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La voz dentro de sí (Sobre la voz cantada de Canserbero)

La boca es el lugar de las palabras, algo así como la zona donde reside lo más evolucionado del pensamiento. La frase es de Lucrecia Martel, quien señala además que dentro de la boca, ese instrumento tan civilizado, conviven los dientes, que son brutales y salvajes. Visto así, la boca conforma entonces una especie de comarca en la que habita la doble naturaleza humana. La potencialidad de las palabras sin embargo, está dada por su sostén acústico, es decir, por la voz, recurso y medio para expresar emociones básicas. De la voz cantada de Canserbero podríamos decir por ejemplo, señalado por él mismo en la letra de “Jeremías 17:5”, que es una voz tosca, y que sin llegar a ser demasiado engolada, posee como marca esencial cierta uniformidad baja y oscura. Pero qué transmite, qué efectos provoca.

Las veces que pregunté a quienes no conocían su música hacia dónde los remitía su voz, recibí siempre las mismas respuestas: viejo, negro, gordo, de rasgos gruesos y anchos. Se trata de retratos o figuraciones que responden a prejuicios, pero que sin duda atañen a resoluciones evocadas por el brío y el arrojo expuesto en su voz: no hubo quien dejase de sorprenderse al ver más tarde sus fotografías. Un amigo me contó que una noche en Berlín puso la música de Canserbero ante un grupo de alemanes y que todos la disfrutaron como si entendieran cada palabra. ¿Cómo es eso posible?

 

 

Uno podría decir que nuestra primera actividad vocal es el grito, que ocurre en el nacimiento y que traduce el trance que atravesamos mientras nos adaptamos a los estímulos del mundo externo, pero no es sino durante los primeros meses de vida cuando empezamos a configurar nuestra propia actividad vocal, con la aparición de una voz de menor intensidad, menor frecuencia y modulaciones más dulces que las de aquel grito primario; algo cercano al balbuceo y de orden más lúdico por supuesto: el niño explora sus posibilidades de comunicación jugando con sus órganos vocales. Desde ese momento, las funciones expresivas empiezan a ceder en importancia a la función representativa, es decir, la voz pierde en espontaneidad lo que la palabra gana en precisión. Esta “educación” en algún sentido inutiliza, ya que enseña a expresar con palabras y frases lo que antes ha sido expresado con un sonido desnudo. Pero ese es otro tema. Lo que interesa aquí es que de esta manera el paso del tiempo convierte a la voz propia en el instrumento por excelencia de expresión y afirmación del yo: sus vínculos son indisociables con la personalidad de quien la emite.

En el caso de Canserbero, se halla la búsqueda de un timbre privado de agudos y falsetes, pero rico en armónicos graves, caracterizado sobre todo por esfuerzos musculares. Hay ocasiones en las que pierde brillantez, ya que la posición laríngea es voluntariamente baja, por eso el resultado es cercano a una suerte de voz hundida o bostezada: cuanto más busca Canserbero conseguir la adhesión de quien escucha, más echa mano de su energía, esto es, más modifica su intensidad, articulación, elocución, gestos y ademanes asociados. Con todo, el texto cantado no pierde inteligibilidad.

Estas operaciones persiguen un efecto sobre su interlocutor: sucede con el actor de teatro, quien debe captar intuitivamente las características profundas del sujeto encarnado; sentir con intensidad las emociones que quiere transmitir; contar por supuesto con una elasticidad que le permita modificar sus propios parámetros. Pienso en Artaud, quien en su “Teatro de la crueldad” proponía un uso de la palabra que prescindiera de su sentido, es decir, empleándola como simple material sonoro, capaz de actuar directamente a la sensibilidad. Esa es la cuestión en Canserbero: su voz en algún punto genera un efecto, típico en este tipo de matices, de silencio inmediato en los receptores. O dicho de otra forma: quien escucha su voz no puede hacer otra cosa que quedarse callado. ¿Por qué los alemanes que acompañaban a mi amigo aquella noche lo disfrutaron? Porque el “mensaje” es “pensado” con los sentidos; porque es la voz, incluso más que las ideas, la que gana la atención del auditorio.

La de Canserbero es de intensidad poderosa, aunque de timbre abstracto; retumba como proyectada por alguien que se ha detenido en el camino hacia la adultez: un púber que posee la caja torácica de cualquier hombre maduro. En ese sentido la voz de Canserbero es una voz mixta, es decir, una voz monstruosa, que ostenta una especie de resonancia androide o de nuevo Barón Ashler homogeneizado en cuyo sonido conviven al menos dos timbres indiferenciables. A pesar de su marcado ensombrecimiento, y aunque en líneas generales hablamos de una voz plana, no deja de haber en Canserbero una cobertura amplia del sonido: si bien sus movimientos vocales son leves, consigue moverse por tonalidades diferentes, esto es, no se estanca en un sólo tono a la manera del canto gregoriano, tan común en los raperos; por el contrario, canaliza hábilmente sus actividades vocales y de esa forma consigue codificar la sociedad en la que vivió. Una manera de decirlo es que por medio de su voz, Canserbero convierte su “sonido interior” en un “sonido real”. Por eso su registro es único, porque ya no sólo se trata de aquella reverberación robótica que he señalado más arriba, sino porque además su voz persuade desde el registro, esto es, al margen de cualquier discurso.

Uno de los rasgos más distintivos posiblemente sea el de cierta brusquedad en el “paso” de un registro a otro, presente sobre todo en cierto tipo de estructura en sus canciones; me refiero a aquellas que suelen despegar con sonidos y melodías apacibles, pero que en algún punto, más o menos hacia la mitad del tema, acaban por desbaratarse: las i se vuelven desesperadamente nasales por ejemplo, o al final de las frases, en las vocales finales sobre todo (“La peor pesadilla de cierta gente al que detestan comúnmente por pensar diferente”) el deletreo se desgarra con violencia. Puede que sean estos los momentos en los que la voz de Canserbero proyecta más violencia, es como si por fin alcanzara a expulsar por la boca esa entidad monstruosa que nos habita: una calavera que se asoma fugazmente, entre glitches, como en el video de “Cʼest la Mort”, detrás de los mismos dientes brutales y salvajes que señalaba Lucrecia Martel. ¿Para qué quiere salir? Quiere salir para hablar, es decir, para expresarse. Esa es la voz dentro de sí.

Carlos Ávila.

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