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El mejor narrador

Una vez estaba hablando con R en el Metro acerca de cuál era para ella el mejor narrador venezolano, cuando un señor que nos escuchaba unos asientos más allá nos interrumpió. El mejor narrador venezolano de todos los tiempos, dijo el señor alzando la voz, no es otro que el grandioso Aly Khan. Nosotros nos quedamos en el sitio: aclararle que hablábamos de otro tipo de narradores no sólo era una estupidez, sino que además no había forma de contradecirlo.

Pienso que cualquier hecho es en sí mismo inenarrable, lo verdaderamente urgente es la necesidad de contarlo. Es el estilo sin embargo, cierta deformidad particular en cada quien, lo que fija la efectividad de un relato. Estos modos varían por supuesto, y la narración puede terminar siendo impulsiva, irónica, distante: hay tantas narraciones atropelladas como reflexivas u observacionales. Pero qué es un buen relato sino una historia que le interesa por igual a quien la cuenta como a quien la escucha o lee. Está el relato de los sueños por ejemplo: cuando atendemos a la narración de un episodio onírico, el significado de la historia no posee la misma importancia para quien la refiere que para quienes la acogen. El detalle está otra vez en el estilo: la capacidad de transmitir cierta emoción peculiar. Podríamos decir incluso que el presupuesto de las artes es la mirada: aunque los narradores no sean reales, sí lo es el dispositivo del cual echan mano al contar. Para que la realidad revele lo real, decía Piglia, la realidad debe convertirse en ficción.

Ponía como ejemplo el mismo Piglia la forma del relato en los partidos de fútbol por radio o televisión, donde se halla un narrador y un comentarista: mientras uno cuenta y describe, el otro reflexiona, es decir, mientras uno avanza, el otro indaga sobre el sentido del relato. La aseveración es irrefutable en Argentina, donde el fútbol goza de un lugar esencial. Sin embargo me pregunto cuál tipo de narración deportiva destacaría popularmente en Venezuela. ¿La del béisbol? ¿La del básquet? No lo sé. Pero una podría ser aquella que indicó indirectamente el señor que nos interrumpió a R y a mí aquel día en el Metro: la de las carreras del llamado 5 y 6.

La entrada en Wikipedia que corresponde a Virgilio Decán, es decir, a Aly Khan, lo precisa como un hombre que “gracias a su estilo al describir las carreras de caballos, se hizo ganador de innumerables reconocimientos como el mejor en habla hispana y uno de los más importantes a escala internacional”. Si uno se ciñe literalmente a estos enunciados, puede decir que fue entonces “el estilo” de Aly Khan lo que lo condujo a ser “el mejor”: se trata del forastero que advierte los fenómenos como ya no pueden verlos los lugareños, quienes pasaron a ser parte inseparable de los propios fenómenos. O dicho de otra forma: Aly Khan reparó en los hechos hípicos como nadie había reparado antes, se colgó al hombro un dispositivo armado de un estilo peculiarísimo y disparó.

¿De qué forma relataría Aly Khan por ejemplo la vida por igual célebre y triste de Juan Vicente Tovar? ¡Partidaaa! Largada bastante pareja. Ataca por el centro de la cancha el negro Tovar. Bueno en punta o atrás, en pista liviana, pesada o fangosa, con estilo fino y limpio en el sillín. El negrito de San José. Nacido en 1950. Hijo de Pedro Tovar y María León. Hombre con tamaño de niño. Humilde y siempre alegre. Trabajador en la fábrica, en la carnicería y en el restaurant de la Avenida Socorro donde un mesonero aficionado al hipismo lo arrastra por primera vez a ver las carreras de caballos. Veintitrés segundos dos quintos los primeros cuatrocientos metros. Juan Vicente canta canciones de Reinaldo Armas. Entra al hipódromo como caballerizo de establos. Conoce de cerca a sus mejores amigos los caballos. Se inscribe durante los tempranos 70 en la recién inaugurada Escuela de Jinetes. Le cuesta pero consigue su diploma de Aprendiz. Muy bien colocado Juan Vicente. No es un jockey impresionante ni posee silla extraordinaria pero es muy inteligente. Obtiene su primer triunfo sobre la yegua Soroa. Gana una docena de estadísticas consecutivas. Se escapa sólo en la cancha Juancito Tovar. Cuarenta y cinco cuatro quintos los setecientos. ¡Allá rodó! Se fractura el fémur Juan Vicente. Pasa cinco, seis meses de reposo. El público pregunta qué pasa. Los periódicos titulan “Se fue Tovar”; “Tovar no vuelve más”; “Tovar muy desahuciado”. La lesión lo mantiene inactivo. Seguidamente crece la deuda sobre la casa que le compró a la mamá. Los cobradores son implacables. Desde el fondo mejora mucho sin embargo, en menos tiempo de lo que los doctores estiman. Jotavé está de vuelta en la cancha. Paga la casa. Supera el record mundial: 16 casquillos de oro. Se corona con el clásico Simón Bolívar; primero con Winton, después con Don Fabián. Sólo en la punta el negrito de San José. Será difícil que lo derroten. Ya tiene más de 2500 triunfos en su haber. Tres triples coronas con el ejemplar Iraquí. Juan Vicente Tovar. De punta a punta. Gana en Caracas. Gana en Maracaibo. Gana en Valencia. Pero muere repentinamente su hija de 11 años y un profundo dolor lo consume. Se deprime y piensa en retirarse. Hay fricciones con su esposa. Se establece en Margarita. Reposa. Comienza a echar en falta los aplausos, el tronar de los caballos. Se siente en condiciones y vuelve. Ataca por dentro Juan Vicente. Entran en la recta final. Jotavé alcanza 82 primeros en el 95; 32 en el 96; 94 en el 97. No hay nada qué hacer. Ganó Juan Vicente… Se retira en el 98 y funda Detector Hípico. Fusta en alto en la línea de llegada. Pagando dos veinte a ganador…

Al final repaso la ocurrencia lúcida del señor en el Metro y asumo que ya en su enunciación, la pregunta estaba equivocada, sobre todo por aquello de concebir a un escritor más arrecho que otro. Nadie es el mejor, señala un grafiti con una A de anarquía a un costado, al que una amiga le tomó una foto y me la regaló. Pues yo no puedo estar más de acuerdo. Así que animo, ridiculez y cursilería aparte, no sólo a suprimir del lenguaje ese calificativo odioso, sino sobre todo a leer la diferencia, la mirada desigual y contraria, el estilo desde el cual nos afirmamos a narrar el mundo, que dicho sea de paso siempre es ideológico, como lo que realmente puede llegar a permitirnos contarnos aunque sea medianamente de acuerdo: fantasear un dispositivo, que tanta falta nos está haciendo por estos días, por el que valga la pena tener nacionalidad; usar la literatura, en una palabra, no para volverse venezolano sino para seguir siéndolo.

Carlos Ávila

Ilustración: Saúl Rivas (Burócrata)

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