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Estúpida antropofagia de gimnasio

Siempre fuiste mi espejo,

quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Julio Cortázar

No son como nosotros

Uno de los deliciosos tormentos de salir a la calle y dejarme arrastrar por el enmarañado tráfico de la ciudad es el estropicio de discursos que me alcanzan como esquirlas de vidrios rotos. Como es de esperarse, por estos tiempos no es tan variado el tema que aviva el ánimo expresivo de la gente, casi todos hablan o gritan sobre lo caro que está esto y aquello, de cuánto subió tal cosa, que en menos de una semana tal otra cuesta el doble e incluso el triple cuando se consigue. Los comentarios me van asomando la perspectiva de mi gente, la de mi clase, y lo que me dibujan, a veces, no es alentador. Acá una señora, sentada junto a mí en la camionetica, va soltando para quien quiera agarrarlo, sin hacer siquiera contacto visual con nadie, un manojo de disgustos junto con un abultado racimo de interpretaciones y especulaciones. Lo va lanzando todo cual si fueran uvas rancias que estallan y dejan su impacto en el paladar psicológico de los oyentes. Por momentos las quejas devienen en frases enconadas contra “el colombiano, chofer de autobús, el bruto ese que ni siquiera pasó por la universidad y está ahí muy sentado en Miraflores”. Sigue discursiando la doña y lo que logro entender es que repudia la idea del todo para todos y del a cada quien según su necesidad, a cada quien según su capacidad. Presumo que un alma tan apaleada, como lo sugieren las manos trabajadoras de esta mujer, solo puede abrigar semejantes pensamientos porque la voz que nos susurra sálvese quien pueda ha logrado inocular muy bien su verdadero mensaje: aplasta a tus iguales.

Luego, vea cómo esta joven expresa su descontento al jefe (al de ella), como quien hace confesiones a un amigo cercano, a un familiar. Me refiero a la chica que atiende de 8 de la mañana a 5 de la tarde una ferretería en Bello Monte, la de piel clarita que contrasta con la umbría de sus cabellos, la que aún no termina sus estudios de Idiomas Modernos en la UCV y que vive por ahí cerca, arrimada en el apartamento de una tía muy muy viejita. Su descontento, comenta mientras me cobra un galón de pintura blanca, es contra la gente “evidentemente chavista que viene para acá a hacer colas y a llevarse todo lo que nos corresponde, porque de entrada se ve que no son de por aquí, no son como nosotros, vienen de por esos cerros, deberían prohibirles llegarse hasta acá, señor, si usted con solo mirarlas las reconoce, esas bachaqueras todas feas, despeinadas, con leguis y en sandalias, con los pies horribles, descuidados”. Su fastidio es legítimo, porque hay que decirlo, es legítimo molestarse ante las mafias organizadas de bachaqueros que desaparecen de los anaqueles los productos regulados, mafias que demuestran cada vez más un grado de orden que trasciende, como se sabe, las iniciativas individuales y que operan como circuitos delictivos que rinden cuentas a un sistema superior. Es incluso legítimo que la chica se indigne contra el Gobierno, por lo que podría entenderse como impunidad, complicidad (corrupción) o incapacidad para controlar la situación. Sin embargo, convengamos en que la muchacha parece irritarse más por el aspecto de las “bachaqueras” que por cualquier otra cosa, se impone en su discurso la discriminación y el desprecio hacia la gente no por sus actos sino por su procedencia y apariencia. Tan es así que la vendedora no duda en asumirse parte del “nosotros” que incluye al dueño de la ferretería, su patrón; se siente más afín al tipo que le negó el permiso de salir todos los días una hora antes para poder continuar sus estudios (derecho que la ley le garantiza), que a la gente de su propia clase, oprimida.

Horas más tarde, mientras el sol parecía guardarse contra la tierra como una enorme y refulgente cabeza de avestruz, escuché parte de la conversa de dos hombres que caminaban delante de mí por la Plaza Caracas: “Mira, chamo, y parecen tipos serios, es lo que más arrechera me da, esos bichos de la MUD, esos escuálidos son maricos, y le mienten al pueblo con el cuentico de que tienen esposas y en realidad son una cuerda de patos toditos, sinvergüenzas”. Sentí el impulso de alcanzarlos, de sacudirlos desde los hombros y decirles: “Mientras pensemos así, señores, estaremos perdidos en el marasmo de nuestra propia porquería”. Cuánto bien hace al sistema que nos detengamos en animadversiones desprovistas de justicia, pues de tal modo somos semejantes a perros obstinados en morder huesos, en lugar de enfilar toda la energía contra lo realmente nocivo. Lo perverso de los líderes opositores no serán jamás sus preferencias sexuales (diversas entre ellos y ellas tanto como en el chavismo, así como ha sido y debe seguir siendo en los anales de la historia de todas las culturas), lo perverso es la mentira, el desprecio y odio que sienten por un pueblo emancipado contra los desmanes del capital.

La difícil situación económica ha hecho hervir hedores y malsabores del caldo de contradicciones que nos conforman. Lo que no quiere decir que se justifiquen nuestras miserias humanas, sencillamente se hacen imposibles de ocultar, brotan como úlceras y quedan expuestas ante el olfato y la mirada de todos. No se trata únicamente de carencia material lo que determina el clima de angustia que vivimos, lo verdaderamente preocupante es el reguero de alimañitas que han estado latentes debajo de una capa de conformidad que fue bruscamente retirada. La capa: cierta holgura y estabilidad económica. El reguero de alimañitas: homofobia, racismo, envidia, egoísmo, machismo, hipocresía, xenofobia, y un triste y pegajoso etcétera. A veces me siento abatida, como si un zapatazo volteara la quijada de mi ánimo. Sospecho que un sentimiento similar motivó a Stefania la escritura de su cuento; al que me referiré ipso facto.

La gente rara siempre es perseguida

“El sauna es una sensación maravillosa. Purificante. Se recomienda colocar un paño mojado y frío sobre el busto para que no se caiga. El calor es pánico en esta zona tan delicada de la piel. Y de hecho, todas entramos desnudas, protegiéndonos los senos y el cabello”. Con estas líneas inicia “Gimnasio”, escrito por Stefania Mosca. Se trata de un relato cuya voz narrativa en primera persona muestra desde el inicio la perspectiva de una mujer que dedica tiempo y esfuerzo al cuidado de su cuerpo, pero que además aparentemente sin conciencia de lo que teje, a medida que avanza en la narración va mostrando a su confidente (la lectora, el lector) un interesante lienzo: suerte de etnografía sobre la cotidianidad femenina en un gimnasio caraqueño clase media. “Hay todo tipo de personas en este gimnasio. Señoras decentes y señoras de la vida. Estudiantes, señoras artríticas, candidatas al Miss Dosmiluno o cualquier cosa”, dice la mujer en el tono confesional que mantiene párrafo a párrafo y que nos permite ser testigos de que la piel del contorno de los ojos de su instructora se muestra un poco seca.

Es especialmente gráfica la descripción de los “transfor” (así se refiere quien narra a las transgéneros y transexuales) que circundan la avenida en la que está ubicado el gimnasio, y que empiezan a llegar cuando fenece la tarde: “La gente rara siempre es perseguida y ellos, sus bocas fucsias y sus mejillas rugosas, su voz simulada y sus imbatibles senos redondos, su perfume dulce y la manzana gruesa de sus cuellos, tienen que salir corriendo”. La narradora demuestra tenerles algo como miedo o repudio: “Pero justamente por la presencia de los transfors, la clase de las cinco de la tarde nunca me ha gustado. Es la hora en que empiezan a llegar, a provocar desde la acera a cuanto incauto transcurre por la avenida”. En este punto de la narración se refiere con algo de énfasis a una tal Lola, trans alta y rubia que resalta entre las demás.

No imaginan cuán difícil es para mí diseccionar malamente la pieza que con tanto genio logró la autora del cuento, sin embargo debo advertir a quienes no lo hayan leído que no solo me veo obligada a hacerlo (atasajar) sino que además me toca inevitablemente hacer lo que quizá la mayoría odie: contar bien a mansalva el final que conserva en unas líneas magistrales el efecto sorpresa que reviste de un especial sentido todo el relato. No tengo otra opción para alcanzar el cometido de mi reflexión. Voy pues, directo al desenlace: un viernes, la protagonista se vio forzada a asistir a la clase de las 5 y media, lo que significó para ella salir pasadas las siete de la noche y como era de esperarse se encontró la avenida concurrida de trans. Se afana en llegar al carro estacionado “ahí mismo”, pero cuando gira el suiche para encender el motor una falla del carburador le impide arrancar. Espera un momento (desesperada por lo que ve venir por el retrovisor derecho: se aproxima una trans), vuelve a girar, pero nada, el motor no reacciona. “Qué querrá Lola conmigo, yo le conozco el nombre como todo el mundo por estos lugares, es la transfor más famosa de la ciudad”, se dice a sí misma y nos dice, mientras insiste con el bendito suiche. La cosa es que de un momento a otro Lola abrió la puerta del copiloto, se montó en el carro y le dijo que se sentía mal, que por favor la llevara para su casa (la de Lola, claro). “Cómo oponerme, si a la hora de la verdad Lola es sendo varón que me clava dos manos en la cara y me deja en el piso”, piensa con absoluta lógica la mujer: “—Esto… pero… ¿hasta dónde?”, pregunta ella; “—Tranquila que yo te digo. Arranca”, responde Lola. “Y fue su orden tan imperativa que el motor se puso en marcha”. Lola la fue guiando, dobla a la derecha, dobla a la izquierda, sigue por esta calle, cuidado con el hueco, todo esto mientras curioseaba confianzuda entre las cosas de la mujer que obediente manejaba. La narradora cierra así la historia: “Me dejé llevar por las indicaciones de Lola sin preguntarme dónde estábamos ni hacia adónde íbamos (…) Cuando llegamos a la dirección que me indicaba, estábamos por un milagro indemostrable, frente a mi casa. Lola se bajó del carro, tenía mi bolso en la mano, mi ropa puesta, mi perfume, el carnet del gimnasio. Me saludó al subir las escaleras hacia mi edificio y yo arranqué sin saber dónde quedaba mi nueva casa, sin saber nada de mi nuevo edificio”.

Lo que sugiere esta maravilla de final abierto es, así lo asumo yo, que desde el principio es Lola (la “transfor”) quien nos relata sus días y rutinas de gimnasio, escindida radicalmente de sí misma desconoce quién es en realidad. La escritora construye con esmero y oficio demiúrgico un personaje que trata con la distancia, displicencia e ignorancia con la que suele tratarse lo “otro” a aquello que en estricto rigor es él mismo. El deseo irrefrenable de negarse a sí con toda la complejidad de su naturaleza (psíquica, física, humana), el rechazo que siente, producto del constructo social al que añora pertenecer, enajena de modo patológico a Lola. Incluso encontrándose consigo, estando frente a frente, o por mejor decir, lado a lado, persiste el desconocimiento, la disociación. El “milagro indemostrable” de ver a quien ha considerado siempre la otredad vestida con sus ropas, oliendo como ella, subiendo hacia su casa, no parece hacer dudar a la protagonista de su identidad, sino que más bien se aferra a la idea de que un “nuevo edificio”, del que nada sabe, la aguarda; un nuevo edificio, como decir la continuidad de su absurda ficción. ¿No es, acaso, igual fenómeno el que encarna el pueblo que se desconoce a sí propio? ¿No es la alegoría precisa para retratar a quienes perteneciendo a la clase oprimida la niegan, la desconocen, la injurian, la condenan, y así se niegan, se desconocen, se injurian y se condenan ellos mismos?

Mi odio contra mí

Hoy, a mediados de la segunda década del siglo xxi, cuando la situación político-económica mundial se torna cada vez más hostil, se hace indefectible reconocer que la mayoría de nuestras reacciones, percepciones, análisis y determinaciones ante lo que se asume como realidad, han estado en gran medida condicionadas por un “patrón de poder”, según califica Aníbal Quijano al sistema de dominación imperante en nuestras sociedades a partir de la conquista de América hasta la actualidad. Esto quiere decir que la subjetividad, esa que nos permite dar sentido al conjunto de experiencias individuales y colectivas, ha sido modelada en procura de reproducir mecanismos de exclusión a través de los cuales se invisibiliza, oprime, margina, niega, reprime, explota y manipula a los sujetos diferentes al perfil de hombre / blanco / heterosexual / urbano / propietario, con el que se identifican las élites dominantes.

Gramsci se afanó en explicar la gran importancia de la cultura (entendida como el conjunto de valores que caracterizan una sociedad) puesto que tenía por seguro que gracias a este conjunto de valores se asumen o rechazan los distintos patrones de poder. Habló entonces de hegemonía para referirse a la preeminencia de unas determinadas perspectivas y relaciones con el entorno, que implican fuerzas políticas, económicas, sociales y culturales, establecidas tanto por coacción como por consenso colectivo. De allí que algunos seguidores del discurso gramsciano coincidan en que una gran parte de hombres y mujeres comparten maneras de entender el mundo, pero no son conscientes de los mecanismos que los llevan a sostener sus puntos de vista.

Partiendo de estas reflexiones, se podría entender la noción del poder hegemónico actual, como aquel que nos induce a la naturalización de ciertas jerarquizaciones sociales que llevan implícitos dualismos del tipo: hombre / mujer; blanco / no blanco; burgués / obrero; heterosexual / no heterosexual; europeo / no europeo; en los cuales por supuesto el primero está siempre legitimado como superior respecto del segundo. Estoy segura de que muchos lectores han escuchado o tal vez incluso enunciado frases como: “es negra, pero bonita”, “es mujer, pero inteligente”, “es pobre, pero honrado”, “es marico, pero serio”. Esas entre muchas otras locuciones ejemplifican con bastante claridad cómo nuestros discursos en la cotidianidad reflejan prejuicios de los cuales somos víctimas, y al detenernos a analizarlos notaremos (ojalá con espanto) que muchas veces damos por hecho que los afrodescendientes son feos, las mujeres brutas, los pobres tramposos y los homosexuales abusadores. Digo que somos víctimas de tales prejuicios, lo que no quiere decir que estemos exentos de parte importante de la responsabilidad de ese hecho, no solo porque (insisto) las más de las veces quienes emiten juicios protofascitas operan más como piezas de una máquina que como sujetos enterados de las lógicas que dan sentido a sus percepciones, sino también porque tales lógicas han llevado a los desposeídos de la tierra a repudiar a los desposeídos de la tierra, lo mismo que decir mi odio contra mí. Me viene un término a la cabeza: antropofagia.

Vemos así que lo macabro de esta estructura dentro de la cual estamos insertos es sobre todo el hecho de que quienes nos encontramos en situación de “inferioridad” la mayor de las veces no nos resistimos al poder que nos domina y, peor aún, nos convertimos en agentes reproductores de nuestra propia opresión. Una parte numerosa del pueblo (chavista y antichavista, los propietarios capitalistas no son pueblo) responde a estímulos que lo llevan a contribuir con la construcción de universos simbólicos (subjetividades) que lo alejan de la posibilidad de aportar soluciones a sus problemas y que más bien lo hacen herramienta de poderes cuyos intereses no coinciden ni coincidirán nunca con los suyos (los nuestros). Aludo a un sector del pueblo asalariado que ofrenda su energía vital 8 horas (o más) por día, cinco, seis y hasta siete veces por semana, todos los meses del año, y a quien por tanto conviene que el orden de las cosas sea estructuralmente subvertido: la señora de la camionetica, la muchacha de la ferretería, los hombres que atrevasaban la Plaza Caracas, tal vez usted lectora, lector, indiscutiblemente yo, y por supuesto muchos de quienes han vendido indignamente sus almas al diablo del contrabando y del bachaqueo: al truquito y la maroma sobre los que canta Henry Fiol. Pero mientras persista la negación de un jodido hacia otro, que es al propio tiempo no-reconocimiento de sí, como en el caso de Lola, estamos frente a un enfermo que escupe la única medicina que ofrece mejoría, estamos frente a un desclasado.

No obstante, sería injusto y peligrosamente derrotista no iluminar las yerbas buenas que crecen abundantes y verdes para la vida, la lucha de tanta gente contra sus alimañitas, revolucionando el afuera desde su propia intimidad, intercambiando o regalando alimentos, medicinas y cualquier producto sin que medie la usura, aferrándose a sus oficios y no a la compra-venta perversa de lo fácil, leyendo, investigando, escribiendo, enseñando, estudiando, estudiando, estudiando. Ese es el ritmo ejemplar de mujeres y hombres que caminan contra el cardumen. Cardumen infausto que se desboca hacia un vacío: destruyendo, robando, matando, mintiendo, despojando al otro, que a fin de cuentas, ya lo dije pero vale repetir, es igual a destruir, robar, matar, mentir y despojarse a sí mismo.

Texto: Yanuva León.

Portada: Daniel Duque.

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