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Fracasa mejor (Sobre Todas las batallas perdidas, de Miguel Hidalgo Prince)

Todas las sociedades apuntan el foco sobre esa suerte de extremo luminoso que es el éxito; hacia el polo opuesto, ocupado por la noción de fracaso, el individuo apenas sostiene la mirada. El resultado suele ser el de una conciencia colectiva sin posibilidad de desencanto: las caídas no provocan reflexiones sino nuevas fantasías. Digamos que los personajes de este libro corresponden a una contemplación diferente, casi contraria a estos dictámenes: se inclinan por pensar únicamente en la existencia y en derrumbarse sobre sus propias ruinas; sobrellevan un mismo carácter melancólico y se mueven bajo una especie de torpe indolencia, un poco como obligados a vivir. Al final acaban por desarrollar inmunidad a la frustración, y esto los mantiene ilesos e imperturbables. En una palabra, aquí cada quien acepta lo que le toca. Por supuesto, ante los ojos de las sociedades ―nosotros, los lectores―, se trata simple y llanamente de personajes que viven en el fracaso. Sin embargo no hay un sólo suicida en todo el libro, y la sensación al final de la lectura es la de un pequeñísimo impulso a seguir: si bien cada personaje lleva el desengaño impreso en sus rutinas solitarias, en sus agobios y en sus ánimos deteriorados, ninguno deja de intentar salir con dignidad de estas pequeñas penumbras. Hasta que lo logran. Es como si los caminos que recorren a diario los completaran repitiendo en un mantra aquella sentencia beckettiana que dice que en la vida todo da igual: “prueba otra vez, vuelve a fracasar y fracasa mejor”.

Se lee rápido: se trata de diez divertidos monólogos escritos con estupenda naturalidad. Las imágenes son llanas, lo que hace que la lectura sea agradable y fluida. Quizás algunos finales resulten abruptos (“Es sólo música”) y esto divida en dos el clima del relato; digamos que algunas historias funcionan más como la descripción de una situación a la que ―justamente― un giro repentino, o un gran salto en el tiempo, termina por conformarlas. Con todo, hay ocasiones donde estas inversiones cierran con un logro excepcional (“Quería fumar esta noche”). El humor tiene al menos dos caras: una reflejada en las acciones y otra en el lenguaje. La primera es drástica y caricaturesca: un personaje se limpia el culo con una planta que le produce urticaria y otro se golpea la frente con una piedra que él mismo ha lanzado. La segunda está determinada por un cambio inesperado en el registro: el uso delicado de la ironía tiñe las voces de una gravedad entre la cual no es fácil rastrear las pistas de una posible clave humorística. Por eso, expresiones como “hacerse una pajita”, “la vaina pelúa” y “el trompeteo de sus nalgas” se convierten en un accidente gracioso, debido a que rompe súbitamente con el clima.

Del conjunto sobresale “La isla de Xisca”: un cuentazo que narra el tiempo que pasa una pareja encerrada en un apartamento padeciendo un calor tremendo e intentando aplacarlo con mucho sexo; su rutina es apenas alterada por la presencia de un perro y la breve aparición de un extraño. El protagonista ―escritor y exlibrero― construye el relato al tiempo que describe su estructura, y lo que en principio parece una narración contenida en su propio retrato, se convierte poco a poco en un cuento sobre las emociones que no se comunican o se evaden y se quedan atragantadas en el corazón. También puede leerse como una insólita aunque genial representación de la soledad y la escritura como instrumento de liberación.

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Publicado por Bid&co, 2012.

Texto: Carlos Ávila.

Ilustración: Fiesky Rivas.

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