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“El Chino” de las chichas

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Desde las ocho de la mañana comienza la jornada de Claudio Lobo. Cuidadosamente llena el pote de canela y el de leche condensada, acomoda los termos en la bicicleta. La noche anterior ha dejado el resto de las cosas preparadas: mezcló el arroz con la cantidad de agua necesaria, le agregó la leche correspondiente y los demás ingredientes. Luego de las diez, va rumbo al colegio Vicente Salias, donde lo esperan sus clientes recurrentes.

El Chino, como conocen a Lobo, lleva doce años vendiendo chicha en Maturín. Los primeros tres estuvo en el centro de la ciudad, pero luego consiguió establecerse frente a la escuela, donde se mantiene desde entonces.

Antes residía en Caracas y trabajaba en un laboratorio elaborando medicamentos, pero quedó desempleado y decidió probar suerte en Monagas. Al llegar se consiguió con respuestas negativas en los sitios donde buscaba, así que decidió hacer chicha para vender y resolver el momento.

Al principio —como a todos— no le fue tan fácil. “Tenía el conocimiento, mas no sabía prepararla bien, a medida que pasaba el tiempo y hablando con la clientela le fui dando el punto a la chicha hasta que llegó a la modificación que es, el punto que necesitaba”, cuenta Claudio mientras sirve con canela y bastante leche condensada una de esas chichas.

Al trasladarse de Caracas a Monagas tenía un sombrero de palma china que había comprado para irse de viaje cuando trabajaba en el laboratorio, así que decidió usarlo en su aventura de chichero para cubrirse del sol; desde ese momento, la gente que quería volver a conseguirlo lo buscaba por el accesorio. De ahí el nombre del negocio: Chicha El Chino.

“Aún conservo el sombrero, pero ya no lo uso porque se está deteriorando, cuando alguien me recomienda y vienen buscándome por ser ‘El Chino’, la gente me dice que de chino no tengo nada, ni siquiera los ojos, pero era el sombrero”, cuenta antecediendo a una risa.

Cuando se dice que alguien ha abandonado su trabajo en una empresa privada —para quien se encontraba apto por ser graduado y tener algunos años de experiencia—, parece que se estuviese contando una historia carente de sentido. No es concebido socialmente que un individuo pueda pensar ser independiente y sin ambición de aspirar en la escalera del trabajo esclavo.

Sin ambición y, por supuesto, sin mediocridad, Claudio Lobo cuenta que aunque a veces se ponga difícil la situación, hay momentos tanto buenos como malos, y ahora le va mucho mejor. “Hay esos días en los que se echa a perder el producto y hay que sacarlo y botarlo, pero son gajes del oficio”, explica al respecto; sin embargo, si pone empeño en lo que hace, organizándose, fijando horario, rutas y actividades, El Chino obtiene un sueldo fijo que además le alcanza para “echarse una escapadita” de vez en cuando a unas buenas vacaciones.

La experiencia de trabajar por su cuenta es mejor todavía, el agradecimiento siempre está presente. “Uno se emociona cuando lo alaban o felicitan en su trabajo, cosa que no es común en algunos empleos, el patrono no te dice: ‘Coye, lo estás haciendo bien’, no te anima. Normalmente en un trabajo te exigen, te reclaman, pero nunca te felicitan. Aquí muchas veces la gente te felicita, eso es parte de las cosas buenas que te animan a seguir trabajando”.

Además de vender chichas, El Chino se dedica al reciclaje en sus tiempos libres; con latas de aluminio realiza corazones, palmeras, arbolitos de navidad y hasta nacimientos. Normalmente los da como regalos a sus amistades, pero si le hacen un encargo accede a venderlos. Actualmente se encuentra planificando un proyecto de reciclaje junto a algunos amigos, aunque aún no han podido llevarlo a cabo. Lo hará, seguramente, así como se convirtió en El Chino del que no tiene pinta.

Texto: Roxana Parra.

Fotos: Milángela Galea.

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