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Dulce siembra de la identidad en Guatire

En La Explanada, rodeada de la montaña La Siria y El Bautismo, en Guatire, nació Lourdes Goncalves Pereira. A ese espacio ancho, caluroso y de viento insistente volvió muchos años después para reconstruir, como diría Paulo Freire, aquel universo de las creencias, gustos y recelos de sus viejos.

Su padre y madre se dedicaban a la agricultura, por eso siempre buscaban vivir en espacios donde pudieran cosechar lo que consumiría la familia. Su abuela Trina se dedicaba a la granjería criolla, hacía casabe, dulces y panes con harina de yuca. “Aunque no conocí a mi abuela esas raíces pasaron a mis tías y a mi mamá. A todo lo que se producía y sembraba en la casa se le sacaba el mayor provecho, de ahí me surgió una inquietud: producir la materia prima y buscarle varios derivados al máximo”. Por esa raíz y búsqueda, Lourdes aprendió a preparar con la misma facilidad una cafunga barloventeña o una insólita mermelada de flores de cayena o de concha de patilla.

Tiempo después su familia debió mudarse, pero Lourdes guardó como una necesidad urgente regresar. Así fue como hace siete años volvió a este espacio difícil de imaginar: tierras paridas de naranjales y desfiladeros de árboles de frutos cítricos en el corazón de varias montañas y tres urbanizaciones. Es el asentamiento Santa Cruz de Pacairigua, municipio Zamora. Un total de 115 hectáreas trabajadas por 58 familias parceleras, a 15 minutos de Guatire.

Lourdes tiene cinco hectáreas, dos en producción y tres en proceso de siembra. “Siempre quise tener una parcela para sembrar, nunca me sentí cómoda estando metida en cuatro paredes, siempre me ha gustado estar en los espacios libres, donde me pegue la brisa, donde pueda crear, las cosas que en verdad debería ser un ser humano. Me decían ‘cómo vas a conseguir un terreno agrícola en Guatire si eso es pura urbanización’. Yo les respondía ‘tú vas a ver que sí lo voy a conseguir’. Y así empezamos en la búsqueda y conseguimos este espacio, volví a mis raíces, cerca de estas montañas donde nací”. Aquí produce rubros frutales y también aprovecha la tierra para sembrar los “rastreros”: patilla, melón, auyama. De estas cosechas puede despachar a las comunidades cercanas cien cestas de aguacates, ciento cincuenta de naranjas dos veces al año, limón, mandarina, maíz, yuca, y si la lluvia es generosa hasta plátano. “No es para volvernos millonarios, es para surtir a los consejos comunales, las ferias, las bodegas de las comunidades, las fruterías cercanas”.

Transmitir la identidad

“Soy feliz de ser agricultora, es lo que me gusta, nadie me lo impone”, dice esta docente, maestra ceramista por formación, y agricultora, artesana y pintora por el hacer empírico. Hace 15 años inició un camino como facilitadora en las aulas y las comunidades: “Transmito todo lo que he aprendido en mi trayectoria de vida. Aunque a mis alumnos les doy artes plásticas siempre trato de darles variedad para que no se aburran, para que las áreas de ‘oficio’ les parezcan divertidas”. Da clases de gastronomía, pintura, artesanía y medicina ancestral porque dice que los saberes no nos los podemos llevar. “Debemos dejar un legado, para que cuando ya no estemos a alguien más le quede el conocimiento, así sea poco. Estamos en una cultura que nos intenta obligar a solo ser consumidores y no productores, eso se debe romper, y las situaciones difíciles como las de este momento en Venezuela con la guerra económica son las que enseñan”.

Esa línea formativa la ha convertido en una investigadora permanente. Lee, lee todo lo que le cae en las manos que tenga que ver con la identidad venezolana. Casi nunca usa Internet porque prefiere que sus investigaciones y experiencias sean de los lugares que visita. “Un tiempo fui a trabajar a Barlovento, donde hay una cultura muy rica, ahí hacía mi trabajo de docente y cada vez que podía me metía en los pueblos a investigar y me preguntaba ¿por qué esa dulcería?, ¿por qué se daba en las fiestas religiosas como el San Juan?, así me iba enriqueciendo. En cuanto lo sabía iba y se lo enseñaba a los niños a los que les daba clases, así empezamos a participar en los festivales con esa gastronomía”. De ir a ferias regionales con sus estudiantes llegó hasta Francia a participar en el Festival Internacional del Chocolate.

¿Cuál es su motivación para avanzar siempre más allá? “Veo una fruta, algún producto y digo: de ahí sale esto o aquello, la concha se aprovecha. De la parchita saco jugo, manjar, quesillo, pan relleno de mermelada de parchita. La gente se extraña de que yo use una fruta o una parte de la fruta para preparar alguna receta, pero eso pasa porque solo conocemos lo que nos venden en el mercado con la etiqueta de la marca tal y pensamos que fuera de eso no existen otros productos. Nos acostumbran a que lo que no encontramos en un mercado bajo un nombre y un envase no se puede hacer. Ni siquiera es que nos roban lo nuestro, sino que lo hacen invisible, nos alejan de nuestra gastronomía tradicional hasta que nos hacen pensar que nosotros mismos no lo podemos hacer.”

Entenderse desde lo urbano

“Yo sembraba y ya, no tenía esa consciencia de la separación de la actividad entre el campo y la ciudad. Aquí sembrábamos porque nos gusta y siempre lo hemos hecho. Al principio no lo entendíamos, pero al escuchar el planteamiento del presidente Maduro dijimos que era tiempo de aprovechar al máximo lo que hacemos en este momento, para demostrar que no solo se siembra en un campo adentro, que desde acá podemos beneficiar con nuestra producción a la gente que lo necesita. Hay que apoyar la agricultura cerca de los urbanismos y las ciudades, ¿por qué?, porque si por alguna razón nos quisieran trancar la distribución desde el campo o hubiera algún inconveniente, siempre estaríamos nosotros ahí para garantizar que los rubros lleguen a la ciudad.”

Y este es otro conocimiento que ha compartido con las comunidades vecinas. El objetivo es demostrar no solo que sí es posible sembrar algunos rubros básicos, sino incluso que el 30% del consumo familiar se puede producir en un espacio de hasta dos metros, que no es necesario estar todo el día dentro de un mercado comprando. En el último taller sobre siembras urbanas que facilitó participaron más de veinte consejos comunales. Allí trata de dejar algo claro: “No se necesitan grandes extensiones de tierra, puedes cultivar tu comida con lo que tengas a mano, acá sembramos en cauchos, en envases plásticos, solo necesitas las ganas”.

Después de muchos años de investigar y producir, Lourdes es conocida especialmente por sus mermeladas, pero dice que en este momento de su vida lo que más la satisface son las experiencias de formación: “Ese instante en el que después de un tiempo de haber facilitado un taller las personas me llaman para contarme que sacaron tomates o ajíes. Eso me fascina, que la gente aunque nunca lo haya hecho sea capaz de asumirlo por primera vez. Que sean semilleros, que no perdamos nuestra identidad”.

Texto: Katherine Castrillo / Contacto: @ktikok

Ilustración de portada: Daniel Duque

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