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El llano desde su lente: la mirada de José Colmenares

Nació en Guanarito, estado Portuguesa, pero fue otro el sitio en el que José Colmenares formó su carácter, donde estuvo con su familia desde los 12 años de edad: el Vegón de Nutrias, “un pueblito que queda pasando Sabaneta de Barinas como que uno va para Apure”.

Sobre ese llano en el que creció, es tajante: “No es eso que ustedes ven que sale en la televisión donde hay una gente tocando arpa y bailando y una carne asada. Yo soy es de un llano donde se trabaja y no todos los días puedes matar una vaca. Ese llano que es más humilde. El que ve eso en televisión dice ‘ay, yo quiero ir para allá’, pensando que todo es así. Allá hay plaga, ¿oyó? y hay culebras, y hay muchas cosas. Ese es el llano del que soy yo, el de verdad”.

Desde muy pequeño, bajo el sol que tiñe las pieles en las llanuras venezolanas, inició su gran afición por la fotografía. De esos tiempos se remonta a una escena recurrente: gringos o canadienses –agrega que para él al final eran lo mismo- iban cámara en mano, contoneándose por el Centro Turístico El Gabán. Se paseaban, tomaban fotos a la gente, para luego regalárselas. Lo hacían en una actitud que José califica como ofensiva, “como que ‘este es indio, aquel no’ ”.

Él se reivindica indio yaruro, de lxs mismxs que llevan en la sangre la mayoría de la gente de la zona, y asegura que a pesar de que se perdió en gran medida, la sangre se ha esparcido. “Existen, pero los que son ligados hay muchos que no saben que son indios”.

“Allá es difícil la fotografía, hay personas que nada más tienen la foto de la cédula, que es algo obligatorio”, dice” entrando en la sustancia de su historia, en la contracorriente de ser fotógrafo en el llano, “el de verdad”.

Recuerda con añoranza una foto que podría ser la definitoria, la del sentido mismo de este hacer para José: un día lo llamó pidiéndole que le tomara una foto. Algo normal, podría pensar cualquiera que esté viviendo el tiempo de las selfies, pero “mira, sacarle foto a llanero de verdad es muy difícil”, reitera aún sorprendido.

“Yo no sé si era que sospechaba la muerte. Él me llamó un día y me dijo que le tomara la foto. Y, bueno, yo imprimí las fotos y se las llevé”. Años después de la muerte de Bartolo, la familia –que para José no habían dado mucha importancia al acontecimiento- lo contactó en busca de la postal.

“Yo no me recordaba dónde había dejado eso, y tuve que revisar en la casa y conseguí los negativos. Hay que ver lo que cuesta revelar un negativo, pero bueno yo las imprimí, me costó cada foto como mil bolívares que para ese entonces era bastante. Yo se las llevé y hoy en día soy su héroe. Es bonito tener fotos así. Yo lo considero algo extraño porque ese señor no se dejaba sacar fotos. Pienso yo que él le quería dejar constancia a la familia de que él había existido”.

Del llano a Caracas se pasa por el Ejército

Con la firme convicción de terminar en Caracas, en el año 1990 salió de su pueblo y fue a parar al Ejército, asimilado. Su plan era trabajar en la capital, en la que finalmente cayó dos años más tarde, en el conmovido año de 1992, cuando llegó al terminal de Nuevo Circo. “Imagínese esa situación”: Una ciudad desconocida, que además estaba convulsa por la intentona de Golpe de febrero, e incluso mantenía resabios del Caracazo, ocurrido tres años antes.

“El 4 de febrero yo estaba en el Ejército, me faltaban seis meses para salir. Fue la primera vez que oí nombrar a Chávez y era prohibido nombrarlo allá. Cualquier revista que tuvieras… Nosotros queríamos saber. Yo creo que los soldados siempre lo quisimos. Bueno, y el otro Golpe de Estado, ya yo estaba aquí en Caracas”.

Como cualquiera, José llegó y conoció la vida del arrendado, sujeto más que popular en las grandes ciudades. Para ese entonces ya había comenzado en el oficio que ha representado con una dignidad que atesora: el de personal de seguridad, por el que más tarde llegaría a lo que ahora es el Centro Nacional de Fotografía (CENAF), donde ya cuenta con más de catorce años de servicio.

Ese oficio, además, le permitió gozar de estabilidad y le dio la oportunidad de ahorrar, ya siendo personal fijo. “Y años después yo soy dueño de la casa a la que llegué alquilado. Allá en la parte alta del Callejón El Loro (Valle-Coche)”.

De repente, reflexiona, a modo de excusa, sobre su ida a la ciudad. “Yo salí pero yo sigo siendo llanero igualito que pienso volver como todos los llaneros, que piensan volver. Allá yo pienso que habemos muchas personas como los árboles, que donde mismo nacemos ahí mismo morimos”.

Apenas lo esencial

“La fotografía, dependiendo de quien la tome, podría ser un trabajo, puede ser un hobby, pero para mí es algo esencial. La fotografía es historia. Son momentos de la vida de la persona o del sitio. Es un registro para la historia”.

Ya en Caracas, la primera cámara que tuvo era una Kodak, “de esas de rollo”. La compró en la avenida Fuerzas Armadas, y desde entonces cumple con su propia tradición, la de estar acompañado siempre por una cámara.

Eso sí, sus fotos siempre salen de cámaras sencillas, nada demasiado ostentoso, nada de un montón de lentes en bolsos rodeados de escondrijos. Más de un fotógrafo de esos que se llaman a sí mismos “profesionales” se sentirían inútiles sin sus “juguetes”, pero para José la calidad de una captura es cuestión de estar en el lugar y el momento correctos.

Asegura sin vergüenza que ni siquiera tiene algo que pueda llamarse una técnica. Sabe, “más o menos”, utilizar la luz, y se lo atribuye a los libros. Y sobre sus conocimientos básicos pone tan solo lo esencial. “Porque yo creo que una foto es cuestión de que hay que estar en el sitio y cuestión de suerte. Pero sí hay que saber un poquito porque si no tú le cortas los pies a la persona, le cortas la cabeza”.

Silbando el llano con cámara en mano

“Es un nombre folclórico que también sale de mi salida de allá desde Guanarito, de las tierras de El Silbón”, dice José con la misma simpleza con la que ha venido hablando. Y es que no parece darle demasiado peso a una exposición de su trabajo. “Mis fotos son hechas para la cultura, no espero yo nada de ellas”.

Orlando Monteleone, que había llegado a la dirección del ente, dio con la foto de un niño junto a un gallo. Era de José, y se la habían publicado tiempo atrás en el número 30 de la revista especializada Extra cámara.

Habló con el silbador del llano para proponerle la exposición con la que finalmente reinaugurarían la sede del CENAF. La misma cuenta con más de cuarenta fotos donde se recorre el llano verdadero del que ha venido hablando.

En lugar de agrandarse por el acontecimiento, se lo toma como el recordatorio del camino que debe recorrer. “Yo aspiro seguir en talleres, mejorar, superarme, comprarme una cámara mejor, no sé, tengo que mejorar. Yo hice mis talleres para hacer mejores fotos a la gente, pero nunca de verdad pensé en una exposición. Trataré de perfeccionar, de mejorar. Yo tengo apenas 48 años, yo he visto personas mayores que yo que han empezado”.

José mira de repente sin mirar. Mentalmente repasa los acontecimientos de su vida. No le molesta lo que ve. La satisfacción sale de sus ojos y se deposita en los nuestros. “Yo me siento bien, porque estoy ayudando al proyecto del comandante Chávez, que tiene que ver con la cultura”.

Solo una cosa podría haber sido distinta. La piensa un poco antes de enunciarla. A las afueras del CENAF comienzan a caer gotas cada vez más apremiantes, y finalmente lo suelta en un desahogo rodeado de agua cada vez más abundante. “Si hoy en día fuera yo no me viniera, porque allá hay muchas oportunidades hoy en día. Tractores, la luz… después que la Revolución Bolivariana llegó, hay muchos lugares donde hay luz. En el llano llegó la luz”.

Texto: Juan Sebastian Ibarra. (@juansibarra)

Fotos: Milángela Galea.

Puedes ver una galería con las fotos de José Colmenares aquí.

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