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La música más allá de Dudamel, más allá de “El Sistema”

“Cuando estoy libre de compromisos, prefiero quedarme en mi casa, en Hollywood Hills, que me recuerda las montañas de Caracas. Tengo un año viviendo en Los Ángeles y tengo una gran vista de esta increíble ciudad”.

Gustavo Dudamel, en entrevista concedida al periódico “Los Ángeles Times”, en julio de 2010.

“El sistema de orquestas infantiles y juveniles, que se conoce como “El Sistema”, y que dirige el maestro José Antonio Abreu, que ha tenido mucho éxito y que ha sido muy renombrado, gracias a Dios, por su impacto, recibió de nosotros su primera donación hace 32 años, cuando era un embrión. Y desde allí nos aliamos y hemos venido creciendo y trabajando conjuntamente”.

Declaraciones de Lorenzo Mendoza (Industrias Polar), hechas al Nuevo Herald, en noviembre del 2009.

“Aviso a los ingenuos: ¡No hay casualidades!”

Ernesto Sábato.

 

 

En tiempos de Revolución no es posible pensar que los conceptos ligados a las propuestas culturales permanezcan intactas. Los cambios estructurales en una sociedad no sólo se reflejarán en la producción musical, sino que ella misma será parte de ese cambio. Digo más, muchos de esos cambios son anunciados con frecuencia por las músicas que se producen ya que, la música, cuando está vinculada a la sociedad, sabe proyectar ideas e incluso sentires que provocan interesantes cambios sociales.

 

¿Es posible entonces que la FESNOJIV y la Corporación de Orquestas de Abreu, conocida como “El Sistema”, y que giran en torno al proyecto base nacido en 1975, permanezcan, conceptualmente hablando, prácticamente intactas, y hayan sido aceptadas, aplaudidas y casi sacralizadas tanto por los gobiernos de la IV, como por la V República?

La música más allá del sonido, más allá del arte

 

“…y aparecieron cosas de este mundo.”

                                                                                              Silvio Rodríguez

 

La música y sus implicaciones, son algo que va mucho más allá de aquel rudimentario e ingenuo concepto que trató de inculcarnos algún maestro de solfeo, allá por los años setenta, en un aula cualquiera, de cualquier conservatorio de Venezuela, y según el cual, música era “el arte de combinar sonidos de manera armónica para crear belleza y generar goce estético entre los seres humanos”.

La escogencia y ejecución de un repertorio determinado tienen una importante carga simbólica, plena de significaciones, que van más allá del hecho intrínseco del conjunto de notas y sucesiones armónicas que forman el discurso sonoro. Existen patrones de aceptación y de rechazo de los elementos configurativos que dan cuerpo al hecho musical, que se concretan, por ejemplo, en la escogencia de cierto tipo de repertorio, instrumentos, géneros musicales, etc. Está claro que la aplicación de esos patrones deja en evidencia los valores culturales y sociales a los que se otorga importancia, porque se discrimina y se jerarquiza y jerarquizar implica, aplicar ideología.

Cuando se hace música, se está produciendo un hecho comunicacional, por tanto, estamos en presencia de la reproducción de un sistema de símbolos, es decir, un concierto es una fuente de conocimiento, es un hecho epistemológico, que construye una realidad social. Un concierto también es un acto de afirmación identitaria e incluso de clase. A través de un concierto podemos llegar a conocer elementos importantes y significativos de un grupo social. Por tanto, la música no es sólo estética, sino también ética. La música nos envía mensajes, hasta cuando calla. La música incluso nos ayuda a ubicarnos espacialmente. Si una gaita nos acerca al Zulia o el rasgado de un charango nos remite a la Altipampa, también es cierto que Mozart, es Salzburgo o Viena y Sibelius, Finlandia.

En ese sentido, no sólo el repertorio ejecutado por “El Sistema” de Orquestas (CODA), sino las formas musicales, los instrumentos protagonistas, las giras y los espacios escogidos para las giras, revelan conceptualizaciones, códigos de percepción, jerarquización y en fin, todo un sistema de valores y pensamiento estrechamente ligados a un concepto de cultura, el cual gira en torno a la perpetuación de un modelo hegemónico eurocéntrico. 

¿La música, un antídoto?

Es sorprendente que en pleno siglo XXI, la ingenuidad intelectual en materia de arte lleve a muchos a pensar que la formación musical, además de estar descargada de ideología, es el más efectivo antídoto contra comportamientos insanos, a la vez que la perciben como la vía más segura de formar ciudadanos responsables y solidarios. ¡Craso error! En la historia  de la música (y del arte en general)  abundan personajes de indudable talento que sin embargo, han demostrado ser unos perfectos cretinos, inescrupulosos delincuentes, convencidos xenófobos o simplemente insuperables imbéciles. Me vienen a la memoria inmediatamente un convencido antisemita, admirado por Hitler, llamado Richard Wagner, genio renovador alemán de la Ópera; o el compromiso real con el nazismo del más famoso director alemán de todos los tiempos, Herbert Von Karajan. Hitler fue un amante de la música de Wagner y Beethoven.

Las artes acústicas, por muy misteriosas o místicas que nos parezcan algunas obras, no tienen la capacidad de transformar a nadie si no van acompañadas de un discurso que tenga vocación catalizadora o potenciadora del pensamiento crítico.

Centrifuguismo como consecuencia del modelo rentista petrolero

Si se elaborase una lista que midiera, no la calidad sino el kilometraje recorrido por las orquestas sinfónicas y filarmónicas a nivel mundial, seguramente las de la Corporación de Orquestas de Abreu (CODA), ocuparían un lugar destacadísimo en el ranking mundial. Lo cual resulta paradójico ya que, las más prestigiosas orquestas del planeta, como pueden ser, la “Berliner Philharmoniker”, la “Boston Symphony Orhestra”, la “St. Petersburg Philarmonic Orchestra”, la “London Symphony Orchestra” o la “Wiener Philarmoniker”,  hacen precisamente todo lo contrario. Desde sus ciudades sedes ofrecen programas con la finalidad de atraer tanto a los amantes y especialistas de la música, como al turismo cultural, con lo cual, se genera una muy productiva sinergia entre la industria cultural y la industria del turismo. Basta con ver lo que representa a nivel de reclamo turístico el “Concierto de Navidad” que cada año ofrece la Wiener Philarmoniker, lo cual se traduce en millones de euros recaudados, no sólo por venta de entradas, sino por la venta de derechos para su transmisión en directo por televisión.

Al final resulta entonces que el Gobierno Bolivariano, además de ser uno de los mayores contribuyentes para la conservación y perpetuación de la cultura musical de Centro Europa, financiando las giras internacionales (por Europa y los Estados Unidos) de las orquestas de Abreu, con su repertorio colmado de compositores europeos, está también apoyando el fortalecimiento del turismo cultural de esas capitales donde ofrecen conciertos nuestros jóvenes músicos.

Sería interesante estudiar la posibilidad de emular el modelo de las grandes orquestas para de esa manera potenciar nuestras capitales como referentes culturales y de esa forma ofrecer un aporte a la diversificación de nuestra economía, utilizando nuestros recursos culturales como reclamo turístico.

42 años de sequía productiva: crecimiento sin desarrollo

 En 42 años de existencia de la FESNOJIV, aún no se conoce que ésta haya generado una pléyade de compositores innovadores que hayan aportado al mundo obras con un color o un acento identitario venezolano, todo lo cual da señales que nos llevan a interpretar que, algo está fallando en la apuesta pedagógica de Abreu, o sencillamente que, la propuesta de la FESNOJIV no es la que mejor se adecua a la de la Venezuela que pretende trascender el eurocentrismo.

El modelo pedagógico implantado por José Antonio Abreu, además de tener un fuerte acento eurocéntrico, y con tendencia a desclasar a los jóvenes, deja mucho que desear, pues no busca ampliar y reforzar las capacidades creativas del niño, sino convertirlo en un simple lector, reproductor y conservador de las creaciones musicales de los compositores consagrados por la historia de la música académica de la “Vieja Europa”.

Todo indica que “El Sistema”, aunque crece, por la cantidad ingente de recursos que otorga el Estado venezolano, no es ni autosustentable, ni se desarrolla. Si no es así, alguien podría decirnos ¿cuántos compositores importantes ha generado la FESNOJIV a día de hoy?

Y por otra parte, ¿cómo es que las orquestas de la Corporación de Abreu, la OSB por ejemplo, aún no incluyen en sus repertorios las obras de geniales compositores venezolanos, pongo por caso, las de Gonzalo Grau (Premio de Composición de Europa 2011), cuando estas ya son reconocidas como obras maestras y son interpretadas por artistas y orquestas serias a nivel internacional?

¿Cuál es el modelo de escuela de música que requiere un país en Revolución?

Al Estado venezolano, en esta etapa post petrolera, le toca apoyar la creación de escuelas de música dependientes del Ministerio de Educación (más que del Ministerio de Cultura) y que no estén atadas al modelo, ni al pensum de la FESNOJIV, es decir, se necesita una Escuela donde prime la pluralidad, lo híbrido, y en la que se estimule la creatividad y se experimente a favor de la definición y construcción de nuestra nueva identidad nacional y nuestroamericana, una Escuela que no se limite a formar ejecutantes de las obras de los maestros europeos, que ya para eso están las orquestas de la Corporación de orquestas de Abreu (CODA).

Debemos procurar la creación de una Escuela en la que existan aulas para el estudio y la comprensión de músicas de factura moderna (académicas, experimentales y populares) y donde se les dé cabida a músicas “no occidentales”, que ofrezcan una dimensión pluricultural de la enseñanza, que permitan al estudiante aproximarse, de forma crítica, a las dinámicas cambiantes de sociedades multiculturales, donde se procure generar respuestas apropiadas, desde al arte de la música, a los fenómenos actuales que genera la globalización, pero una globalización pensada desde nuestro centro y no desde los centros tradicionales de poder. Una Escuela donde las músicas del sur no sean tratadas como fenómenos exóticos o como músicas “étnicas”, sino como propuestas alternativas, tan válidas como las de origen europeo (que también serían objeto de estudio, pero al mismo nivel que las “otras músicas”). Una Escuela donde el estudio de esas “otras músicas” permitan conocer otras experiencias rítmicas, melódicas, tonales, armónicas y otros cánones estéticos, conscientes de que ello contribuye a construir una sociedad más justa, en la que se respete realmente la diversidad. Aulas en las que se considere a la música como un fenómeno complejo, como un proceso y no como un simple producto y que en lugar de aislar (y desclasar) ayuden a entender el contexto sociocultural en el que se desarrolla y se reproduce. Esto quiere decir, donde la música debería entenderse como algo que va más allá de la ejecución del Opus, es decir, que la música como fenómeno social y cultural se conciba como el resultado de la interacción entre el producto (ejecución de la obra), el contexto y el propio individuo (el que la ejecuta y el que la escucha). Es decir, una Escuela donde las obras musicales no sean consideradas buenas, ni malas en sí mismas, sino que será la interrelación entre esos tres elementos (el texto, el contexto y los individuos) lo que permitirá determinar si la obra es buena, útil o pertinente.

En este trascendental momento en el que el presidente Nicolás Maduro ha convocado a la Asamblea Nacional Constituyente, entre otras cosas para que se aborde el tema de la redefinición de nuestra identidad, la educación musical debe jugar un rol protagónico ya que, el fenómeno musical resulta primordial en la configuración de identidades en niños, jóvenes y adolescentes. Entendemos que la música constituye un fenómeno complejo que no se puede reducir a aquello que habitualmente denominamos “arte”, porque la música es mucho más que eso, y debe servir para algo más importante que aspirar a tener una casa con vistas espectaculares en Los Ángeles.

 

Texto: José Gregorio Bracho Reyes. Ankara, mayo de 2017.

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