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Mujer uñas negras

Unas uñas negras. Negras, sucias, llenas de tierra.
Unas manos llenas de cayos. Con pellejos, con escamas, con cicatrices.
Unas palmas ásperas, que resuenan al tacto. Secas.
Sí.
Nosotras no somos, nunca fuimos, Miss Venezuela.
Ojo pelao, pueblo.
¿Bellas? ¿Bellas quiénes?
Como si nos importara.
La mujer que sube los escalones del barrio, la que carga las bolsas del mercado, la que monta las arepas en el budare, la que se levanta temprano y viste a sus chamxs, la que dobla las cabillas para su nuevo urbanismo, la que teje el chinchorro; la que estudia, la que arma, la que enseña.
La que tiene las uñas negras de cocinar, llenas de tierra de sembrar, llenas de cayos de cargar y levantar.  Ásperas, llenitas de trabajo y de amor.
La mujer que tiene la piel y el corazón marcado de trabajo por su tierra y por su gente, la que se reconoce mujer libre y soberana.
La que alza la voz y contesta, la que pelea, la que suelta un puño, la que se defiende y se protege, la que resiste.
Esa, esa que es nuestra, es la mujer bella.
Nada de eso de belleza platónica occidental: de 90-60-90, de pezones pullúos, de dietas asesinas. Sólo uñas sucias, y cayos, y cicatrices, y amor por la tierra y por la gente.
Manos llenas de sangre, llenas de vida. Manos reales.
Mujer venezolana, mujer revolucionaria.

Texto: Sahili Franco

Fotos: Milángela Galea.

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