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La libertad no era un lugar (Sobre Granizo, de Dayana Fraile)

Está escrito con unas cadencia y regularidad que podrían pertenecer al mundo paciente de la costura, representado además en varios de los cuentos: un punto de hilo pausado, aunque continuo. El peso pareciera estar puesto en prorrogar “lo anecdótico” y acentuarlo todo en abundantes descripciones. Las historias en sí mismas figuran apenas de fondo, cuando no eclipsadas. De hecho se hallan personajes ―el casero italiano, la hija de la conserje― que generan una expectativa que al final no se consuma: algunos extensamente descritos por ejemplo, pero desvanecidos y dados de baja en el camino. Con todo, algunos de los cuentos revientan hacia el final en un sorpresivo hecho fatídico: la cárcel, una muerte accidentada. Lo que destaca, extraña y sorpresivamente, es que el efecto en el lector no es de aburrimiento sino de ansiedad.

Los personajes suelen ser estudiantes universitarios que provienen del interior y hacen vida en la capital: hedonistas, ilustrados, ávidos de placer; les basta con llevar un estilo y una actitud que los distinga existencialmente del resto. Todos poseen la energía de los cuerpos jóvenes y comparten un mismo propósito: independizarse. Sus prácticas son propias de las rutinas juveniles y del denso proceso que es el paso hacia la madurez: cada uno vuelve repetidamente sobre turbaciones existencialistas e incomprensiones e inconformidades y cada uno sufre su propio desencanto y su desidia profunda, pero a todos los une una misma violencia manifestada a través de sus frustraciones.

Las mujeres aparecen enfrentadas en no pocas ocasiones al poder encarnado en un hombre (el encargado de un edificio, un novio, el fantasma de la figura paterna); si bien esta no es la trama que encadena los relatos, sus estampas se plantan firmes y con decidida determinación ante dicha “superioridad moral”. De los cinco, el primer relato está contado en tercera persona y el último por un personaje masculino, no obstante todo el libro es referido por la que podría ser la voz de una misma joven: en ella habita, como en sus compañeros, un idéntico cansancio, además de la imposibilidad de encomendarse a alguna creencia o compromiso. Quizás lo más considerable respecto de estos personajes sea precisamente aquella suerte de comunidad que moldean entre sí y que además de hermética, está determinada, otra vez, por el mismo desaliento que les hace bajar la cabeza.

Casi todas las historias transcurren entre los límites de alguna residencia para estudiantes, se resuelven a partir de dinámicas de convivencia que exigen dichos lugares y están marcadas por la rabia y la tristeza que causa moverse continuamente de sitio. Porque no hay casa: la idea del hogar se muestra como la versión profana del fuego sagrado e inextinguible que era para los griegos. Mudarse es también una rutina y este desarraigo de alguna forma refuerza la sensación de no pertenecer a ningún lado: “La libertad no era un lugar”, suelta en algún momento uno de los personajes.

En general los relatos suceden sobre un marco en el que procedimientos sociales, morales, familiares, y proyectos pensados para hacer en colectivo (revoluciones a nivel político, económico, artístico) han sido descartados. Las preocupaciones son personales: el goce más íntimo, el culto al cuerpo y los bienes materiales. Resultan tremendamente manifiestos ―de nuevo― el recelo y el escepticismo que ha sufrido la experiencia real ante la Historia y los metarrelatos de la autoridad, la religión y la política. El control (también aquí) se ejerce a través de la seducción de una oferta de consumo de objetos, imágenes, hechos concretos o simulacros que representan la posibilidad de la constitución de una nueva subjetividad. Es cierto que hay una confrontación a la autoridad que encarnan figuras masculinas, pero también es verdad que es mínima, aparte de que la monotonía es inquebrantable y escasa la voluntad de salir de ella: el resguardo se halla en la autocomplacencia, el consumo masificado y el menor contacto posible con los demás.

portada-granizoEditorial: Fundación Editorial el perro y la rana

País: Venezuela

Año: 2011

Texto: Carlos Ávila

Ilustración: Fiesky Rivas

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