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El fuero de mi reconciliación. Reflexiones sobre la potencia ética de la poesía

Toda poesía es hostil al capitalismo

Juan Gelman

 

 

Detonante y poesía

            Cuando me acercaba a la plaza Bolívar, desde la avenida Universidad, empecé a ver el tumultico de gente, unas 60 personas, o quizá más, hacían cola a las puertas del teatro Bolívar. Fue inevitable el chistecito ya aburrido de estos tiempos, “¿qué están vendiendo allí, harina o arroz?”. Quienes venían conmigo y yo reímos con fastidio, como siguiendo un mal guión, pero cuando estuvimos frente al teatro empecé a emocionarme, “qué bien que la gente venga a hacer su colita para escuchar poesía”. Sentí vergüenza de mi sorpresa. La vergüenza me supo a presagio.

            Era martes y la tarde se aferraba al cielo de Caracas del modo que encontraba. Un hematoma de nubes se escondía lejos, más allá del 23 de Enero. La plaza hervía en palomas y transeúntes. Junto al Bolívar encontré gente conocida, amigos que tenía tiempo sin ver o que veía recurrentemente pero de pasada. Nos hicieron entrar un poco después de la hora pautada. El teatro nos recibió amable, con el programa ofrecido a mis manos, con “buenas tardes, adelante”, con cuchicheos y risotadas.

            Subí las escaleras para ubicarme en alguna de las butacas de arriba, una fila completa para nosotros. Pasados unos breves minutos se apagaron las luces y se hizo silencio. Un chorrito aceitoso de luz amarilla cayó sobre una figura a la izquierda del escenario. Así empezó el recital. El mejor al que he asistido en años. El vigor de los poemas no cesó de una voz a otra, de un estilo a otro, de una lengua a otra. Belleza, ternura, rabia, indignación, ritmo, vértigo, audacia, palabras. Lenguaje, lenguaje, lenguaje.

            Se me fueron abriendo trozos de países que no conozco, sino por sus nombres y las noticias enlatadas y los libros buenos que he tenido la suerte de leer, pero se me fueron desgajando frente a los ojos y dentro de los oídos como si por primera vez pudiera tener certeza de que existían. Jamaica, Bolivia, España, Chile, Panamá, Ecuador, China, México, y Venezuela también allí, se dejó estar, sonora, azul, abundante.

            Durante la hora y media que duró la lectura estuve retorciéndome sobre mi asiento, cambiando de posición, buscando acomodo, apretando los dientes, reprimiendo las ganas de levantarme con los brazos abiertos para dejar salir en gritos la energía que prometía devorarme. Entiendo que en este punto tal vez sea insoportable que me permita semejante licencia de cursilería. Me excuso ante el lector ofendido, entiendo si deja hasta acá la cosa y se retira defraudado. Honestamente, repito, lo entiendo. Pero, debo decir para quien continúe leyendo, lo único que en aquel momento evitó que me desbordara fue la promesa de este texto, la promesa, de mí para mí, susurrada, de escribir el fuero de mi reconciliación.

Lenguaje y poesía

            ¿Que hay más allá del lenguaje?, ¿qué es el mundo sin palabras que lo interpreten, sin palabras que le den sentidos? La complejidad de las cosas asume distintos grados de orden, incluso dentro del caos que las define, a través del pensamiento, y este pasa de ser potencia abstracta y se hace acto en la concreción del lenguaje: en el habla y en la escritura. Me echan la mano en estas disquisiciones, tal vez ya manidas, pensadores como Foucault, Briceño Guerrero, Agamben, Benjamin y Barthes, entre otros que me han ayudado a comprender mi fascinación y encantamiento por la palabra.

            Un tercio de mi vida he estado abocada al oficio editorial. Pero mucho antes, en plena infancia, empezó a abrumarme la relación de los objetos que iba conociendo con las palabras que los designaban. Recuerdo que torturaba a preguntas a mi abuelo, “¿por qué se llama cambur el cambur?”, por ejemplo, él respondía cualquier cosa, entre chistosa y seria, nunca contrariado. La niña que yo era se comía el cambur, mientras sonaba en un hueco dentro de su cabeza cam-bur, cam-bur, cam-bur, hasta que la fruta dejaba de ser entre su boca, mi boca, y la palabra más bien se hinchaba, divorciada de la imagen, ajena al sabor, solo sonido espeso. Eso me pasó tanto y con todo. Me maravillé luego de que la misma cosa tuviera más nombres, me sentí una tonta creyendo que ya conocía la dimensión exacta de un cambur en el lenguaje, hasta que apareció mi tía colombiana pidiendo bananos y mi abuelo le alcanzó un cambur. Se rompió algo dentro de mi incipiente entendimiento, pero fue ruptura de génesis. Ya vendría a sorprenderme la noticia de otras lenguas, de otros ritmos y chasquidos para las mismidades del mundo.

            Entre las situaciones y hallazgos que han removido las bases de lo que me constituye, no hay nada que esté fuera del enorme continente del lenguaje. Eso simplemente me hace tener conciencia de lo humana que soy, pues en definitiva, en la historia derramada e inabarcable de la humanidad no ha ocurrido nunca nada que se escape a la red ‒a veces sutil a veces densa‒ que teje el lenguaje en torno a nuestra hermosa y macabra naturaleza. Ni los juegos ofensivos e inofensivos de la niñez, ni el llanto desconsolado por el amor adolescente, ni el desprecio por el privilegio de unos sobre los otros, ni la admonición de la amistad como tabla de salvación, mucho menos el frío, el hambre, la guerra y las aberraciones del capital suceden sin la significación que solo puede ofrecer la palabra.

            La poesía es un artificio que nos ofrece el lenguaje para interpretar el mundo y sobrevivirlo. Eso me digo siempre. Pero no solo para interpretarlo sino para resignificarlo, para quebrar los aparentes sentidos y descollar lo que permea soterradamente. Hace falta contemplar con ojos de agudo juicio, sin otra pretensión que no sea mirar, para poder ver lo que es una flor debajo de sí misma, dentro de sí mima, oculta en su monótona belleza convencionada. Y puede suceder entonces que esa flor se muestre como algo triste y hórrido, porque subyazca, a pesar de su propagandístico esplendor, alguna intención de mentira. La poesía no es para acariciar sentidos, puede hacerlo de pasada, pero no es su esencial motivo. La poesía es para conmover, en el sentido de perturbar, inquietar, alterar con fuerza el ánimo de la gente. ¿Por qué, si no, tanto poeta asesinado, perseguido, torturado, desaparecido en todos los rincones del mundo? ¿Por qué, si no, tanta censura y quema de libros en la triste historia humana?

            La represión más férrea por parte de los regímenes reaccionarios se da siempre contra gente que emancipa su voz, contra quienes cantan a la lucha por la igualdad, contra quien se atreve a mirar con altiva dignidad sin traicionar la belleza de lo que es común y debe permanecer común. Entonces me digo, en un país donde reine la barbarie los poetas se encuentran en la clandestinidad, hablan bajito, miran de soslayo, sufren la violencia dos veces: la violencia contra el cuerpo y la violencia del espíritu.

Crisis económica y poesía

            “No solo de pan vive el hombre”, dijo Jesús, según las sagradas escrituras. Esta sentencia es tan abierta que puede dar para el regocijo de filósofos, drogadictos, y borrachines, lo mismo que para el de lujuriosos y, cómo no, analistas del acontecer político. Por eso es que me atrevo a traer, junto a esa, otra que apunta con más certeza hacia el blanco al que quisiera atinar. “Medio pan y un libro”, pedía el poeta español Federico García Lorca. En la Venezuela actual ambas frases comulgan porque el contexto es preciso para reflexionarlas. ¿En una situación en la que la gran mayoría no puede acceder fácilmente al pan, cómo es posible pensar en otra cosa?, más aún, si me permiten modificar un poco la frase de Lorca: ¿por qué y para qué pensar en poesía, cuando cuesta el pan?

            El acontecer venezolano es complejo, el pueblo debe salir todos los días a ver cómo y dónde podrá comprar alimentos. No hablemos de zapatos, de repuestos para carros, del pago de colegios, de los útiles escolares para los niños. No hablemos de las bebidas alcohólicas, tan imprescindibles e inherentes a la humanidad, pero al mismo tiempo tan fuera del rango moralino que a muchos sabedores les da vergüenza mencionarlas. No hablemos del amor anónimo urgido de moteles, de la playa un fin de semana, de la juerga y la pachanga. Aunque todo eso sea esencial para la vida digna.

            Un amigo chileno, el poeta Oscar Saavedra, invitado al reciente Festival Mundial de Poesía de Venezuela, y cuya imagen sobre “el capitalismo del ojo” me sacudió en el recital que describí líneas arriba, me hablaba preocupado por el devenir de nuestro país, me decía que no podía dejar de compararlo con el que sufrió su Chile querido, se le parece tanto que teme un final igual, con estadio abundado en muertos y todo. Es inevitable la comparación, le dije. A Venezuela la estremece una crisis tremenda, los dueños de los medios de producción no han estado nunca felices con lo avanzado en materia social durante los últimos 17 años. Ellos saben que un pueblo que se acostumbra a tener garantizados sus derechos, es un pueblo peligroso para sus intereses.

            Pero si es peligroso un pueblo acostumbrado a tener garantizados sus derechos, más peligroso aún es un pueblo al que se le arrebata todo. La pregunta es contra quién emprenderá este pueblo toda su rabia, si contra un Gobierno que ha dispuesto desde hace casi dos décadas la reivindicación de sus derechos‒a pesar de innegables contradicciones y desaciertos‒, o contra los señores del capital, enemigos eternos de las mayorías desposeídas. Esa es la apuesta de los círculos de burgueses activos en esta guerra. Apuestan por el descalabro de la ética, por la desmemoria, por la confusión, por el engaño. Y es precisamente allí donde deben entrar a cumplir su cometido los poderes creadores del pueblo, a los que le cantó Nazoa. Siempre que puedo menciono a Aquiles, porque él, que vivió la Venezuela descalza y harapienta, no dejó nunca de creer, no dejó nunca de cantar.

            Todos los poetas internacionales que visitaron Venezuela en este festival de poesía prefiguraron imágenes de la realidad de sus países. No me fue necesario conversar con la poeta vietnamita para compartir sus anhelos y dolores, su ira producto de la desgracia en la que fue hundida su gente por parte de la potencia bélica estadounidense, hace décadas. Me mostró a su abuela detrás del patio de su casa pobre, trabajando, cansada y precariamente vestida. Pude ver a su madre doliente. Sentí todo el orgullo de Vietnam entera en las reiteración de la palabra “arroz” en sus poemas, Vietnam parada, a pesar del horror. Entonces me sentí interpelada. Tengo años en un letargo que me ha impedido sentirme cómoda con mi escritura, un letargo que ha logrado paralizarme. Pero allí, sentada en una butaca del teatro Bolívar caí en cuenta, tremendamente avergonzada me pregunté en voz alta cómo fui capaz de creer que escribir debe ser cómodo. La poesía existe para incomodar, incluso a quien la escribe.

            Ahora me exijo asumir mi responsabilidad. Cada quien desde su oficio debe hacerlo. Tengo meses pensando, buscando respuestas. Como cualquier otra persona me desasosiega la falta de arepa, la ausencia del arroz en mi mesa. Pero sobre todo me angustia que se vacíe mi espíritu, que flaquee mi ética, es así que ganaría la canalla, esa es su gran apuesta, doblarnos las rodillas del cuerpo es su estrategia para doblarnos las rodillas de la dignidad. Yo sé que la poesía es arepa también. Pobre del pueblo al que le falte la poesía, pues tal vez sobreviva a la ruindad del cuerpo, pero no podría escapar a la del espíritu, que no es otra cosa que verse entregado a la estupidez y a la sinrazón: la verdadera muerte. Venezuela debe permanecer lejos de eso, Venezuela debe cantar con el chino Valera Mora y gritar: “Sol del mundo que haremos / los que van a vivir te saludan”.

Texto: Yanuva León

Fotografías: Milángela Galea

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