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“No somos muebles viejos”. Abuelos activos en la agricultura urbana

Julia llegó sola. Estaba sin casa, sin dinero, sin familia. ¿Cómo pasó? Apenas unos años atrás había tenido un matrimonio que le dio acceso a privilegios económicos, y hasta viajó por el mundo, cuenta. “Un día decidimos separarnos. Yo tenía una inversión a plazos fijos, con eso vivía tranquila mi vejez”. Y empezó todo. Primero murió su única hermana. No había pasado un año cuando murió su madre. Y no terminaba: “Mi único hijo me hizo firmar un papel y yo confié”. Ese papel era un poder para acceder a todos los bienes de Julia. Le quitó todo. “Desde ese día se fue y nunca más lo volví a ver”.

La situación le produjo un accidente cerebro vascular hemorrágico. Lo sobrevivió pero no tenía dónde vivir, ni cómo, y aunque buenos amigos le decían que se quedara en sus casas, para ella no era lo mismo. “Así que vine hasta acá por mi cuenta”. Con poco más de sesenta años, Julia Finol llegó sola. Tocó la puerta del geriátrico Joaquín Esteban Parra, en Maracaibo, pidió ser recibida, y desde ese momento permanece como residente.

Fue en este centro del Instituto Nacional de Servicios Sociales (Inass) que Julia encontró su vocación: cultivar alimentos en un huerto urbano llamado Gerogranja La Chinita. En una hectárea de tierra, Julia, junto a otros residentes, realiza siembra directa o en semillero, hace riego, trasplante, fertilización y cosecha de cebollín, cilantro, pepino, calabacín, patilla, auyama, yuca, pimentón, ají, plátanos, berenjenas, tomates, y ahora tienen frijoles guajiros.

Al contrario de un ánimo vencido después del inventario adverso de los últimos años, Julia es una de las habitantes más optimistas y solidarias. ¿Por qué?: “Aquí recibimos capacitación. La mayor parte de los rubros que cosechamos van directo a la cocina, es decir, disfrutamos de los frutos de lo que hemos realizado. Y si tú te pones a analizar, sabes que esta crisis económica es mundial, no solo de Venezuela, pero acá operan otros factores. Entonces, al ver lo que pasa nosotros podemos colaborar con la agricultura urbana, si esta es nuestra casa podemos aportar. En tiempos de crisis podemos ayudar. Podemos tener sesenta, setenta años, pero somos útiles. Eso nos motiva”.

Cuando hay grandes cantidades de lo cosechado se vende a servidores públicos para tener fondos y adquirir más semillas. De esta manera el centro se autoabastece y se cubre un porcentaje de lo que los adultos mayores consumen.

Gerogranja - Maracaibo. Foto: Milangela Galea
Julia Finol participa desde hace tres años en la gerogranja La Chinita

 

¿Qué es una gerogranja?

Las unidades gerontológicas del Inass pueden trabajar bajo la modalidad de aldeas –que cumplen horario tipo ambulatorio-, o como centros residenciales. En estos últimos los abuelos participan de actividades recreacionales, deportivas, culturales y socioproductivas. Hace varios años se incluyeron las gerogranjas en cada uno de estos espacios. Se trata de darle la oportunidad a los adultos mayores de desarrollar la agricultura en pequeñas, medianas y grandes extensiones de tierra.

Es una terapia ocupacional, una manera de que se organicen colectivamente, de que mantengan la mente activa alrededor de una acción productiva. Esto es fundamental, porque muchos tienden a deprimirse.

También les permite obtener nuevos conocimientos. El Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista (Inces) facilita talleres de agricultura urbana, hacen el compo sin ningún agrotóxico. Julia recientemente aprendió a hacer abono orgánico y ya explica a otras abuelas su elaboración: “Usamos desechos naturales de comida, flores. Es una capa tras otra, hay que regarlo, moverlo de abajo hacia arriba cada quince días. Lo hacemos todo acá”.

Y como son considerados “árboles del saber”, también brindan lo que saben, por eso realizan una visita mensual a las unidades educativas para activar un intercambio formativo y socioproductivo con los niños.

Son ciento tres adultos mayores, más de sesenta tienen algún tipo de discapacidad, pero todos participan en la gerogranja en la medida que lo permita su condición física.

Aparte, tienen cuatro galpones para cría de pollos de engorde y una segunda hectárea en proceso de recuperación.

Gerogranja - Maracaibo. Foto: Milangela Galea
En la última cosecha recolectaron 228 kilos de yuca para consumo propio

¿Cómo llegan?

Cuando era niño, la madre de Ramón falleció. Fue adoptado por una familia que lo maltrataba. Por participar en actividades delictivas fue privado de libertad por casi cuarenta años. Al salir no tenía a dónde ir, los trabajadores sociales lo encontraron en la calle y lo llevaron con ellos. Hoy dice que su única vida es la gerogranja.

Estuvo Roberto. Fue abandonado por su familia. Unos vecinos lo rescataron de la calle. Lo llevaron al edificio en el que vivían sus hijos, estaba casi deshidratado. En la planta baja le pusieron una colchoneta, le dieron agua, fueron a buscar a sus hijos pero respondieron que no podían atenderlo. Fue llevado al hospital y luego al centro gerontológico. Falleció allí. Sus familiares donaron el cuerpo a la facultad de medicina.

Hay abuelos que son literalmente botados a las puertas del geriátrico. Dejados por sus familiares porque los consideran una responsabilidad imposible de llevar, y nunca más los visitan o solo regresan para ir a cobrar las pensiones. “La tercera edad no es muy valorada, a los abuelos los ven como una carga”, dice Nanive Vergel. Es ingeniero agrónomo, y desde hace cinco años la coordinadora de esta gerogranja. Actualmente solo dan residencia a los adultos mayores que están en situación de calle. Junto a la Misión Negra Hipólita salen en las madrugadas a hacer captación: “Los llevamos al hospital para que les hagan exámenes y ver qué patologías presentan, de manera que nuestro servicio médico y de enfermería se ajuste a sus necesidades. Tratamos de hacer reinserción familiar. Hacemos visita domiciliaria con trabajadores sociales para verificar en qué condiciones vive la familia, y evaluar si existe la posibilidad de que ese adulto mayor pueda regresar. En ese caso facilitamos talleres a los familiares para sensibilizarlos hasta lograr la reinserción”. La metodología de este centro está dirigida al resguardo de los adultos mayores.

Hay quienes piensan que en cualquier caso un geriátrico es la solución. Sin embargo, cuando los abuelos son dejados en contra de su voluntad la depresión puede acabar con ellos incluso en una semana.

Pero también puertas adentro hay historias que devuelven la respiración. Como Celia y Drago, una cantante de boleros y un ajedrecista. Se conocieron en el centro y hablaron con la directora para que los ayudara a casarse. Ahora comparten sus días en una de las cabañas para parejas.

Gerogranja - Maracaibo. Foto: Milangela Galea
103 adultos mayores participan según sus capacidades

“No somos un mueble viejo”

Julia fue beneficiada en la Gran Misión Amor Mayor, y no lo ve como un bien individual. Con la ayuda económica adquiere algunas cosas personales y entre varias personas juntan para apoyar a otros abuelos que no cuentan con nadie más. Sabe que a veces la situación se hace más dura para las mujeres por todo lo que ella misma vivió, pero les habla desde esa fuerza que la ha mantenido firme: “A otras mujeres mayores como yo les digo que se quieran, que no permitan que la depresión las alcance, podemos superar esos dolores. Entre nosotras nos podemos apoyar como adultas mayores. No crean que somos un mueble viejo. Nosotras debemos seguir adelante”.

En los tres años que ha estado como residente ha visto hijos que dejan a los padres y se van, a adultos mayores que nunca recibieron visitas. En cada una de estas personas que una vez se sintieron solas Julia consiguió reconocerse: “Apostar por este espacio es darnos la oportunidad de sentirnos en familia. El presidente Hugo Chávez fue el que empezó a valorar al adulto mayor, en otro tiempo eso no se hacía. Y el presidente Maduro sigue esa línea”.

Al preguntarle si existe otro lugar dónde le gustaría pasar el resto de sus días, Julia responde: “No. No hay otro sitio en el que me gustaría estar más que en este. Aquí somos familia y sí se trabaja, no estamos perdiendo el tiempo”.

Texto: Katherine Castrillo / Contacto: @ktikok

Fotografías: Milángela Galea

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