Los niños: Cuento de Gabriel Jiménez Emán - Cultura Nuestra
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Los niños: Cuento de Gabriel Jiménez Emán

A mis nietas María Auxiliadora, Alma y Victoria

A mi nieto Emiliano

Los niños y las niñas juegan en el patio, corren, ríen, gritan su alegría a los cuatro vientos. Elevan cometas azules, salen corriendo y se internan por los corredores del jardín jugando a las escondidas. Con picardía los niños se acercan a las niñas para mirar sus sonrisas, sus bucles, sus vestidos, sus palabras de niñas que no pueden descifrar del todo, como ellas tampoco las de los varones; ellas sostienen en sus manos muñecas o flores, golosinas o almendras, y los niños elevan sus cometas y sueltan yoyos, aviones o carritos, o se llenan de tierra las manos al jugar a las metras. Avanzan en círculo por el patio riendo entre ellos; las niñas cantan canciones, saltan la cuerda y se mecen en los columpios, se deslizan tobogán abajo dando asustadizos gritos de placer. Dos niñas hablan entre ellas. Una dice: “Vamos a jugar a que somos grandes y tenemos una casa en las nubes y por la mañana vamos a pintarlas de colores en los bordes; después iremos a pasear entre una lluvia de caramelos y trocitos de chocolate; los recogeremos y nos sentaremos a comerlos al borde de la ribera del cielo por donde cruzan las aves, y dejan pedazos de ala flotando en el aire, un aire que se vuelve viento fresco para acariciar nuestros rostros, dice la niña, y él la toma de nuevo de la mano y entran a un bosquecillo donde vuelan pájaros y palomas, turpiales, canarios y tórtolas que circulan por los claros del bosque; luego ellos también se vuelven pájaros y levantan el vuelo. Atraviesan el firmamento asidos de la mano hasta que se detienen a mirar hacia abajo y observan las calles, edificios y plazas, árboles, ríos corriendo bajo los puentes, pueblos junto al mar.

Los niños ven todo esto con ojos absortos, y comparten su asombro inocente entre ellos mismos, ascienden y descienden con miradas que arrebatan un trozo de paisaje a las geografías que miran. De pronto, un niño le dice a una niña:

–Vamos a jugar que tú eres un cielo y yo soy una nube.

Y la niña le responde:

–No. Mejor jugamos a que tú eres el cielo y yo soy una nube.

El niño cavila un momento, y luego acepta. Le parece bien. A él le queda mejor el papel de cielo. Entonces la niña se empina y comienza a pasar a través de él con tanta suavidad y dulzura que él se conmueve con esa alegría, y toma tres suspiros con su mano derecha y se los lanza a la niña nube. Luego ambos descienden de las alturas lentamente, para ir a jugar con el resto de los niños. Abajo, los demás niños y niñas los aguardan para jugar con ellos. Uno de ellos le dice al otro:

–Vamos a jugar que yo soy un príncipe que puede dar saltos de país en país y de comarca en comarca para alojarme en grandes castillos, y que tú eres el dueño de esos castillos y me recibes en ellos.

–Sí, me parece bien, adivinaste. Siempre me ha gustado ser dueño de grandes castillos. Te espero entonces en mi primer castillo encantado, aquél que está al lado del lago donde navegan los patos anaranjados.

–Sí, me gusta mucho ese castillo, porque también está poblado de hadas y de espadachines, de payasos, enanos y abuelos que hacen piruetas locas para hacernos reír.

De repente una niña pelirroja oye la conversación,  se acerca y dice:

–Yo también quiero jugar con ustedes cerca de ese lago, porque me gustan los patos anaranjados y los conejos color violeta, y también me gustan mucho los abuelos divertidos que hacen chistes y bromas y narran cuentos absurdos a las niñas.

–Sí, yo seré el príncipe espadachín que pelea por la niña pelirroja –dice el segundo niño. Y el primer niño dice:

–Yo también defenderé a todas las niñas de los peligrosos rayos que surgen de las tormentas,  de los truenos que retumban en el cielo, y también las defenderé de todos los desastres que puedan destruir el mundo.

Mientras dicen esto, los demás niños corretean y saltan yendo hacia un lago del parque, en cuyo centro hay una casa roja donde venden bocadillos de queso y jamón tierno, tortas de chocolate, bizcochos de fresa y algodones de azúcar que se evaporan en la boca, como suspiros de ángel.

Se les unen otros niños que van cantando tonadas, baladas embrujadas que hablan de países donde hasta las mariposas pueden hablar.

–Y tú has hablando con las mariposas?

–Sí responde el niño. –Anteayer hablé con una legión de mariposas amarillas que salieron de la copa de un árbol florecido.

–¿Y qué te dijeron?

–Me dijeron que los niños buenos como nosotros nos merecíamos estas vacaciones, porque hemos obedecido a nuestros padres. Por eso ellos nos hacen esta fiesta y nos invitan a jugar en este jardín.

–Sí, tienes razón.

Los niños montan en ponis; otros en bicicleta, triciclo o patines y pasean por los vericuetos del jardín. Las niñas juegan con muñecas rubias o morenas, las visten y acicalan y les dan teteros de leche condensada. Les cocinan pequeñas tartas achocolatadas que quedan regadas por todas partes, y son un maravilloso desastre.

Los niños han construido una casa entre las gruesas ramas de un árbol, donde han venido a comer los pájaros. Los niños les colocan en las ramas trozos de guayabas, mangos, mandarinas, y los pájaros acuden a picotearlas y luego alzan sus piquitos y cantan melodías que alebrestan el corazón de todos. Empieza entonces a lloviznar y salen de los matorrales del jardín ranas verdes, sapos gordos, iguanas y lagartijas. Cuando la llovizna cesa aparecen las hormigas voladoras, las abejas y las avispas zumban en el aire haciendo ruidos graciosos. Un poco más allá, en un árbol más grande, han comenzado a llegar arrendajos, turpiales, canarios, ruiseñores y cardenalitos a adornar con sus plumas y sus livianos cuerpos las copas de los árboles, y también donan raciones de felicidad al corazón de cada niño. Las flores de cayena roja se doblan de costado para encontrarse con las cayenas rosadas, y éstas se doblan para tratar de encontrarse con las amarillas.

–¡Miren! –dice una niña –¡Esas cayenas están enamoradas!

Cuando la niña advierte esto, los demás niños comienzan a enamorarse entre ellos y a cantar baladas, tonadas tristes que causan alegría, y canciones alegres que luego producen tristeza. La leve tristeza de éstos también es hermosa, muy parecida a aquella tarde en el jardín.

En los alrededores de los jardines habitan los espíritus malos y los espíritus buenos; ellos vagan por el aire y se introducen en todas partes, en las hojas y ramas, en las casas y calles, en el aire y hasta en el pensamiento de las personas si se lo permiten, pueden apoderarse de las almas débiles y de las almas fuertes, de las almas puras y de las impuras de acuerdo al grado de debilidad o fortaleza de cada una. Las de los niños son especialmente fuertes a veces, pero los espíritus pueden apoderarse de cualquier cosa de acuerdo al alma de cada quien, y esas almas se vienen construyendo desde hace siglos, atravesando las edades, desde aquel lejano día en que las primeras ranas sagradas presenciaron el diluvio. Los niños no saben nada de esto, pues sus almas, aunque buenas, no saben que lo son (en cada cuerpo habitan el mal y el bien simultáneamente, y esto tampoco lo saben), de modo que estos espíritus permanecen alertas ante cualquier debilidad humana, aun cuando no han podido penetrar en el jardín de aquella casa. Tampoco saben los niños que sus almas están custodiadas de antemano por los espíritus de los santos, los poetas, los filósofos y los guerreros nobles, y que todas las batallas justas que se han librado en la historia han acaecido por ellos, están destinadas a proteger su inocencia, más allá de la voluntad de los padres que los engendran o crían. De esto tampoco tienen plena conciencia los padres, aunque a veces puedan intuirlo o preverlo, pues ciertas costumbres perversas de la sociedad intentan borrar la dignidad infantil que habita en los mayores, olvidando casi por completo que algún día fueron pequeños.

De pronto, la voz de una mujer adulta, la madre de una de las niñas y dueña de la casa donde se está haciendo la fiesta, los llama para que entren a la casa a comer y luego, después de charlar un rato con sus padres, vayan a dormir, pues ya se ha hecho de noche, hace frío y parece que va a llover otra vez.

Los niños miran el cielo y despiden al sol mirándolo de reojo. Algunas gotitas de rocío caen sobre sus frentes y mejillas. Todos ven que el sol se está despidiendo por allá lejos detrás del horizonte, emitiendo destellos naranja que colorean las nubes. También descubren que en el otro extremo del cielo la cara tímida de la luna empieza a asomarse; una luna tornasolada entre turquesa y verde parece sonreírles de manera distinta. Cerca de ella Venus, lucero de la tarde, empieza a emitir rayos azulados que los niños miran con alegría: los destellos caen en los ojos de ellos para que vayan a dormir profundamente, a soñar toda la noche con jardines y países imposibles, a veces tan hermosos como aquellos que ellos han visto en ese jardín donde han sido invitados.

–Los niños se han portado bien hoy –dice el padre a la madre. —Es el matrimonio que ha sido anfitrión de aquel encuentro para premiar a los niños por su buen comportamiento, y para  celebrar el cumpleaños de su hijo, uno de los pequeños que ahora miran el sol y la luna.

hachos –dice el hombre. —Se veían tan contentos, nunca los había visto tan felices como hoy. Ni siquiera han querido ver televisión ni jugar a policías y ladrones, ni a los vaqueros e indios, utilizando pistolas o flechas.

–Sí, mi amor, yo también pienso lo mismo –dijo la mujer. –Creo que le hemos ofrecido un bonito día a todos.

–Vamos a acompañarlos a la cama y a contarles unos cuentos para dormir ¿no te parece?

–No lo creo necesario, mi amor –responde la mujer. –Creo que ellos se irán a dormir sin necesidad de contarles un cuento.

–Entonces démosles la bendición y un beso en la frente a cada uno.

La pareja de anfitriones se acerca a ellos cuando ya están metidos en sus camas y les dicen:

–Se han portado muy bien hoy, niños, que dios les bendiga siempre –dijo el padre.

–Que dios les cuide, niños bellos y buenos –dijo la madre.

Entonces los niños cerraron los ojos, y soñaron.

© Copyright 2016 Gabriel Jiménez Emán

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