida, millones de argentinos se preparaban para conmemorar el cuadragésimo aniversario del golpe cívico-militar de 1976, que implantó el Terrorismo de Estado con apoyo expreso de Estados Unidos, en el plano político y en el entrenamiento a los militares criollos para que mejoraran sus tácticas represivas y aprendieran a aplicar torturas, en qué partes de los cuerpos, durante cuánto tiempo, para causar más dolor.

Ante la única pregunta relativamente profunda que ambos presidentes recibieron en un encuentro con periodistas, mal llamado conferencia de prensa, Obama se deslizó por una oprobiosa manipulación de la historia para no reconocer responsabilidades de su país en la instalación y permanencia de los regímenes criminales del Cono Sur.

En efecto, justificó el apoyo en que en esa época, dijo, la promoción de los derechos humanos tenía tanta relevancia como la “lucha contra el comunismo”, en clave de Guerra Fría, negando el hecho incontrastable de que esa “lucha” fue la coartada para las dictaduras cívico-militares que asesinaron y restringieron todas las libertades con la única finalidad de favorecer la transferencia de la riqueza a las burguesías nacionales y a las corporaciones multinacionales.

Una política con esos mismos fines es la que Macri puso en marcha desde que asumió en diciembre de 2015. Como las derechas aprenden siempre más rápido que las izquierdas, pueden ahora ofrecer un presidente estadounidense que habla de libertades y paz y uno argentino que se aprendió unas frases del discurso humanitario, mientras en la práctica desarticula las políticas de Estado de Memoria, Verdad y Justicia que estaban en vigencia en el país.

Texto: Hugo Muleiro. Escritor y periodista. Presidente de Comunicadores de la Argentina (COMUNA)

Foto: Patria Grande

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