Tú estás aquí
Inicio > Emancipadxs > “El esclavo como cosa despreciable” (fragmentos de Historias del Paraíso, de Gustavo Pereira)

“El esclavo como cosa despreciable” (fragmentos de Historias del Paraíso, de Gustavo Pereira)

Pese a la firme disposición y aunque en líneas generales lo logran, no pueden los esclavistas despojar por completo a estos hombres de sus creencias y tradiciones. Ellas se integrarán paulatinamente a la irredenta savia caribeña y conformarán parte sustantiva del alma colectiva. Los hechizos africanos, sus personajes quiméricos y sus dioses trasponen miserias, castigos y ergástulas y se enraizan en el venero colectivo. Los mandingas negros cruzan por los sueños de los amos blancos como rayos en la tormenta, los nictálopes se metamorfosean como aquel Mackandal que en las noches de Haití azuza las insurrecciones volviéndose pájaro, culebra, pez o mariposa. Las brujas voladoras de Curiepe, en la costa venezolana, son expertas en amoríos distanciados, en filtros y pócimas milagrosas. Una nube alucinante, melancólica y expectante, expresada en canciones indescifrables y ritmos salvajes que se repiten como murmullos o resonancias de ramas de árboles, pero que no son en verdad sino caricias de tambor y nostalgia amarga, sale a volar desde el corazón mismo de África y se acuna en las arenas antillanas como furtiva yerba.

El colonizador ha sembrado, sin quererlo, pródiga y ardiente semilla en el alma de América.

En las plantaciones el látigo es dueño y señor y la jornada de trabajo abate de sol a sol. Los castigos se suceden con ferocidad y frecuencia inhumanas. Las leyes creadas para mitigar o condenar las crueldades ejercidas sobre los esclavos son por lo común letra muerta. Al igual que ocurre con la legislación sobre los indios, los colonos hallan siempre la forma de “acatarla, pero no cumplirla”. Por lo demás, al no poder rendir válidamente testimonio –por ser considerado un bien mueble, poco menos que una cosa despreciable–, el esclavo castigado o mutilado carece de medios de prueba para demostrar nada. Una resolución de la Asamblea de Jamaica establecía en 1684 que

… si algún esclavo castigado por su amo, por su fuga u otra ofensa, perdiera la vida o un miembro, nadie será responsable ante la ley; pero cualquiera que matase un esclavo sin motivo, por desenfreno o por el gusto de hacerlo, será condenado a tres meses de prisión y a pagar 50 libras al dueño [Por el contrario] si un negro esclavo da un golpe a cualquier persona, excepto si es en defensa de su amo o de los bienes de éste, será por la primera vez severamente azotado… por la segunda vez severamente azotado y su nariz cortada de un tajo y la cara quemada en distintos lugares; y por la tercera vez, llevado ante los jueces y tres hombres libres para que le den muerte o cualquier otro castigo que estimen conveniente.

Los colonos ingleses de Jamaica, la más importante de las posesiones británicas en el Caribe, son particularmente meticulosos en las previsiones punitivas contra sus esclavos. Richard Hart incluye en su obra extractos de sentencias pronunciadas en las cortes de Jamaica contra africanos acusados de fuga u otros “delitos”. El macabro ensañamiento de estos jueces parece obra del moderno cine de terror:

1776: Jack, por fuga, sentenciado “a ser inmediatamente trasladado al lugar de la ejecución y allí ser ahorcado, y su cabeza ser cortada y expuesta en el lugar más concurrido de la hacienda”.

1776: Plato, por haberle encontrado encima carne fresca, perteneciente a la hacienda Roseelle, por directa violación de una ley de esta isla, se le condena a mutilación de ambas orejas al ras de la cabeza, a trabajar con grillos durante doce meses y ser traído a Bahía de Yallaks el primer lunes de cada mes para recibir 39 azotes en su espalda desnuda con un látigo de nueve ramales.

1783: Priscilla, por fuga (simplemente) condenada a que le fueran cortadas inmediatamente ambas orejas a ras de la cabeza, y recibir 39 azotes el primer lunes de cada mes durante un año y trabajar con grilletes durante ese tiempo.

1780: Jackson, sentenciado a “cortarle la oreja derecha a ras de la cabeza, su nariz abierta en dos y ser marcado en ambas mejillas con el hierro de la plantación… (Ibid.).

En el Código Negro promulgado por los franceses en 1685 para regular el tratamiento a los esclavos se dispone hasta de su régimen alimenticio. Parte de su articulado está dirigido a evitar los malos tratos indiscriminados, excepto los azotes por faltas cometidas en el trabajo, aunque en los hechos es mejor respetado en su parte represiva. Todo intento de fuga es rigurosamente sancionado: una primera tentativa conlleva el corte de las orejas y marca con hierro a un costado de la espalda; la segunda, corte de una nalga y marca con hierro en el otro costado de la espalda; la tercera, la muerte.

El esclavo, bien mueble, carece de personalidad jurídica; no puede ser testigo ni parte en los procesos ni poseer en propiedad ningún bien. Al contrario, puede ser vendido, embargado, hipotecado. Por añadidura, tiene prohibidas las reuniones nocturnas y el consumo de alcohol. Los propietarios pueden manumitir a un esclavo solo después que este les hubiera servido 20 años. Por lo general, en las colonias francesas e inglesas las manumisiones fueron poco numerosas y casi siempre de hijos bastardos de blancos y negras. Los prejuicios raciales, más fuertes entre ingleses y franceses que entre los españoles, relegan sin embargo a estos manumisos mestizos a una nueva discriminación. “La esclavitud ha impreso una mancha imborrable sobre la posteridad de los negros y en consecuencia los que descienden de éstos no pueden entrar nunca en la clase de los blancos”, escribe el redactor del Código Negro, Colbert.

La discriminación en las colonias constituye el antecesor directo del moderno apartheid. En las Antillas francesas había alrededor de 650.000 esclavos negros en vísperas de la revolución de 1789 (de los cuales 450.000 estaban en Santo Domingo), contra 65.000 blancos. En las inglesas se contaban 462.000 esclavos contra 58.000 blancos, mientras que en las españolas la proporción se invertía (120.000 esclavos contra 250.000 blancos). El número de manumisos era significativo para fines del siglo XVIII: 33.000 en las colonias francesas, 135.000 en las españolas y solo 7.000 en las inglesas.

Con los africanos ocurre lo mismo que con los indios. Pretexto común para justificar su esclavización o segregación es su supuesta inferioridad. Si los aborígenes americanos son acusados de indolentes, perezosos, sodomitas, antropófagos, ingratos y viciosos, los africanos no lo son menos. Un vocero de los esclavistas ingleses, el historiador Edward Long, escribía a comienzos del siglo XVIII refiriéndose a los negros:

En general carecen de inteligencia, y parecen ser incapaces de hacer algún progreso en civilidad y ciencias. Entre ellos no existe un sistema moral. La barbarie hacia sus hijos rebasa aquélla de los animales. Carecen de sensaciones morales; su único placer son las mujeres; comen y beben en exceso; no desean otra cosa que vaguear (…) Es dudoso poderles atribuir cualidades superiores a los africanos del pasado, pues los encontramos representados bajo los personajes más odiosos y despreciables entre los autores romanos y griegos; tan orgullosos, haraganes, engañosos, ladrones, adictos a todo tipo de bajas pasiones y listos a promoverlas en otros, incestuosos, salvajes, crueles, vengativos, devoradores de carne humana, bebedores de sangre humana, inconstantes, ruines y cobardes, creyentes de toda clase de supersticiones; y, en pocas palabras, adictos a todos los malos vicios que se encuentran en su camino o que están a su alcance (Hart, op. cit., p. 89).

Que los grupos sociales sujetos a la dominación señorial y a su consiguiente carga de violencia y degradaciones no destaquen en iniciativas intelectuales, y se abatan por cortos o largos períodos en la más estéril postración, parece una constante en la historia de la humanidad. Esta nos enseña, además, que la esclavitud encubierta bajo formas de servidumbre, peonaje o trabajo asalariado no genera fuerzas más lógicas (y desde luego antagónicas) que la oscura y silente domesticidad o el espíritu de la emancipación. “Toda emancipación es reconducción del mundo humano, de las relaciones humanas, al hombre mismo”, sostenía el joven Marx. En los Grundrisse, ya instruido de las aberraciones del régimen colonial inglés, comentaba con sorna las protestas de un plantador de Jamaica, quien “con gran indignación moral, a manera de alegato para que se reimplantase la esclavitud”, quejábase en un número del Times de noviembre de 1857 porque los negros libres de la isla se contentaban con producir lo estrictamente necesario para su propio consumo y consideraban que, “amén de este valor de uso”, la holgazanería (indulgence and idleness) era el artículo de lujo por excelencia. Como les importaba un pito el azúcar y el capital fixe invertido en las plantaciones, más bien se regodeaban con irónica y malévola alegría de la inminente ruina del plantador y hasta el cristianismo que se les enseñó lo usaban solo para cohonestar esa indolencia. Habían dejado de ser esclavos, acota Marx, pero no para transformarse en asalariados, sino en “self-sustaining peasants (campesinos autosuficientes) que trabajan para el frugal consumo”. (El capital dejó de existir enfrentado a ellos como capital, puesto que la riqueza objetivada en general solo existe, una de dos, o por el trabajo forzado, inmediato: la esclavitud, o por el trabajo forzado, mediato: el trabajo asalariado).

Las grandes mayorías desposeídas de América Latina descendientes de indios y negros fueron sustraídas de su verdadero destino humano, sumidas en la alienación del régimen de explotación y servidumbre establecido por los imperios coloniales y sus factores locales. Los productos de su actividad física e intelectual, sus capacidades y expectativas, se hicieron y aún se hacen bienes sujetos de apropiación por minorías poderosas. Los derivados de su trabajo social no les pertenecen o son trocados por otros que satisfacen necesidades artificiales creadas por el propio sistema envilecedor. Su impotencia ante el orden establecido les conmina a aceptar acrítica o resignadamente las fuerzas y agentes que las oprimen (guerras, propaganda, antivalores, pseudoreligiones, sectas, vicios, evasiones, relaciones de explotación, aparatos de poder), los cuales suponen sobrenaturales o lógicos dentro de un orden preestablecido por Dios. Siglos de sometimiento y degradación han adormecido o abaldonado sus conciencias y se tienen por víctimas irremediables de una situación que imaginan eterna. En tal estado de postración toda indolencia, indiferencia, apatía, marasmo espiritual o resignación no pueden ser extraños hasta que, llegada la hora, las condiciones objetivas y el impulso de vanguardias organizadas pueda el despertar advenir como torrente.

La violencia colonial –escribe Sartre en el prólogo de Los condenados de la tierra,  de Franz Fanon– no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten todavía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se dirigen contra el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en su tierra y con el látigo obligan a cultivarla para ellos. Si se resiste, los soldados disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona.

Referencias:

J. Dauxion Lavaysse, Viaje a las islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela en la América meridional (traducción de Angelina Lemmo e Hilda T. de Rodríguez), Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1967, p. 116.

Marx, Escritos de juventud, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1965, p. 66.

Marx y Engels, Materiales para la historia de América Latina, p. 238.

Franz Fanon, Los condenados de la tierra, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, p. 14.

Texto: Gustavo Pereira. Historias del Paraíso. Tomo I. Fundación Editorial el perro y  la rana, Caracas, 2014.

Foto: Emmanuel González

Comentarios

comments

Top