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¿Loro viejo no aprende a hablar? El Negro Chato: licenciada a los 85 años

“El Negro Chato” nos recibe bajo la sombra de un árbol en el patio de su casa en el pueblo Caujarao, estado Falcón. Lo primero que me dice es que si me siento en posición mariposa pariré sin dolor. Entonces unas ganas de derramarse en historias la van iluminando, y ahí, en medio del cercano latir de culebras, iguanas, y guacamayas que nos orillan, comienza. “Yo era muy ‘varonera’. Me la pasaba en el río jugando con los varones. Por eso me dicen ‘El Negro Chato’. Uno de esos muchachos se enamoró de mí, que es este viejito con el que sigo. Tenía yo quince años. A los diecisiete años quedé embarazada por primera vez, desde ahí cada dos años tuve hijos. Cuando ya teníamos nuestros once muchachos, decidí casarme con él, porque yo me decía ‘hasta que no lo conozca bien no me caso’, y bueno, lo conocí después de esos once hijos”, y lanza una risotada caliente y sabrosa.

Amelia Agüero tiene ochenta y cinco años. Escucharla es andar sobre trapecios, en saltos de una anécdota a otra, mientras nos enseña de historia, psicología, teología, y hasta del cuchicheo del viento de Coro. Y fue hace apenas diez años que comenzó a estudiar “formalmente”.

De niña logró terminar el sexto grado de primaria. Pero inmediatamente tuvo que empezar a trabajar. En casa de su mamá compraba hilo para tejer cortes de alpargata, con eso compraba tela y se hacía ropa. Hizo dulces, conservas, pan de horno, pipiritos, suspiros. Y cuando tuvo a sus hijos los trabajos fueron más espinosos: picar piedras en el río, cortar leña, lavar a puño, cargar el agua en la cabeza, moler a mano, todo lo que pudiera para garantizar las mismas oportunidades a los niños. Así fue durante muchos años: “Criar, sostener las labores de la casa, trabajar. Hasta que un día, hace diez años, me dije ‘ahora es mi tiempo’. Le avisé a mi viejo, ‘viejo, me voy a la escuela, voy a aprender’ ”.

Mi motivación

“¿Tú sabes de dónde viene el nombre Caujarao? Ese era el nombre del padre del cacique Manaure, y abuelo de Jadacaquiva. ¿Cómo sé esto? Porque me lo contaron mis padres y a ellos sus abuelos. Por todos estos cuentos yo siempre quise estudiar, pero en su momento no pude. ¿Qué me motivó a hacerlo después de tantos años? A mí me motivó Chávez. La inspiración me la dio él cuando vi que estaba naciendo una Venezuela nueva. Él nos presentó la verdadera historia de Venezuela cuando hablaba. Lo que recuerdo de esos pocos y lejanos años de escuela es que nos decían que Cristóbal Colón quiso venir a descubrirnos, ¿qué es eso? Ya nosotros estábamos descubiertos en nosotros mismos, pero no nos lo decían. Y ya grande, al escuchar a Chávez, caigo en cuenta de todo. Yo descubrí la historia verdadera ahora”.

Tenía más de setenta años cuando comenzó a estudiar en la Misión Robinson, el programa social de alfabetización que nació durante el gobierno del presidente Chávez. Y aunque Amelia tenía ya el sexto grado aprobado decidió empezar desde cero. Primero por el nivel 1, llamado “Yo sí puedo”, luego siguió la “Batalla por el sexto grado”, y finalmente terminó en los “Círculos de lectura”. “No podía parar. Me inscribí inmediatamente en la Misión Ribas, y ahí terminé el bachillerato. De una vez seguí con la Misión Sucre, para sacar un grado de Técnico Superior Universitario en el área audiovisual. Y ese título, el primero de mi vida, lo saqué sola, la tesis la hice sola porque algunos compañeros pensaron que por ser vieja iba a ser un bulto para ellos, pero no, nada de eso. Una de mis nietas me ayudaba a hacer las diapositivas y me preguntaba: ‘¿Usted se sabe todo eso?’ Yo le respondía: ‘Claro que me lo sé porque todo eso lo estudié’ ”.

En la licenciatura hizo tesis grupal. “Me sumé a un equipo de muchachos. Mi hija fue mi asesora. Comenzamos más de treinta, y de todos, solo quedamos tres”.

Es tan consecuente que lleva cuarenta y ocho años dando clases de catequesis en la escuela de su pueblo. Incluso es la ministra de la sagrada comunión en la iglesia de la comunidad, la única persona que por sus conocimientos puede impartir la misa. El poco tiempo que tenía libre lo dedicaba a la iglesia, y en los años ochenta al ver su determinación, el párroco la propuso para formarse en estudios religiosos. “Yo no era ni bachiller, pero como me interesaba hacer las cosas bien, fui constante y hasta me dieron una beca”.

Y por ahí agarra aire. Se queda viendo el patio, como si en él reconociera otro tiempo: “Nosotros siempre estuvimos claros. Te voy a contar. Yo le daba comida a los guerrilleros. Por esta casa había un camino y ellos lo agarraban para coger el cerro. En esa época había un muchacho que adoptamos como sobrino político, le decían Gallinazo, él pasaba por acá y me pedía agua, le guardábamos arepas. Le armaba cajas con comida, enlatados, todo lo que podía, para ayudarlos. Hasta el perro que tenía en la casa se lo llevaron. Les reclamé y me dijeron que ese perro los salvó, ‘peleaba con nosotros’. Por eso me siento otra guerrillera, porque los ayudé y guardé su secreto. No sé, algo tendré en la sangre, porque mi bisabuelo, el papá de mi abuela, Sandalio Navas, era otro guerrillero, ese peleó en la época de Maisanta”, y lo que parece una divagación se convierte en una cátedra sobre la historia de Venezuela.

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“El Negro Chato”, la guerrillera.

¿Para qué una carrera a los ochenta y cinco años?

“Yo no recibí estos títulos para salir a trabajar o a competir en un campo laboral. Los tengo porque no quise quedarme en la ignorancia. Estoy segura de que con estos conocimientos puedo ayudar a quien lo necesite”. Y es así. Estuvo durante más de cien horas grabando desde el cerro, haciendo tomas panorámicas, hasta la curva donde termina la población, todo para recuperar la historia local de su comunidad y para denunciar, hay que decirlo, la destrucción de las lomas en manos de personas que improvisan viviendas sin acompañamiento. “Entonces, ¿para qué es el estudio? Para guardar nuestro origen, porque un pueblo sin historia no es nada. Y para tener más herramientas a la hora de organizarnos, de denunciar cosas como estas, porque solo el estudio en un aula no garantiza nada, también debemos asumirnos como comuneros, ¿y qué es ser comunero? Esto no es otra cosa que la gente que se une, que se junta, para defender y luchar y cuidar a su comunidad. Si creemos y confiamos en esta forma de unión, todo se acomoda”.

No tenía dónde hacer los trabajos para la universidad. Un día el presidente Chávez fue a Coro, Amelia se alistó y salió de su casa con un papel. En medio de un desborde de gente le entregó la hoja. “Él me vio y dijo ‘agarren a la señora’”. Se llevó el papelito. Al mes se cumplió lo esperado. Amelia y su esposo entraron a la Misión En Amor Mayor, otro programa social para beneficiar a personas de la tercera edad que no tienen pensión. “Con ese dinero me compré una computadora para hacer mis trabajos. Nadie me enseñó a usarla, yo me puse solita y fui aprendiendo”.

Pero ese no fue su primer contacto con el presidente Chávez. Cuando estuvo preso en Yare, un hijo de Amelia junto a otros compañeros de clase le mandaron una carta pidiendo que fuera el padrino de graduación. “Nunca esperamos nada, todos aquí solo queríamos manifestarle nuestra admiración y las ganas de que nos acompañara, pero Chávez contestó, dijo que sí. ¡Imagínense la emoción! Agarramos esa carta, la reprodujimos y entregamos por toda la universidad”, cuentan las hijas de Amelia. No creían que llegara hasta allá, pero al salir en libertad, y poco antes de empezar la campaña presidencial, Chávez se apareció en Coro. “Cenamos con él al final del acto, hablamos, reímos. Se fue a las tres de la mañana. Cuando iba saliendo vio a unos malandros parados cerca de donde estábamos, los llamó, se sentó en el suelo con ellos y se quedó conversando”.

Segunda carrera, ¡“nofuña”!

“¿Ustedes sabían que el primer grito libertario en estas tierras lo dio el negro José Leonardo Chirinos? ¿Por qué les digo esto? Esta era una casa de barro. Un día cayó un aguacero y mi esposo empezó a escarbar el piso para que el agua no se metiera hasta el cuarto de los muchachos, y de pronto, bajo la tierra, encontró un muerto y una daga. Eran los restos de un hombre que luchó en la Guerra Federal”. Manda a buscar la daga, la guarda como un tesoro precioso, como si ese fragmento de metal le contara todas las crónicas de combates que guardó por años bajo un silencio de arcilla.

“Por todo eso, por seguir los pasos de la historia de Venezuela, quiero empezar a estudiar arqueología para descubrir la historia que está invisible en el fondo de este suelo. Y todo lo que se consiga quisiera que formara parte de un futuro museo arqueológico. ¿Por qué quiero seguir estudiando? Para descubrir más verdades. Y en segundo lugar, porque debemos ser testimonio de los demás que vengan detrás, yo me siento así, testimonio viviente de esta comunidad que va a iniciar un camino para las nuevas generaciones. Este museo no debe ser un espacio para guardar cosas, debe caminar, debe investigar, debe generar cambios sociales, de la mano con una comunicación de visión cultural. Cónchale, ya que iniciamos este proceso en Venezuela, por qué carajo lo vamos a dejar perder, y me dispensan la palabra”.

Al principio de sus estudios se enfrentó a las críticas que se hacían a las misiones educativas: “Muchos decían que los que estudiábamos en las misiones no éramos formados de verdad, que éramos ‘tapa amarilla’, como se conocen en el país a aquellos productos de mala calidad. Yo les digo una cosa, tapa amarilla es cualquier persona que sin importar dónde estudie no investiga, el que no tiene ética. Les recomiendo tener ética, ser veraz, no dejar torcer su camino por los intereses egoístas de alguien más, y sobre todo investigar, si usted no investiga está frito”.

Recibió la Orden Santa Ana de Coro en su primera clase por su ejemplo de vida. Cuando le pusieron la banda gritó “¡Viva Chávez, nofuña!”

“Mi lema es insistir, resistir y nunca desistir. En la perseverancia está el triunfo. Ya ven, se burlaban de mí porque era vieja, ‘loro viejo no aprende a hablar’, me decían. Esta es mi respuesta: sí aprende, mírenme, aquí estoy”.

Tiene treinta nietos, y treinta y tres bisnietos, y dice que mientras tenga vida estará metida en los libros, porque le gusta mucho leer, se siente feliz con un libro en las manos, renovando, aprendiendo cosas nuevas. “Me siento como una adolescente”.

Para estudiar no hay edad. Lo dice una de sus hijas que tuvo la oportunidad de darle clases en la universidad. “Un día me peleó en aula porque no le puse veinte. La traté como a cualquier otra alumna, le expliqué qué le había faltado, entendió y me agradeció”. Amelia responde: “Mi hija tuvo ética. Estoy orgullosa. La eduqué bien”.

A su edad, Amelia, la que crió al técnico químico, al topógrafo y dibujante, al técnico en electricidad, a la profesora de inglés y francés, a la técnico agropecuario, al técnico mecánico, al técnico mecánico industrial y al de máquinas pesadas, a la licenciada en prevención de desastres y a dos bachilleres más, logró su título como licenciada en comunicación social.

“Que no quede duda, toda esta experiencia en mi vida no habría sido posible sin esa apuesta del presidente Chávez para que nos alfabetizáramos, porque él mismo estudió siempre, incluso cuando estuvo preso allá en Yare, ese hombre tenía una biblioteca en la cabeza. Y a la gente que por miedo, por prejuicios, no se ha animado a seguir formándose, les digo que el estudio es una fuente muy poderosa, para defendernos, para defender nuestros pensamientos, nuestra soberanía, para descubrir verdades ocultas, para ver aquellas supuestas verdades que de hecho siempre fueron mentiras”.

Amelia una pequeña parte de su familia. Foto: Sahili Franco.
Amelia con una pequeña parte de su familia.

Texto: Katherine Castrillo/ Contacto: @ktikok.

Fotografías: Sahili Franco/ Contacto: @slashysah.

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