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Hacer el pan de cada día

Foto: Orlando Herrera.
Foto: Orlando Herrera.

Cuando son las siete de la mañana y el sol recién está alcanzado todo el cerro, Pastora, María Fernanda, y Elizabeth, se ponen una bata blanca, un gorro sanitario, y preparan los instrumentos de trabajo: la mesada, las bandejas, y los insumos. Conversan entre ellas, asuntos de empezar el día, de trabajo y economías, y proceden a engrasar, pesar harina, manteca, levadura, medir agua y esencias de mantecado y vainilla.

A esa hora ya han abierto las puertas: la Panadería Las Barras, empresa de propiedad social, consejo comunal las barras y párate bueno -así indica el cartel en la entrada- funciona 12 horas por día. Los horarios de los turnos son flexibles, tres de las cuatro panaderas estudian, y han decidido que eso sea una prioridad, una apuesta estratégica.

Luego de preparar todos los elementos realizan la mezcla -con una amasadora fabricada en Venezuela, al igual que el horno-, y después de retirarla la pesan, dividen, crean las formas, y dejan elevar la masa. De a poco, van creciendo panes campesinos, dulces, sobaos, golfeados, y rosquitas, que, cuando su tamaño ha duplicado, son puestos a cocinar.

Casi a la una de la tarde retiran las bandejas de los hornos, han pasado seis horas desde el inicio de la jornada de producción. “Lo sabroso es transformar todas esas materias primas”, dice Elizabeth. Y esa sabrosura, además del esfuerzo de cada día, es resultado de un proceso de organización permanente, porque, en la actualidad de la guerra económica, conseguir los insumos se ha tornado difícil, a veces paralizante.

En esta empresa de propiedad social directa han construido una solución desde el año pasado: conformaron el Colectivo de Panaderías Socialistas, un espacio que reúne siete otras panaderías con las cuales lograron estabilizar la compra de harina de trigo a Monaca -la empresa abastecedora de ese insumo importado. Y además consiguieron establecer un acuerdo con Lácteos Los Andes para vender algunos de sus productos en sus locales -van ellos mismos con los camiones comunales hasta la empresa.

Así han garantizado producir las dos o tres veces semanales que necesitan, en la parte alta del cerro de Antímano, abasteciendo a los vecinos, que antes tenían que ir hasta la avenida que se encuentra abajo, muy abajo, en ese barrio de escaleras casi verticales, calles como laberintos y papagayos enredados en los cables eléctricos.

Y en la Panadería Las barras, la comunidad no solamente consigue panes, sino también, muchas veces, mayonesas y salsas de ajo en frascos que llevan una etiqueta que indica: Juana Ramírez la Avanzadora, y el retrato de esa mujer, protagonista de esta larga historia por la independencia y la libertad.

Foto: Milángela Galea.

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“Debemos ver la economía como centro de toda organización, y la forma de distribución de la riqueza tiene que ser equitativa”, explica Elizabeth, la más antigua en la panadería. El emprendimiento productivo fue impulsado por el consejo comunal del cual participa, quien, ante la dicotomía de si hacer panes o poner una textilera, realizó una encuesta en la comunidad. Desde esos días pasaron cuatro años. Entonces no existía la comuna Juan Ramírez la Avanzadora, fundada en mayo del 2014.

Al principio la panadería fue a pérdida: todos estaban comenzando, realizaban cursos para aprender el oficio, recetas de panes, cómo organizar una empresa de propiedad social -es decir autorganizarse-, manejar las ventas, los cuadernos de contabilidad. El segundo año las ganancias fueron pocas, y ya los dos siguientes los números comenzaron a acercarse a lo necesario.

Y en el 2014 lograron conformar los tres fondos de la empresa: el de mantenimiento productivo, el comunitario de reinversión social, y el de atención a las productoras. “Las personas que están aquí tienen que estar claras de los objetivos, no se trata del enriquecimiento de una o dos personas, esto es un trabajo colectivo, donde se trata de transferir conocimiento para que todas puedan producir el pan”, explica Elizabeth. Ganan entre 2.400 y 4.000, según las horas y los días trabajados, y en enero -”no en diciembre, por el consumismo”- cobran el aguinaldo.

La vida le cambió a cada una de las productoras. Pastora por ejemplo antes no tenía fuente de ingreso, y, como dice Elizabeth: “Ahora puede reírse más de lo que reía antes, tiene buena compañía y no está sola en su casa”. Y Pastora tiene una sonrisa, es cierto, una mirada como de haberse encontrado con ella misma y en colectivo en este momento de su vida, que ya ha recorrido varios caminos.

“Ya nosotras no somos las mismas, una se transforma, al principio es muy egoísta, pero luego comprende que solo en la unión se pueden cambiar las cosas”, reflexiona la comunera. Y es que en la panadería, desde la amabilidad de la venta hasta la producción colectiva existe una transformación: allí se busca practicar cotidianamente un trabajo no capitalista, liberador. Y eso, enmarcado en un entorno comunitario que también ha cambiado, se ha hecho más colectivo, atravesado cada vez más de cultura comunal.

Y como la economía es centro de organización -”el problema es económico, no se puede separar lo social de lo económico”, comenzó diciendo Hugo Chávez en el Golpe de Timón-, en la comuna han centrado esfuerzos en multiplicar experiencias como esta. Así nació la empresa de propiedad social de producción de mayonesa, salsas y mermeladas, los cultivos organopónicos en la terraza de la panadería -más 500 hectáreas que han conseguido para sembrar-, una herrería en construcción, un proyecto para una ferretería que ha sido recientemente aprobado, y existen ocho unidades de producción familiar –de textil, tejido, tapicería, muñequería, carpintería.

Pero, a diferencia de la panadería, estos emprendimientos no han logrado en muchos casos sortear el obstáculo de la guerra económica: en la actualidad por ejemplo no consiguen frascos, tapas y aceite en el caso de la mayonesa –o en números inferiores a lo necesario para alcanzar una rentabilidad socialista-, tampoco cemento para avanzar en la construcción de la herrería.

Y si bien algunos de estos insumos dependen del sector privado complices/protagonistas del desabastecimiento, otros deberían ser garantizados por las empresas del Estado, como el vidrio y el aceite por ejemplo. “No están produciendo lo suficiente, ¿por qué?, no sé, debe ser por saboteo o falta de control”, se pregunta y preocupa Elizabeth. Y es que la economía comunal es el último eslabón de la cadena productiva, necesita de todos los pasos anteriores, de ser parte de esa  “red que vaya como una gigantesca telaraña cubriendo el territorio de lo nuevo”, como señalaba Hugo Chávez.

Entonces la producción de mayonesa y de salsas oscila según lo que consigan. Pero no han bajado los brazos: en la comunidad muchos vecinos recogen frascos, que luego de ser esterilizados, son utilizados como envases. O, en el caso del pan, ante la posibilidad de no conseguir harina de trigo, han estado ensayando diversos tipos de harinas, como la de auyama, plátano, yuca, logrando sustituir en un 75% la harina de trigo –el problema de las vegetales es la falta de gluten, necesario para el pan.

Foto: Orlando Herrera.
Foto: Orlando Herrera.

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Existe un objetivo estratégico claro: “Debemos logar el control comunero en la producción, distribución y venta de alimentos”, dice Elizabeth, trayendo un debate de la comuna. Porque si producir  es salirse del lugar de consumidor al que el sistema rentista destinó/condenó a la inmensa mayoría de la población -con variables cantidades según las clases sociales-, repensar qué se consume es también una necesaria transformación.

Qué comer, dónde comprar, qué marcas, nacional o extranjero -¿una mayonesa comunera o de una empresa trasnacional?-, es un acto de cada día profundamente cultural. Entonces desde la comuna están intentando abordar los diferentes puntos de la cadena, lograr que quienes generaron colectivamente la riqueza se queden con los beneficios, y que quienes compren lo hagan a un precio justo.

Por eso por ejemplo el pasado sábado siete de febrero realizaron un mercado donde pusieron a la venta 16 toneladas de cítricos y hortalizas, todo a 40 bolívares el kilo. Y carne de chivo, a 200 bolívares. “Se trata de ser productores con una cultura liberadora y una buena planificación”. Ese es el análisis, la meta, puesta en acción en esa feria, que se realizó en simultáneo en tres otros puntos de la ciudad, como resultado de una política impulsada en articulación con la Red Nacional de Comuneros.

Los productos puestos a la venta fueron traídos de comunas rurales, como resultado del esfuerzo de hombres y mujeres. Porque detrás de cada tomate, lechoza o cebolla, existen tierra, manos, días, semanas y meses de trabajo. Así también con el pan, la mayonesa, la ropa, con cada producto de un anaquel, un mercado, una feria. Y quien controle el circuito puede ser el capital: importando, revendiendo y especulando; o el pueblo, organizado, con apoyo del Estado si es necesario.

Entonces en la comuna, la panadería, entre iguales reunidos, buscan avanzar en mayor capacidad de hacer y resolver colectivamente. Hasta invertir la pirámide, la imagen que Elizabeth trae una y otra vez al debate: “Que las decisiones sean desde las bases, qué queremos, cómo, de qué forma, cómo podemos. Los consejos comunales son la fuente articuladora, luego vienen las comunas, el consejo presidencial y finalmente el presidente, que es el último y debe mandar obedeciendo”.

Lograr la transformación productiva dentro del cambio político, es decir, cultural, de eso se trata -“El socialismo es democracia y la democracia es socialismo en lo político, en lo social, en lo económico”, explicaba Chávez en ese último golpe. Una dialéctica que en Juana Ramírez la Avanzadora buscan llevar adelante en sus prácticas cotidianas. Un horizonte que lleva horas de reuniones, consensos, esfuerzo, ensayos y error.

Y el proyecto productivo quiere ser más de lo que es: busca generar empresas de propiedad social para decenas/centenares de compañeros, crear una alternativa a un modelo económico y cultural. Donde el trabajo emancipe, formando parte central de ese gran país en movimiento hacia el socialismo. Para eso, como muestran las comuneras, no existe pueblo flojo, sino trabajo, inteligencia, perseverancia, una creación comunera, chavista, venezolana.

Texto: Marco Teruggi.

Fotos: Milángela Galea; Orlando Herrera.

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