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Inmaculada decepción: la estética del fracaso de Hugo Vera

La literatura del escritor chileno Hugo Vera Miranda remite a la figura oxímoron. Tal vez constituya la estética del fracaso más lograda de las últimas décadas. Se trata de un logro desproporcionado. Un logro poético.

Los núcleos de “mal sentido” del “sentido común” sostienen que el fracaso es el resultado de la inadecuación entre las ideas y las leyes del mundo exterior objetivo. Se suele establecer un vínculo estrecho entre el fracaso y el error. Pero el fracaso es algo mucho más deslumbrante, rico, profundo y contradictorio que eso. El fracaso no es solo carne de recuerdo para alimentar una conciencia desdichada. Es algo mucho menos ingenuo y mucho más complicado que una equivocación rastrera. Nadie tiene derecho a confundir la angustia y la desesperación con el dolor de estómago. Para Jean Cocteau la estética del fracaso era la más duradera de todas las estéticas, dijo alguna vez: “Quien no conoce el fracaso está perdido”. Porque el fracaso puede ser trasgresor.

La materia a la que recurre Vera Miranda para construir su literatura son los días, las ciudades y las existencias que transcurren como una prisión, las certezas devenidas en desolación, las voluptuosidades que irremediablemente inician desgracias, los sueños baldíos, los inextricables oráculos de las entrepiernas, el fascismo societal promedio, la violencia burocrática, la inminencia de matadero, los estragos de una cultura cuyos fundamentos son antieróticos, los reiterados desencuentros con la dicha o con la plenitud cósmica. A veces, él mismo provee directamente esa materia (o esa maraña). Sin filtros. Desde el fondo mismo de sus vivencias, sus sueños, sus pesadillas y sus alucinaciones. En otras ocasiones la toma prestada de otras identidades y de otros reinos flemáticos. Tanto de vagabundos, locos y transgresores seriales como también de personas despojadas: pusilánimes, amargadas, vacías como una cancha de fútbol vacía. Personas aplastadas por la rutina y el aburrimiento, que no son otra cosa que la prolongación de alguna miseria, de algún desamparo. Vera Miranda busca consustanciarse con las condiciones de lo que escribe. Claro está, sus modos no son los del etnólogo, sino los del poeta. Con exposición impúdica de tripas, rabia, desconsuelo, inocencia, maldad, amor. Desarrollando alguna interioridad extraña e indescifrable. Jamás con indiferencia.

Rozando de nuevo la figura del oxímoron, podría definir a los textos de Vera Miranda como piezas perfectas de belleza magullada. O belleza corrosiva. Por eso, precisamente, su obra posee el raro encanto de ser al mismo tiempo bella, cruda y justa.

Puesto a ejercer el odioso oficio de buscarle tercas remanencias de otras escrituras o parientes cercanos a este Parsifal magallánico, uno puede encontrárselos o asignárselos compulsivamente con el vacío emocional del gerente de una empresa multinacional o el de un criminal del tipo psicópata sádico. Podría evitar perfectamente este trámite glacial, esta impertinencia. No aspiro a orientar a los lectores y a las lectoras, no poseo brújulas, catafalcos ni soberbia, pero sí pretendo identificar una estirpe y colocar a Vera Miranda en un panteón literario donde merece estar por pura justicia literaria. Debo decir que si todavía no está allí, es por su perfil extremadamente bajo, tan bajo que ha dado lugar a versiones que plantean que su existencia corresponde al terreno de la mitología, que afirman que él jamás existió como producto biológico y que Hugo Vera Miranda es un personaje desmedido que inventó un genio encerrado en una botella de pisco (o de moscato) a modo de conjuro para sus horas de hastío y soledad. O porque le tocó ser periférico de la periferia de la periferia. O porque vive libre e intenso como el viento patagónico, desconectado de todo Parnaso e incluso de la dinámica de la historia más profana. O porque sabe que el público es una mentira, la más atroz. O porque aún tiene que gastar buena parte de sus días en faenas absolutamente extraliterarias para sobrevivir, mientras se caga olímpicamente en el mito del artista hambriento alimentándose de soledad. O porque nunca será “práctico”. O porque carece de un agente literario sagaz y emprendedor que le robe la plata pero lo haga famoso logrando que sus libros congreguen lectores y lectoras deseosos y deseosas de devorarlos. Yo sé que alguna vez alguna vanguardia lo descubrirá. Tal vez él esté vivo y pueda mandarla al carajo por manosearlo impúdicamente y/o por llegar tan tarde. Seguramente será mucho más tolerante con las mujeres incandescentes e inapelables, aun a riesgo de quedar varado en alguna palabra.

Su literatura se asemeja a la de Raymond Carver, es prácticamente igual de descarnada y reductiva pero mucho más personal. A la de Charles Bukowski, pero en una buena traducción (no española de España), prácticamente sin secreciones y mucho más lírica, más rica en estallidos poéticos. A la de Norman Mailer, pero sin la cuota de narcisismo autocomplaciente que lo llevaron a perpetrar sus páginas más anodinas. A la de Roberto Arlt, pero en lugar de darte un cross a la mandíbula te pega una patada en los huevos (cuando no un tiro en la boca). A la de Pablo de Rocka, pero más escéptica, más mordaz y más rápida de reflejos.

También fermentan sus páginas Geoffrey Chaucer, François Villón, Isidore Ducasse (conde de Lautréamont), Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Louis-Ferdinand Céline, Franz Kafka, Henry Miller, Jack Kerouac, Ítalo Calvino, Juan Rulfo, Gonzalo Arango, Gregory Corso, entre muchos otros más.

Minimalismo, realismo sucio, nadaísmo, hiperrealismo (que en Nuestra América no tiene otra alternativa que ser mágico), no alcanzan. Son moldes muy estrechos para la literatura de Vera Miranda. A pesar de todas las referencias, lo más certero y didáctico sería decir que su literatura tiene entonaciones de la canción “el ojo blindado”, del cantautor ítalo-argentino Luca Prodam y del tango “Vieja viola”, del compositor uruguayo Humberto Correa.

Una vez le pregunté a una mujer mapuche a qué se parecía el condimento a base de ají ahumado llamado merkén: “A nada”, me respondió. Insistí: “¿Es dulce o picante?”, “Las dos cosas”, me dijo y me lo dio a probar, seguramente para evitar otra pregunta absurda. Tenía razón. Con la escritura intensa de Vera Miranda ocurre lo mismo. Su estilo es único, trabajado y pulido en largos años. Por eso nos arrastra a la región de los estremecimientos. Por eso nos acribilla con sus sarcasmos. Y sin artificios. Su lenguaje es autónomo y se nutre de una mitología propia. Es implacable. Y hay que probarlo.

A comienzos de la década de los noventa salimos con Hugo Vera Miranda de un bar de Puerto Natales, el misterioso pueblo perdido en el fondo de la Patagonia chilena, sobre el océano Pacífico, donde nació y habita tozudamente. No recuerdo muy bien si salimos o nos echaron. Habíamos bebido una buena cantidad de Cervezas Pilsen Austral, las suficientes para sumar a nuestra mesa al Gauchito Gil, Sófocles, San Pablo, Søren Kierkegaard, Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Arthur Schopenauer, Federico Niestzche, Rosa Luxemburgo, Kiki de Montparnasse, Carlos Gardel, Violeta Parra y Janis Joplin, entre otros espectros. Había vértigo dionisiaco. Ganas de ponernos a contar las estrellas. Flotamos calle abajo, hacia el mar, en un amanecer espasmódico. A los pocos metros vimos venir de frente a dos monjas, dos caballos y dos bomberos en rigurosa simetría. Las primeras –en blanco y negro– por la vereda izquierda, los caballos –alazanes– por el medio de la calle y los bomberos –convencionales: rojos con cascos amarillos– por la vereda derecha. Cada dúo en una perfecta alineación. Si mal no recuerdo estábamos cerca del cementerio. Por cierto, un plus muy a tono con las circunstancias.

Pero lo que más perplejidad me causó fue la reacción de Hugo: hizo un gesto como diciendo, ¡otra vez! En efecto, con los años lo confirmé. Cuando uno caminaba con Hugo se exponía a la fulguración de las cosas. En Puerto Natales, Buenos Aires, Louisville o Kinshasa. A su paso, las calles repentinamente asumían un raro énfasis para dispersarse en misterios como arabescos. Uno comenzaba a presentir las almas perdidas en las ochavas, los poderes indescifrables que se ocultaban en el gris, los rostros tallados de pesadumbre, las miradas pesadas como una lápida y también la belleza residual. Hugo a veces me prestaba sus ojos de atisbador de densidades y de horadar el mundo (siempre fue un tipo muy generoso) y cada realidad abandonada, maravillosa, escalofriante, escatológica, absurda, se tornaba visible.

Hugo debería ser el capitán de la selección situacionista en el campeonato mundial de las derivas surrealistas.

Hugo es un gato negro, viejo y canchero que camina en la cornisa al borde de lo imposible.

Hugo es amigo de poetas, en acto o en potencia, que se ocultan tras profesiones honrosas, dignas y, a veces, lucrativas. De meretrices que tienen un retrato de León Tolstoi en sus cuartos. De hechiceras remanentes que conocen los poderes de todas las hierbas. De borrachos capaces de acuchillarte en cualquier esquina o de donarte un riñón sin titubear. De buscadores de oro que solo encuentran la cantidad necesaria para justificar el oficio de seguir buscando. De futbolistas que no tuvieron su oportunidad o que la desperdiciaron. De exboxeadores con récord negativo. De escritores de diccionarios y de libros personalísimos autoeditados que casi nadie lee. De exconvictos furiosos y tiernos. De empleados de la Nasa especialistas en ciencias ocultas y demonología. De prófugos de distintas instituciones. De predicadores sin auditorios. De profetas sin relieve. Todos y todas capaces de desarrollar una elevadísima cuota de jactancia a partir de sus ineficacias y sus insignificancias, de sus desdichas, de sus fracasos. Soberbios y soberbias en la derrota. Henchidos y henchidas de su absoluta falta de gloria.

Hugo es un poeta en verdad mayúsculo, en todos los géneros de la literatura que practica y en casi todos los oficios de la vida que ejerce.

Hugo conoce todos los oficios y todos los disfraces. Circunda fantasmas, aparatos de suplicio y verdades desnudas. Nos recuerda, una y otra vez, que todos los héroes son malditos desde nuestra aberrante y desarrapada normalidad, pero al mismo tiempo nos invita a vivir sin ellos.

Hugo es un escritor que se hace un puchero con el Cisne de Rubén Darío y te invita a comer. Te pregunta: “¿Pata o pechuga?”. Después descorcha el mejor vino que guarda, propone un brindis por las “ubérrimas frondosidades” y se caga de risa.

Yo sé que, cuando le llegue la hora, Dios y el diablo se lo disputarán –en un bizarro Armagedón– como compañero de juerga y trasnoche, como comensal o bibliotecario. Lo querrán tener a mano para que les pase viejos discos de pasta en su legendaria victrola Víctor. También cuando se hastíen de la eternidad de estar tocando fondo.

Espero poder volver a toparme con su sonrisa centelleante, caminar con él, a la par, de nuevo, algún día, por alguna frontera indefinida entre la memoria y la imaginación, en cualquier pueblo o ciudad del mundo.

Por ahora hay que conformarse con leerlo. Yo, que tuve la dicha de la vivencia directa, puedo dar fe de que sumergirse en sus textos es la forma más parecida de reconstruir esos trayectos mágicos e impredecibles.

 

Texto: Miguel Mazzeo

Lanús Oeste,

Provincia de Buenos Aires, Argentina,

junio (extremadamente frío) de 2016.

Portada: Collage de CN a la portada realizada por el artista Javier Molinero

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