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“No vamos a darle pelea fácil a nadie”. Crónica campesina junto al río Chama

Desde su Cuenca Alta empieza la historia. En sus orillas, habitadas de lenguas indígenas, hoy vaporosas y apagadas, hubo entierros primarios y manos formando cerámicas. Más abajo, en los valles laterales donde crece abundante el plátano -oro verde-, sigue el río Chama.

A la altura de las poblaciones de La Fortuna, Paraíso, Francisco Javier Pulgar y El Chivo, solo su cauce separa a sus habitantes de las tierras fecundas que están al otro lado del río. Dar la vuelta desde esos centros poblados hasta aquellos predios es, aún ahora, impensable, por distancias. El río es el camino directo.

No tenían casa, no tenían tierras para trabajar. Algo escucharon sobre ese otro lado, algo sobre tierras buenas que se estaban perdiendo llenas de barzales de orumo, cedro y roble. Decidieron atravesar las aguas y ver. Era diciembre del año 2013.

“El primer día pasamos seis personas. Los que estaban cuidando este espacio nos lanzaron bombas lacrimógenas. ‘Se van de aquí, estas tierras son de nosotros’, estaban enmascarados. Al siguiente día reunimos a un grupo de personas de la comunidad para saber quiénes tenían casos graves de pobreza o vivienda y que estuvieran de acuerdo con venir a trabajar las tierras, y tomar la decisión de pasarnos a este lado y conformar campamentos. Armamos grupos de personas de 50, 80 y 100, dormíamos en el muro de contención del río. Tirábamos plásticos y dormíamos en el suelo, pendientes de las culebras, de conseguir agua, de montar guardias por turno de cinco o seis personas. Nos tumbaban los campamentos y volvíamos a levantarlos. Fue un trabajo duro y que se dio poco a poco, hasta que un día decidimos tumbar esa montaña a fuerza de machete y hacha. Solicitamos un permiso con la Guardia Nacional para poder hacer algunas quemas, mientras nos seguíamos organizando”, así empieza Juan Castillo esta historia.

El caso de la hacienda Bicentenaria, en el Sur del Lago, estado Zulia, es por hoy, uno de los más emblemáticos de la lucha campesina por recuperar y trabajar las tierras cuando el latifundio y el “rescate” estadal no fueron alternativas para el pueblo.

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Roberto González era el terrateniente que tenía en su poder las 776 hectáreas de la hacienda. Se hizo pasar por un pequeño productor y solicitaba préstamos al Estado que nunca pagaba. “Tenemos copias de los cheques de esos préstamos. Cuando empezaron a averiguar descubrieron que él tenía, nada más por esta zona, más de mil hectáreas y otros fundos en el estado Zulia. Contrataba a personas indocumentadas para darles un sueldo miserable, no pagaba prestaciones sociales; si los trabajadores se enfermaban él no los dejaba ir a hospitales, les daba alguna medicina dentro de este mismo lugar”. Cuenta Lili, una de las voceras campesinas.

Una vez que el Estado expropió esta finca, considerada “modelo” por su capacidad de producción, pasó a ser la Planta Procesadora de Plátano “Argelia Laya”. Bajo administración estadal duró aproximadamente cuatro años, hasta ese diciembre del 2013 en que lxs campesinxs decidieron iniciar la recuperación del espacio que por entonces, cuentan, estaba casi abandonado.

“Hicimos una balsa y todos los días cruzábamos el río. Llegamos con disposición de conversar con las autoridades de la Planta Argelia Laya. Les decíamos que lo que necesitábamos era un pedazo de tierra baldía para trabajar. Entonces buscamos asesoría en nuestras comunidades con personas que tuvieran conocimientos de las leyes. Nos dijeron que debíamos conformarnos en cooperativas, para hablar directamente con la directiva de la Planta. La directiva nos hizo firmar un papel de que ellos no se meterían con nosotros y nos dejarían permanecer en el muro de contención hasta que pudiéramos entrar, pero después de ese acuerdo nos enviaron a la Guardia Nacional y la policía”. Recuerda Marbellis Urdaneta.

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La toma

A Vitalia Ramírez le dicen “La Abuela”. Es la primera que se levanta, casi de madrugada, a hacer el café. Habla un maracucho rajao y rápido. No ha dicho la primera cosa cuando ya todos se están riendo. Tiene el cabello liso y canoso y una manos fuertes que se agarra y cuenta: “Para mí fue muy duro. Pasando el río lloraba. Nos hacían correr. Una vez hasta nos lanzaron tiros, y del susto no sé ni para dónde agarré, pero me decía ‘yo tengo que aparecer viva’. Entonces me encontré sola para pasar el río que estaba crecido, no sabía qué hacer, y llegó uno de los compañeros y me dijo ‘qué hacéis, abuela, no tengáis miedo, no te vais a ahogar, ¿para dónde vas?’ le dije, ‘yo voy pa las tierras, yo no voy pa atrás, no importa, si nos van a matar que nos maten a todos’. Ahí salieron cinco compañeros más que me dieron valor, corrimos y hasta me encaramé arriba de un mamarro guayacán. Cuando llegamos nos encontramos con más compañeros, nos dijeron que por ahí estaban los hombres encapuchados. Supimos que teníamos que estar juntos. Me abraqué junto a un compañero y una compañera y caminamos. Nos encontramos con la Guardia, la policía. Nos decían que no podíamos estar ahí. Me les paré enfrente y les dije ‘Mucho nervio tengo, pero me criaron para confrontar lo que sea”. Ese fue el día que hicieron la toma definitiva. Era abril del 2014.

Ya eran 300 familias. Cuando por fin entraron estuvieron tres meses durmiendo en galpones rodeados de monte. Estaban sin luz, sin agua, dormían en hamacas, muchos a la intemperie. Armaban nuevas guardias. Lili tenía una cesta de meter plátanos que utilizaba como gaveta, ahí guardaba la ropa y una licuadora para hacerle la comida a su hija que apenas tenía un año y estaba purulenta de tantas picaduras de las noches junto al río. Y si bien no era un escenario de comodidades, vivir así, en medio de aquello, tenía menos de tristeza y mucho de esa esperanza verde que narra José María Arguedas, esa victoria como laguna honda, donde respiran las tierras que esperan ser cosechadas.

Cien personas por guardia. Llegaban los encapuchados, corrían y volvían a sus guardias. Empezaron a armar tres cooperativas y un frente campesino. Por fin, tres meses después de la toma estaban listas las actas constitutivas, buscaron un topógrafo para que midiera y definiera los linderos y empezar a dividir equitativamente las tierras por familia. Empezaron a ubicarse y a trabajar para poner a producir las tierras. Los empleados de la Argelia Laya se empezaron a ir aunque los invitaron a quedarse. “No quisieron sumarse con nosotros a la lucha, querían vivir de cortar el plátano y ya. Les dijimos ‘o trabajan o se van’, y se fueron. Después se dieron cuenta y se empezaron a organizar en unas tierras que están cerca”.

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Llegó julio del 2015. A una noche de ese mes le llaman “el desastre”. Cuando los empleados se fueron quedaron máquinas y tractores de la Compañía Pedro Camejo. Una noche, después de la jornada de trabajo, cuando estaban reunidos afuera de las casas, hablando, entró un camión con una docena de hombres armados. Los golpearon y encerraron. Todo duró cuatro horas. Los apuntaron y ‘cabeza abajo’. Del miedo se orinaron y vomitaron. Les decían que los iban a matar. ¿Todo esto por qué? Fueron a robarse uno de los tractores, justo uno que estaba espichado.

“Pero seguimos adelante. Todo tuvimos que hacerlo desde cero. Todo lo que ves aquí ha sido trabajo nuestro. Hemos vendido tortas, quesillos, sembramos por partes para poder levantar poco a poco las tierras. Fuimos a las instituciones para pedir ayuda para obtener los agroinsumos más baratos, porque con la guerra económica actual un producto de Bs. F 340 lo venden en 30 mil. Pero no tenemos el apoyo, ¿qué necesitamos? Que nos den un título de regularización de las tierras, hasta que no tengamos documentos las instituciones nos van a seguir respondiendo que no nos pueden ayudar porque figuramos como invasores, ocupantes ilegales. Necesitamos que nos regularicen, queremos trabajar.”

Encrucijadas y horizontes

Les han dicho que algunos grupos de la Guardia Nacional quieren tomar esas tierras. Para Johana Urdaneta la razón es sencilla, la falta de acercamiento a las experiencias vivas del pueblo han hecho desconocer, incluyendo a sectores de la alta dirigencia política, que muchas luchas campesinas señaladas como invasiones vienen de un acumulado organizativo, de una toma colectiva de conciencia. “Mucha gente cree que nosotros fuimos puestos aquí de la nada, que cortamos plátanos y vivimos como los reyes, pero nadie sabe todo lo que hemos sufrido y luchado. Si traíamos cinco arepas con ellas comíamos todos, un pedacito pa cada uno, si se traía arroz lo mismo, hacíamos ollones de sopa para que rindiera, hacíamos el café con el agua del río, cocinábamos la yuca sin agua, lanzada directamente a la leña”.

Y no es solo la Guardia Nacional o el terrateniente, también un ex alcalde de El Chivo amenazó a una de las voceras, a otra le ofreció una casa para que desistiera junto a su familia. “Nos han ofrecido dinero para que entreguemos todos los documentos que armamos, las actas constitutivas de nuestras cooperativas, los registros de información fiscal, los documentos que fuimos consiguiendo relacionados al defalco de la Argelia Laya. Pero no, porque gracias a toda esa información que hemos ido recopilando logramos que el Tribunal Supremo Agrario nos diera un rescate de tierras a nuestro favor. ¿Qué es lo que ellos querían? Que entregáramos todo, tirar la toalla, vendernos, ser desleales a la lucha de todas estas familias”, dice la profe Lianela Chourio.

Ante todo el asedio no dejan de proyectar. Su propósito es poner el plátano 100% en calidad para exportarlo. Ya han llegado varias empresas, mixtas y privadas, a ofrecerles algo similar, pero están clarxs que no participarían de ninguna toma de decisiones: “Queremos dejar de trabajar con intermediarios que son los que aumentan el precio del producto al consumidor y son quienes ganan más sin hacer prácticamente nada. Ellos llegaron aquí pensando que se iban a conseguir a un poco de ignorantes”. Otra parte de la producción la venderán a las comunidades cercanas y el plátano tipo C lo donarán a instituciones que lo necesiten.

Son 776 hectáreas, divididas de manera que cada familia trabaje cada pedazo. Esto garantiza que si usted tiene ese pedazo, usted lo tiene que mantener, así cada familia da la cara por la tierra ante el colectivo, y quien no lo haga debe ceder a una nueva familia que la necesite y quiera trabajar. Dicen que eso no significa que no exista ayuda entre unos y otros, si alguna familia necesita una mano o alguna herramienta, semillas, insumos, bomba de fumigación, machetes, otras familias están ahí para aportar.

“Las personas que dudan de todo esto que vengan, que conozcan nuestro trabajo. Ahí está la oposición en la Asamblea Nacional jodiendo, diciendo que aquí no producimos ni un solo plátano. Antes de juzgarnos que vengan”. Ahí lo vimos. Salen camiones cargados. Sacan 60 toneladas diarias de plátanos, en plena sequía, sin fácil acceso a los agroinsumos, sin prácticamente ningún otro apoyo que sus manos para trabajar. “Y ¿qué dice la oposición? Que no producimos ni un culo de plátano. Hasta en la arena y con verano sembramos yuca y maíz para el consumo familiar, cambur, parchitas, auyama. Nos beneficiamos nosotros, pero también las personas de las comunidades cercanas que vienen a trabajar.”

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Hay 220 niñxs, más de treinta con algún tipo de discapacidad, ochenta ancianos. Más del 60% de esxs campesinxs no tienen otra cosa que el fruto de esa lucha. Saben que hay una situación económica difícil en todo en el país: “Y sin embargo, aquí podemos decir que tenemos qué comer, aunque tengamos muchos obstáculos, aquí estamos las y los campesinos y vamos a seguir luchando, no vamos a desistir ni a darle la pelea fácil a nadie. Aquí el que llegue va a tener que enfrentarse a más de seiscientas personas, aquí van a tener gente con la que guerrear para sacarnos”.

Hacia el final de esta conversa, con la noche alta y caliente, les preguntamos cómo estas experiencias transformaron su cotidianidad. Primero nos preguntaron si nos gustaría comer arepa con iguana en el desayuno y luego contestaron, siempre mujeres, siempre las compañeras avanzando rápido:

—Toda esta experiencia nos ha dado un cambio de vida, de actitud. Aprendimos que lo importante no es trabajar por trabajar, sino apoyarnos en colectivo, salir del aislamiento. —Habla tú.

— Bueno, yo no tenía casa. Nada. Con todo lo que fuimos haciendo pasamos de vivir dentro de un saco en un galpón a hacer nuestros ranchitos. Tenemos dos hectáreas para sembrar, para asegurar que nuestros hijos vayan a estudiar.

Johana dice: “Lo logramos porque siempre nos favoreció el río”.

Texto: Katherine Castrillo/ Contacto: @ktikok

Fotografías: Luis Miguel Hernández/ Contacto: @FotodgraficoLM

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