Tú estás aquí
Inicio > Textos > Opinión > Andén Lejano > La voz dentro de sí (Sobre la voz cantada de Canserbero)

La voz dentro de sí (Sobre la voz cantada de Canserbero)

 La boca es el lugar de las palabras, algo así como la zona donde reside lo más evolucionado del pensamiento. La frase es de Lucrecia Martel, quien además señala que dentro de la boca, ese instrumento tan civilizado, conviven los dientes, que son brutales y salvajes. Conclusión: la boca es una especie de comarca en la que habita la doble naturaleza humana. Sin embargo la potencialidad de las palabras está dada por su sostén acústico, es decir, por la voz, recurso y medio para expresar y transmitir emociones básicas. Sin llegar a ser excesivamente engolada, la de Canserbero posee, además de cierta uniformidad baja y oscura, una marca esencial: la tosquedad. Se trata de una voz de intensidad poderosa, aunque de timbre abstracto, ya que retumba como proyectada por alguien que se ha detenido en el camino hacia la adultez: algo así como un púber que posee la caja torácica de un hombre maduro. En ese sentido su voz es una voz mixta, es decir, una voz monstruosa, que ostenta una especie de resonancia androide o de nuevo Barón Ashler homogeneizado en cuyo sonido conviven al menos dos timbres indiferenciables.

Las veces que pregunté a quienes no conocían la música de Canserbero hacia dónde los remitía su voz, siempre recibí las mismas respuestas: viejo, negro, gordo, de rasgos gruesos y anchos. Se trata de retratos o figuraciones que responden a prejuicios, aunque estas impresiones no son evocadas por otra cosa que por el brío y el arrojo expuesto en su voz. No hubo entre aquellos a quienes mostré su música, nadie que dejase de sorprenderse al ver más tarde sus fotografías.

 

 

Si bien nuestra primera actividad vocal es el grito, que ocurre en el nacimiento y que traduce el trance que atravesamos mientras nos adaptamos a los estímulos del mundo externo, no es sino durante los primeros meses de vida cuando empezamos a configurar nuestra propia actividad vocal: aparece una voz de menor intensidad, menor frecuencia y modulaciones más dulces que las de aquel aullido primario; algo cercano al balbuceo y de orden más lúdico. De alguna forma el niño explora sus posibilidades de comunicación jugando con sus órganos vocales. Desde ese momento, las funciones expresivas empiezan a ceder en importancia a la función representativa, es decir, la voz pierde en espontaneidad lo que la palabra gana en precisión. Esta “educación” en algún sentido inutiliza, ya que enseña a expresar con palabras y frases lo que antes ha sido expresado con un sonido desnudo. Pero ese es otro tema. Lo que interesa aquí es que de esta manera el paso del tiempo comienza poco a poco a convertir la voz propia en el instrumento por excelencia de expresión y afirmación del yo: sus vínculos son indisociables con la personalidad de quien la emite.

En ese sentido, los momentos en los que Canserbero echa mano de mayor energía y modifica su intensidad, articulación, elocución, gestos y ademanes asociados, pueden ser leídos como una búsqueda de la adhesión de quien escucha. Se trata de operaciones que persiguen un efecto sobre su interlocutor. Sucede con el actor de teatro, quien está prácticamente obligado a captar intuitivamente las características profundas del sujeto encarnado; que debe sentir con intensidad las emociones que quiere transmitir; y que debe contar además con una elasticidad que le permita modificar sus propios parámetros. En este punto pienso en Artaud, quien en su “Teatro de la crueldad” propone un uso de la palabra que prescinda de su sentido, es decir, empleándola como simple material sonoro, capaz de actuar directamente a la sensibilidad. Esa es la cuestión en Canserbero: su voz en algún punto genera un efecto, típico en este tipo de matices, de silencio inmediato en los receptores. O dicho de otra forma: quien lo escucha, inmediatamente se queda callado.

El otro día un amigo me contaba que una noche en Berlín se le ocurrió poner la música de Canserbero ante un grupo de alemanes y que todos la disfrutaron como si entendieran cada palabra. Esto es posible sólo porque el “mensaje” es “pensado” con los sentidos; es decir, es la voz, incluso más que las ideas, la que gana la atención del auditorio. Por eso es única aquella reverberación robótica que posee la voz de Canserbero, porque persuade al margen de cualquier discurso.

A pesar de su marcado ensombrecimiento, y aunque en líneas generales hablamos de una voz plana, no deja de haber en su voz una cobertura amplia del sonido: sus movimientos vocales son leves, pero consigue moverse por tonalidades diferentes, esto es, no se estanca en un sólo tono a la manera del canto gregoriano, tan común en los raperos. Por el contrario: canaliza hábilmente sus actividades vocales. Al mismo tiempo, se hallan tonalidades privadas de agudos y falsetes, pero ricas en armónicos graves, caracterizadas sobre todo por esfuerzos musculares. Hay ocasiones en las que pierde brillantez, ya que la posición laríngea es voluntariamente baja, lo cual genera como resultado una voz hundida o bostezada. Con todo, el texto cantado nunca pierde inteligibilidad.

Por último, habría que decir que uno de los rasgos más distintivos en la voz cantada de Canserbero es el de cierta brusquedad visible en el “paso” de un registro a otro, muy presente sobre todo en un tipo determinado de estructura en sus canciones: aquellas que suelen despegar con sonidos y melodías apacibles, pero que en algún punto, más o menos hacia la segunda mitad y en adelante, acaban por desbaratarse. En estos casos las i se vuelven desesperadamente nasales, y al cierre de las frases, en las vocales finales sobre todo −“La peor pesadilla de cierta gente al que detestan comúnmente por pensar diferente”− el deletreo se endurece. Quizás sea en esos momentos cuando Canserbero finalmente alcanza a expulsar por la boca aquella entidad monstruosa que nos habita: una calavera que se asoma entre glitches, como en el video de “Cʼest la Mort”, detrás de los mismos dientes brutales y salvajes que señala Lucrecia Martel. ¿Para qué? Para hablar, es decir, para expresarse. Esa es la voz dentro de sí.

Carlos Ávila.

Comentarios

comments

Top