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El Golpe de Timón es cosa de niños

Una tarde mientras la enorme naranja de fuego chorreaba jugos de luz hasta el interior de su casa, la niña pidió que ya no la llamaran María Celeste, lo hizo desde el rigor de autoridad que había aprendido a concentrar en su dedo índice derecho, como advirtiendo así, con esa minúscula varita, que la energía de sus cuatro larguísimos años de vida legitimaban su dictamen. Deseaba ser nombrada, en lo adelante, Cecilia. La madre, sorprendida, procuró encontrar una solución que no implicara cambios drásticos ni en lo cotidiano ni en lo jurídico, pero que al mismo tiempo no violara el derecho de autodeterminación de su nena. Desde entonces la ha venido llamando Cece. Cecilia, por suerte, aceptó de buen grado la cariñosa y respetuosa salida de su madre.

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Frente a la ventana principal de su apartamento se impone una hueste de árboles esponjosos y verdísimos que van en ascenso sobre una pequeña colina; detrás y encima: el firmamento. Sebastián callado, contemplativo, ensimismado y tímido, se dejaba acompañar de la tía. Ambos parecían estar envueltos por la atmósfera calma que les brindaba el cielo nocturno, aunque a lo lejos, tras las paredes, un exiguo murmullo evocara la combustión permanente de la ciudad metralla. Sebastián tenía cuatro años y su cuerpo menudo le permitía sentarse sobre el alféizar. “¿Viste las estrellas Sebas?”, preguntó de pronto la tía, perdida su mirada en un punto bien arriba. El niño demoró unos segundo largos en replicar, como si no la hubiera oído, casi alucinado: “Tía, qué hermoso el silencio de los árboles”.

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El regreso a Caracas desde Barquisimeto se tornaba aburrido y pesado como la marcha de un elefante. Duham, que tenía seis años de edad, espantaba la modorra observando por las ventanas del carro, haciendo preguntas. “¿Tía qué es eso?”, preguntó señalando un complejo armatoste de edificios, tanques, tuberías enormes, escaleras aéreas de hierro y chimeneas que vomitaban un denso humo plomizo. “Una refinería”, respondió ella. Pero el niño no se dio por satisfecho, deseaba saber qué sucedía ahí. La mujer explicó rápido que se procesaba petróleo para sacar productos derivados como el aceite y la gasolina. “¡Perro!, pero mira ese humero, eso es contaminación ¿verdad?, y huele horrible”, dijo Duham sorprendido e indignado. La tía no encontró qué decir, no quiso justificar nada, solo asintió en silencio. Él continuó mirando aquel panorama aparatoso y de pronto sentenció en tono reflexivo: “Bueno, pero es necesario para el país”.

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Se acercaban las fiestas de carnaval y algún familiar llegó con el disfraz de Cenicienta para Paola. A pesar de que la madre no simpatizaba en lo absoluto con la idea de ver a su pequeña de cuatro años transfigurada en un remedo de aquellas blondas princesas europeas, detestables arquetipos de una feminidad para la dominación, se prohibió a sí misma limitar la evidente emoción de la bebita. De modo que el disfraz estuvo cerca de hacerse jirones de tanto uso que le dio la niña: de Cenicienta para el supermercado, para la escuela, para el parque, para la plaza, para andar en casa, en fin, para donde quiso. Casi dos años después, ya con seis años, Paola mirando fotos se detuvo sonreída a contemplar una que la retrataba en su “lejanísimo” frenesí; hasta que no aguantó más y soltó lo que pensaba: “Ay mamá, yo sí era estúpida, y que dándomelas de princesita”.

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Yako tenía cinco años y almorzando entre adultos, compañeros de trabajo de su hermana, inspiraba una espesa ternura. La mañana había transcurrido lenta, apacible, a ritmo de gato obeso, tal vez por esa razón todos comían como desperezándose. De un momento a otro el niño levantó la mirada del plato y la fijó primero en Kate y luego en Gaby. Ambas comían muy juntas, sentadas frente a él. “¿Ustedes qué son?, ¿hermanas?”, preguntó, intrigado por la particular cercanía que las jóvenes se demostraban. Ellas se miraron y sonrieron incómodas. Un velo de rosada transparencia cubrió el rostro de las dos. “Este.. bueno… mi amor (se atrevió a decir Kate, dulce y cariñosa) nosotras somos compañeras de vida, nos queremos, nos cuidamos…”. Yako la interrumpió en seco, como quien pierde interés por algo: “Ah sí, ya sé, son novias”, dijo. Y mientras removía la comida, concluyó: “Por mi casa viven dos muchachos que también son novios. Normal”.

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Aquel cielo caprichoso que amenazaba con cerrarse para siempre a la lluvia, había gestado un espíritu de malestar que no transitaba únicamente las calles, sino que vuelto anfibio reptaba hacia las casas, decidido a formar parte de los hogares. Pola, con tres años de edad, no escapaba a la atmósfera hostil, y como la madre se quejaba, ella aprendió a imitarla con encono. “¡Dios mío!”, espetaba la madre atribulada por cualquier cosa, “¡Dame paciencia Diosito!”, resollaba por cualquier otra. “¡Por Dios!”, empezó a decir también la nena en sus ya reiteradas muestras de mal humor. Los padres, atentos, se interesaron por la expresión que la niña había escogido para desahogarse. Una noche, entre cariños y juegos, le preguntaron: “Hija, ¿qué es Dios para ti?”. Y como si de algo obvio se tratara, Pola respondió con carácter: “¡Una GROSERÍA!”.

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La luna derretía plata sobre la ciudad cuando Luciana informó a los padres que empezaría a “vender cosas”. Esto muy seguramente porque en casa discutían constantemente sobre los estragos de una economía obligada a chillar como conejo. La niña mostraba una resolución férrea a pesar de sus cinco años de edad, o más bien gracias a ello. Estaba dispuesta a vender unos cilindros de cartón sobre los que se enrolla el papel de baño; tenía algún tiempo pincelando de colores y formas aquellos tubos desechables. El padre, conmovido, quiso seguir el “juego-iniciativa” de su nena, y le aconsejó: “No te vayas a comer todo el dinero que ganes”. Luciana replicó, un poco molesta y contrariada: “Por Dios papá, voy a llevar mi propio almuerzo”.

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Hacía pocos meses que Moa había visto cumplido su mayor deseo. Desde antes de su quinto cumpleaños los padres le venían prometiendo una mascota. Perro o gato, a ella poco le importaba, simplemente quería un pequeño ser peludo a quien cuidar. Cumplió seis años la nena y fue imposible para los padres continuar maltratando la promesa. Así que Lili y Rayo se sumaron a la familia, dos felinos cachorros con sus cuerpos ovillados, sus pelos suaves y sus ronroneos de insoportable ternura. Una noche, la madre comentó en voz alta: “Debemos llevar los gatos a esterilizar, primero Lili y luego Rayo”. Moa, vigilante, quiso entender aquello. La mujer como pudo explicó de qué iba el asunto. De inmediato y visiblemente horrorizada, la niña interpeló a la madre: “¿A ti te gustaría eso?, ¿te gustaría que te sacaran todo de adentro sin tu permiso?”

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Sentado a orillas del Mar Caribe Pablo parece interesado en depositar la playa entera en el ombligo de su padre. La inmensidad sosegada del paisaje se concentra en un trozo de corteza de árbol que las olas empujan y retraen. El hombre, quizá inspirado por aquel arrullo azul salino, se siente animado a conversar, y afectando un poco la voz le hace a su niño de cinco años la misma pregunta que en un tiempo ya remoto tantas veces le hicieron a él: “¿Hijo, qué quieres ser cuando seas grande?”. Pablo, imbuido en su interminable faena, responde: “Nada”. “¿Cómo nada hijo?, ¿en qué te gustaría trabajar?, ¿te gustaría ser profesor, ingeniero, doctor?”, insiste el padre. “Nada papá. Yo no quiero trabajar. Yo quiero tener mi taller detrás de la casa para inventar cosas, pero no quiero trabajar”, responde el nene decidido.

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Eran más de trece personas sentadas al rededor de una hilera de mesas. Acababan de comer y se entregaban a la algarabía de conversaciones superpuestas. Algunas palabras lograban desprenderse del barullo, rebotaban sonoras contra los platos y caían, pesadas, sobre el mantel entre restos de comida. La cabeza de Sara apenas sobresalía detrás de la mesa, tenía tres años y aquel desorden no parecía perturbarla. Frente a ella un vaso con agua. La niña no dejaba de mirarlo, absorta contemplaba la líquida expresión del objeto, distante y ajena a su entorno se mostraba sumergida en la doble transparencia que suponían continente y contenido. El padre, acomodado junto a Sara, sintió un tirón en la manga de su chaqueta, algo le preguntaba, algo ininteligible por el mucho ruido. Acercó su oído a la boca de la niña y finalmente la escuchó: “Papá, ¿este vaso está medio lleno o medio vacío?”.

La potencia transformadora

“El hombre es comparable a una mata de maíz. El niño es el grano y, más precisamente, el germen que está en el grano. La tusa son los padres. La mazorca es la familia. El tallo y las hojas es el pueblo (…) El grano no es solamente una parte de la mata que puede reproducirla; el grano es lo importante, la plenitud de la mata; todo lo demás está en función del grano. El grano es el sentido único de la mata. Todo lo humano existe por mor del niño, y no como hombre futuro que debe ser protegido y educado para que crezca y madure hasta ser pilar de la sociedad, sino por mor del niño en tanto que niño. El niño decae, degenera al crecer y madurar para convertirse en servidor caricaturesco e inconsciente de la plenitud que perdió; como adulto se interesa por la riqueza y el placer, por las ciencias, las artes y la guerra, por la gloria, la comodidad o el poder, por la belleza, la verdad, la justicia; no sabe que es tusa, hoja, tallo de su olvidado centro; se cree llegada y es decadencia, retorno al humus por podredumbre o por fuego”.

Admito que es una cita un poco larga. Admito también, sin embargo, que me vi obligada a hacer un esfuerzo extraordinario para no seguir copiando la pieza entera, que me costó mucho tener el aplomo de cercenar ese trozo que ofrezco acá, lo mismo que se ofrece la parte preciosa de un todo: como para dar prueba de su maravillosa existencia. Ese fragmento pertenece al libro Amor y terror de las palabras, del maestro José Manuel Briceño Guerrero. En esta obra se interpenetran dos discursos, tejidos de manera genial: uno narrativo y otro teórico. Ambos discursos conforman un solo cuerpo, se trata de dos líquidos que a pesar de sus específicas cualidades se infiltran el uno al otro sin perder sus particulares esencias, sino más bien potenciándose en la plenitud del continente que los recoge.

La historia narra en primera persona las aventuras de un niño poderosa y peligrosamente atraído por las palabras. Nunca se dice el nombre del narrador ni su edad, pero por indicios que se desprenden de la trama es posible colegir que el protagonista tiene entre cinco y ocho años, que habita alguna montaña andina venezolana y que los “acontecimientos” se desarrollan en un punto temporal cercano a los años 30’ del siglo XX. Por supuesto, es inevitable establecer las odiosas conexiones entre autor y obra, lanzar groseras (por obvias) especulaciones respecto al tono autobiográfico que define la ficción, para lo cual basta conocer un poco la vida del escritor. No obstante, nada importan y nada aportan a mis fines esas disquisiciones propias de la teoría literaria.

Si bien las aventuras del niño andino son aventuras de una rigurosidad intelectual, no dejan nunca de propinar el vértigo característico de aquellas narraciones en las que los personajes protagónicos se someten a peligros físicos apremiantes, así por ejemplo su primer acercamiento a la idea de la muerte lo narra de esta forma: “Quedamos solo ella [la magnolia] y yo, mi corazón cerca de su savia. Quité ella y yo. Entonces una corriente extraña me arrastró hacia no sé dónde mientras me iba perdiendo y olvidando. Quité corriente extraña, quité arrastrar, perderse, olvidar, saber, quité dónde. De repente me encontré gritando lejos de la magnolia, tembloroso, palpitante, convulso como un colibrí atrapado”.

Me interesa resaltar sobre todo que lo que empieza siendo una apología al deslumbrante mundo de la palabra y su relación con el reino de las cosas, termina de a poco siendo una ponderación de agudas reflexiones sobre la infancia. Deviene la obra, en unas cuantas páginas cerca del final, en la revelación sustanciosa a la que después de muchos años de ideas y experiencias filosóficas llega el personaje principal: el período de la vida humana cercano al nacimiento es el propicio y único posible para lograrlo todo, cuando la niñez nos abandona, nos abandona también la potencia transformadora.

La patria verdadera

En algunas culturas el tránsito de la niñez a la adultez era determinada por ritos en los cuales se infligía dolor físico intenso en el sujeto, como queriendo escribir la ley de la comunidad en el cuerpo del aspirante, en resumidas cuentas: la pertenencia al grupo le era inscrita en el cuerpo mediante la violencia. Probablemente la intención pasaba por establecer un quiebre sensible en la constitución de la individualidad, quiebre que determinaba el cierre absoluto de la exploración más o menos libre (interior y exterior) y que definía a su vez la incorporación definitiva del otrora niño al aparato social, al colectivo. Las sociedades occidentales modernas evitan a toda costa el dolor en la infancia, o por mejor decir, han desarrollado un entramado discursivo que apunta hacia esa falacia, son sociedades hipócritas, si se quiere, que subyugan y violentan la fragilidad física de millones de niños desposeídos, condenados a la esclavitud de sus cuerpos, desfiguradas sus almas, mientras otra porción es tratada con cariñoso cuidado. Estamos hablando de sociedades que en ningún caso respetan la potente capacidad perceptiva de la humanidad en sus primeros años.

Las once microcrónicas que sirvieron de introducción al presente texto son minúsculas muestras de cómo niñas y niños conectan sus inquietudes interiores con el afuera. Se trata de una selección arbitraria que tomé entre tantas situaciones de las que he sido testigo en mi contexto más cercano. Me propuse compartirlas conservando lo esencial, sin modificar de ninguna manera la matriz de cada anécdota. Las traigo porque me ayudan a confirmar que la dimensión interior de cada niño, de cada niña, es un amplísimo territorio libre de dogmas, hambriento de sentidos, y que ellos asumen la realidad que los circunda como si se tratase de un caleidoscopio al que pueden voltear infinitamente, en la posibilidad de encontrar con cada vuelta una propuesta nueva. El mundo les acontece siempre distinto que a nosotros, el mismo mundo les acontece distinto muchas veces de maneras simultáneas.

Pero esas microcrónicas también me ayudan a pensar la infancia venezolana de hoy. La niñez actual, la más fresca, la que llegó a este panorama de complejas aristas y cuyas condiciones objetivas, si es que algo como eso existe, son resultado de un proceso de articulación de discursos heterogéneos que después de décadas, e incluso siglos, de hallarse sojuzgados o excluidos, finalmente encontraron sentido y representación en el proyecto político de Hugo Chávez. Los niños y niñas de hoy, nacidos entre 2004 y la actualidad, fueron en su mayoría concebidos por madres y padres que vieron sus cuerpos y sus mundos subjetivos fortalecidos, gracias a las políticas sociales que se vienen cristalizando desde 1999. Unos padres y madres famélicos por el hambre, abrumados por la desposesión incluso de sí mismos y vacíos de entendimiento ¿qué clase de humanidad podrían engendrar? La protección del salario, la disminución significativa del desempleo, la alimentación escolar para más de cuatro millones de niños y niñas en escuelas públicas, el aumento de las matrículas en universidades del Estado, la disminución de la desnutrición infantil y todas las distintas misiones son avances insoslayables que irremisiblemente han desembocado en la transfiguración del organismo colectivo, y esa transfiguración se evidencia fundamentalmente en los humanos que van naciendo, más que en los ya nacidos. Podría referirme incluso a una generación adolescente pronta a acceder a estudios universitarios y a incorporarse al aparato productivo, generación que nació cuando también nacía la actual República. Lo interesante es que no estoy hablando únicamente de los hijos e hijas de chavistas, estoy hablando de niñas y niños venezolanos, independientemente de la perspectiva de mundo de los padres, pues las políticas de Gobierno de una nación impactan en el devenir cultural, económico y político de sus ciudadanos independientemente de sus postulados e ideas.

Esos avances en materia social corresponden a un proyecto de país, incluso a un proyecto de mundo, que se problematiza la realidad, que propone el socavamiento del ordenamiento de las cosas, que impone necesariamente el advenimiento de una subjetividad distinta. Supone la búsqueda de referentes que resignifiquen nuestra historia y la lectura renovada que resemantice lo muchas veces dicho, pero que configure ya no la perspectiva del individuo para sí, sino la del colectivo para todos. Por tanto, no son únicamente logros materiales aquello que ilumina a nuestra infancia, sino que refulge en ella el brillo de una subjetividad rebelde, que cuestiona, que tiende constantemente a la creación.

Es harto sabido que la naturaleza globalizadora del mercado en el actual sistema-mundo, tiene como uno de sus mayores objetivos la colonización de la infancia. La industria cultural es cada vez más eficaz en su afán por chamuscar el germen de auténtica energía que reside dentro de nuestros niños y niñas, de nuestros “granos”, siguiendo con la hermosa metáfora del maestro Briceño Guerrero. El interés del capital es sencillo: condicionar desde la edad más temprana posible los gustos y deseos de aquellos que serán, por un lado, fuerza de trabajo, y por otro, consumidores.

A la par, los mecanismos de asimilación y naturalización de los patrones de poder (políticos, económicos, sociales, religiosos, jurídicos, entre los más fuertes) inician en cada sujeto desde la infancia, puesto que operan a través de canales que se presentan bajo la figura de herramientas que ayudan a desarrollar los procesos cognitivos: canciones, juguetes, programas de televisión, libros, aparatos electrónicos, programas educativos, etc; y también por imitación y coacción de quienes habitan el entorno inmediato (quienes, además, han sido previamente incorporados a las lógicas del sistema): padres, familiares, maestros, amigos, vecinos. No cuesta entender, cuando se piensa desde esta perspectiva, la sentencia que en Amor y terror de las palabras resuena de este modo: “Es el niño, pues, quien genera a la familia y quien genera al pueblo. La familia y el pueblo se organizan, inventan, producen, consumen, piensan, sueñan, luchan, sufren, gozan y mueren inconscientemente por el niño”.

Hace cuatro años Hugo Chávez hizo referencia a la necesidad de lo que se ha llamado un golpe de timón, un viraje en las tácticas y estrategias políticas que enfilaran más decididamente el rumbo del gobierno bolivariano hacia el horizonte de equidad social e independencia ideológica que la mayoría desea y necesita; horizonte que además parece ser la única alternativa posible para la continuidad de la vida en el planeta. Está claro que los dueños de los medios de producción, los amos del capital, no concuerdan con esa idea y desde hace poco más de tres años las circunstancias se han tornado tremendamente adversas para el pueblo venezolano. El llamado a ejecutar aquel golpe de timón lo hizo el presidente Chávez a su gabinete de gobierno, a ministros y ministras. Fue enfático, categórico, crítico. Sin embargo, es imperativo que este proceso histórico continúe a pesar de y contra la ineptitud, negligencia e incompetencia de quienes estén asumiendo o estén por asumir cargos de poder. El pueblo debe continuar organizándose sin sucumbir al desencanto, mantener vivo el vigor que refulge en nuestra infancia. Es ella quien viene dando el golpe de timón.

Entendamos que la cuestión no es tan simple como decir “los niños son el futuro de la patria”, pues así los nadizamos, les conferimos un lugar supuestamente de privilegio que en realidad es un no-lugar. Aceptando esa especie de máxima estaríamos diciendo que en el estricto sentido de la existencia no se realizan nunca, porque no se les concede asidero en el aquí y el ahora, son prefigurados a manera de entelequia, de promesa de algo cuya concreción es incierta más allá del ámbito infirme de la imaginación. La cosa es más bien cómo empezamos a asimilar que niños y niñas son la patria, la patria verdadera, que no están condenados a un Nuncajamás, sino que de algún modo nos redimen y todas las demás gentes tenemos sentido en tanto tributamos a un presente continuo que se manifiesta esplendorosamente en la niñez.

Texto: Yanuva León

Portada: Milángela Galea

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