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27F fragmentos de la memoria: ENTRE LA REPRESIÓN Y EL ESTALLIDO

ENTRE LA REPRESIÓN Y EL ESTALLIDO

Luis Cipriano Rodríguez

UNA PROTESTA DEL PUEBLO

Resulta evidente que el 27 y 28 de febrero hubo un estallido social. Su modalidad y procedimiento fueron distintos a los de otras experiencias venezolanas del pasado; sin embargo, esta también fue una protesta contra explotadores y opresores de diverso signo.

El abasto, la carnicería y la camioneta de pasajeros fueron esta vez los símbolos inmediatos de una vida cotidiana caracterizada por diferentes formas de violencia; consiguientemente, la acción espontánea de los manifestantes se orientó hacia tales negocios, quemándolos y saqueándolos. Durante esos días “hubo de todo”, con múltiple participación desesperada, donde diferentes capas populares —incluyendo sectores medios— desbordaron sus descontentos, frustraciones e incluso, deformaciones. Son muchos los juicios que se han emitido al respecto. Arturo Uslar Pietri dijo que “sentía vergüenza por estos signos de barbarie”.

Juan Ñuño afirmó que “esta acción sorpresiva era solo una borrachera”. La gran prensa burguesa editorializó acerca del “vandalaje de los saqueadores”. Basta revisar los diarios y revistas de entonces para darse cuenta de tan aristocráticos y despectivos epítetos suscritos por la élite intelectual contra nuestro pueblo. Pero hubo también otras apreciaciones en torno de esta movilización. El presidente Carlos Andrés Pérez la calificó de una lucha de “pobres contra ricos”; el rector de la uCV, Luis Fuenmayor Toro, dijo que era una contienda de “pobres contra pobres”, y el expresidente Rafael Caldera la interpretó como la respuesta de “los hambrientos de los barrios” contra la vitrina de una democracia que, en vez de resolverles sus problemas, les impone sacrificios propuestos por el IESA y el FMI.

Abundan, pues, las interpretaciones. Por nuestra parte, en un artículo que publicó Últimas Noticias, dijimos lo siguiente:

El pueblo engañado y desmovilizado despertó inesperadamente para pasarle la cuenta, en primer término, a los gobiernos de Herrera Campíns y Lusinchi, los cuales despilfarraron los petrodólares y, además, endeudaron gravemente al país, corrompiéndolo hasta límites suicidas. En segundo término, al gobierno de CAP cuyos ministros neoliberales (empresarios y tecnócratas) impusieron un paquete económico agresivo contra el estómago y los bolsillos de las mayorías. Reaccionó, igualmente, contra la Banca Internacional y el Fondo Monetario, aunque The New York Times rechace esta apreciación. Luchó también contra los banqueros criollos y las grandes roscas mercantiles explotadoras, acaparadoras y especuladoras que, junto con los intermediarios menores, arrinconan a los consumidores del pueblo y de las clases medias.

Luego añadimos:

Finalmente, le pasó la cuenta a las centrales obreras (particularmente al burocratismo de muchos cetevistas), a las organizaciones sociales y culturales y, por supuesto, a las izquierdas, incluyendo a los abstencionistas, espontaneístas y antipartidos, dispersos en siglas inútiles cada vez más desvinculados de las bases populares.

La Direccion de Cultura de la uCV, la Catedra “Pío Tamayo” y algunos institutos de esta misma universidad adelantaron foros acerca de dicho asunto. De igual manera, otras universidades, gremios, círculos, ateneos e instituciones del país. La revista SIC analizó ampliamente en sus dos últimas entregas las causas e implicaciones del mismo. También el semanario Tribuna Popular, y algunas otras publicaciones como: Sin Tregua, Neo-Dossier, Pauta Libre, etc. Las revistas Referencia, y F-27, de próxima aparición, harán igualmente apreciaciones que contribuyan a interpretar estos hechos. Tal es el propósito, ahora, de Tierra Firme.

De los materiales publicados hasta hoy, y de las ponencias expuestas en foros, encuentros y talleres, cabe resumir algunas características:

a) El estallido del 27 de febrero fue principalmente social, aun cuando llevó implícitas algunas motivaciones políticas.

b) Fue, sobre todo, una protesta espontánea, casi sin dirigencia, donde hubo, en alguna medida, hechos inéditos: el liderazgo de los «malandros» sobrepasó el liderazgo de los políticos y dirigentes sociales o vecinales.

c) Durante los acontecimientos convergieron diversas conductas psicosociales, a veces contradictorias entre sí. En ocasiones, la protesta se desbordó enfrentando a sectores del propio pueblo, perdiéndose la perspectiva del verdadero enemigo social o político.

d) La predominante ausencia de dirección política y de programa concreto hizo que la respuesta represiva del Estado fuera más violenta (más de 3.000 muertos); además, profundizó la posterior derrota de una jornada cuyas lecciones podrían perderse hoy en las manos de una izquierda todavía mayoritariamente dispersa y sectaria.

e) Más allá del menosprecio elitista de los uslar y los Ñuño, la acción protestataria de febrero marca el despertar de varias capas populares, mediatizadas ayer por la ideología dominante, amedrentadas por la violencia endémica de nuestro entorno, y desmovilizadas por la pasividad o el derrotismo. Desde luego, dicho despertar no garantiza la continuidad de un proceso transformador. Por otra parte, es posible que algunos analistas despierten de aquel espejismo donde alimentaron la singularísima ilusión de convertir el 27 de febrero en una «antesala prerrevolucionaria».

Créditos: Del libro El Caracazo, Fundación Editorial el perro y la rana. Colección 4F, 2012. De la compilación: Revista Tierra Firme, (artículos que recogen las impresiones de los sucesos del 27 de febrero de 1989, mejor conocido como “El Caracazo”).

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