Cuando yo diga Canser (Sobre algunas rutinas con Canserbero) - Cultura Nuestra
Tú estás aquí
Inicio > Textos > Opinión > Andén Lejano > Cuando yo diga Canser (Sobre algunas rutinas con Canserbero)

Cuando yo diga Canser (Sobre algunas rutinas con Canserbero)

Canserbero

1

 

Este año comencé a dar clases en un liceo en San Justo, una localidad de la provincia de Buenos Aires que queda más o menos a dos horas de donde vivo. Desde el primer día los estudiantes hicieron fiesta con mi acento. Pero además mis pretensiones de cortesía y deferencia fueron leídas también desde el primer momento como sinónimo de debilidad. Así que a partir de un punto en la rutina tuve que apretar las tuercas y asumir una actitud casi arbitraria dentro del aula. Esta tensión por supuesto hizo más dificultoso el avance y la asimilación de los contenidos. Probé de forma digamos tradicional, leyendo cuentos y poemas, y probé incluyendo en las actividades recursos más actuales como el celular o algunas herramientas audiovisuales. Nada funcionó adecuadamente. Un buen día, por alguna razón que no llego a recordar, nombré a Canserbero a mitad de una clase. El salón entero se paralizó: fue un silencio mágico, colmado de sonrisas aprobatorias. No perdí un segundo en tomar el hecho a mi favor. Recuerdo que por entonces estaba leyendo Fight the Power, donde el mismo Chuck D afirma que en el espacio de la educación, la juventud exige relacionarse con elementos que formen parte de su realidad, esto es, materiales que estén a su alcance: los jóvenes absorben más de los videos que reproducen en sus pequeñas pantallas que de lo que podemos llegar a decirles en medio de aquellos sombríos salones. No quiero decir que los docentes tengamos que conocer la letra del último éxito de Bad Bunny ni mucho menos, pero sí quizás estar mínimamente al tanto de la sustancia cultural que los estudiantes están consumiendo en su cotidianeidad.

En la reunión posterior a la alusión a Canserbero, trabajamos con una de sus canciones. Los resultados fueron inestimables: la clase cohesionó. Los chicos se fueron rimando a sus casas y yo a la mía con la sensación de haber obtenido una pequeña aunque muy gratificante recompensa: nuestras relaciones comenzaban a prosperar afectuosamente. Lo que no llegué a advertir fue el enorme inconveniente en el que me había metido: a partir de aquella actividad, el curso se negó a hacer cualquier trabajo que no incluyera, aunque fuese oblicuamente, alguna canción de Canserbero. No me quedó otra que amoldar todos los contenidos: el día que nos tocó abordar el género policial por ejemplo, recurrí a la historia que se cuenta en “Mundo de piedra”; cuando vimos ciencia ficción, expliqué el concepto de distopía apoyado en “¿Hasta cuándo?”; por supuesto al comenzar a estudiar el género poético también nos pusimos a escuchar sus canciones. Recuerdo que en algún momento al principio del curso yo había apelado al axioma “Pienso, luego existo” para referirme a la doctrina filosófica, y a la frase “Pienso, juego, existo” en correspondencia al registro poético: quería que los estudiantes tuvieran en cuenta sobre todo el costado esencialmente lúdico que habita en la poesía. Por consiguiente, al repasar dichas materias partimos de una de las estructuras más creativas que se hallan entre cualquiera de las composiciones de Canserbero: fue extraordinario el impacto que les causó a los estudiantes advertir el juego que Canserbero trama y transpone a partir de la disposición de nuestro abecedario en “El mundo ABC”.

 

2

 

A Bianca le llamó la atención la foto que Jesús puso en una de sus historias del WhatsApp: una lápida adornada con girasoles que pertenecía a un tal Tyrone José González Orama. El epitafio rezaba “Ni más ni menos”. Bianca miró detenidamente la imagen mientras se apartaba de la frente una capa de sudor flamante. En la televisión una voz en alemán anunció las temperaturas más altas de los últimos diez años. Bianca no entendió una sola palabra: había llegado apenas unas semanas antes. Aquel clima le recordaba el llano donde creció: el cuerpo se le había llenado de una nostalgia inesperada, como si tuviera otra memoria en la piel. Yo tendría que estar triste en invierno, pensó, se supone que en el verano uno está feliz. Faltaban casi dos meses para comenzar las clases: Bianca tenía esperanzas de hacer nuevos amigos. Era su primera depresión de extranjera, pero todavía no le había puesto nombre: de hecho cuando chateaba con Jesús, le hablaba de cansancio o de flojera. Una sola vez dijo desesperación. Bianca siguió detenida unos minutos ante la imagen de aquella lápida: le provocaba un ánimo que excedía su curiosidad.

Googleó el nombre y en unos segundos una voz grave comprimió todo el calor que hacía en el cuarto. Dejó sonar las canciones, se puso a mirar sus fotos. Lo encontró guapo: una inflexión felina en el entrecejo la fascinó. El reproductor de YouTube reprodujo casi un disco entero. Las horas se sucedieron y así los días y las semanas. Entonces Bianca comenzó a colgar con confianza canciones de Canserbero en Facebook. En una ocasión le mandó un mail a Jesús donde le decía que de algún modo aquella música completaba espacios emocionales que en ella aparecían vacíos.

Un buen día Bianca se levantó con la sensación de que las canciones de Canserbero estaban invadiendo físicamente su pequeño apartamento en Berlín: la relación que había fijado con aquellas melodías empezaba a superar lo estrictamente musical y de algún modo comenzaban a generarle una especie de disturbio afectivo. ¿Es esto posible? ¿Es justo exaltarlo de esa forma? Que queden esas preguntas para una reflexión aparte. Lo cierto es que la obsesión de Bianca, es decir, su soledad, llegó a un punto en el que comenzó a figurar en cada canción, un oráculo a través del cual se le manifestaban respuestas y premoniciones: claves a eventos que le habían pasado, que le estaban pasando y que de hecho le iban a pasar. Una noche soñó con su voz: Canserbero la llamaba por su nombre. Me poseía, le dijo Bianca a Jesús por Skype, estaba dentro de mí. Y aquí es donde el cuento se pone realmente loco: porque a partir de ese sueño, Bianca no dejó de asegurar que efectivamente sentía una atracción erótica por Canserbero. Me abraza desde adentro, escribió Bianca el otro día en el chat. A Jesús se le pone la piel de gallina.

 

3

 

Uno de los últimos conciertos de Canserbero fue en San Justo. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que en aquellos rincones se aprecie su trabajo hasta ese punto? Pues resulta que el desplazamiento que ha provisto su música ha ocurrido justamente desde los márgenes hacia direcciones insólitas: Canserbero se estima de igual forma en un departamento en Kreuzberg que en un suburbio en Buenos Aires.

Uno de sus recitales aquí en Capital se llevó a cabo un domingo por la tarde en un local donde cabían fácilmente 1000 personas. Llegamos temprano. El espacio se fue llenando lentamente. El público estaba conformado en buena parte por menores de edad que asistieron acompañados de sus madres o padres: resultaba muy desigual observar a todos aquellos adultos dando vueltas por el lugar con cara de no poder decidirse entre un trago en la barra, vigilar obsesivamente a sus hijos o salir corriendo. Conté muy pocos venezolanos. No obstante todos se sabían las canciones. Hubo gritos, brincos, pogo. Parecía el concierto de un artista local. Esa noche me di cuenta de dos cosas: el alcance de la música de Canserbero es inestimable; el idioma que conforma sus canciones está compuesto por el castellano del futuro. Digo: la única revolución verídica que ha tenido continuidad en Latinoamérica ha sido la que hemos dispuesto sobre el lenguaje. No hay modo ni academia que pueda entroncar la grandiosa deformación que hemos provocado al idioma. Nuestro español figura cierto desgobierno inherente a la idea que tengo de la libertad. Ese movimiento que hace la música de Canserbero, desde los márgenes hasta lugares inesperados, es el mismo que atraviesan los fenómenos de nuestra lengua: en el barrio se reforma el vocabulario de una manera infinitamente más creativa y después se esparce como una plaga festiva.

Una de las cosas que solía pedirles a los estudiantes cuando hacíamos aquellas actividades, era que subrayaran las palabras que no entendieran. Yo esperaba que se preguntaran por el significado de vocablos y expresiones como ipso facto o maquiavélico. Pero lo maravilloso era que siempre terminaban por subrayar modismos y locuciones relativas al slang venezolano. Fue así como con el paso del tiempo los chicos comenzaron a usar palabras como paca, tasca o jíbaro. No es menor este capital sobre todo en medio de las dimensiones que ha cobrado nuestra migración: como una hiedra de palabras sobre la multitud nos expandimos lenta pero al parecer ya no tan silenciosamente.

 

Texto: Carlos Ávila.

Mulata, mi prieta (Sobre Nathy Peluso)

Comentarios

comments

2 thoughts on “Cuando yo diga Canser (Sobre algunas rutinas con Canserbero)

  1. Increíble.
    Desde que dejó físicamente este mundo terrenal, le llevo un luto en mis redes sociales cada 20 de cada mes. Porque pienso que, en forma de agradecimiento a lo que ha hecho por mí, no dejaré que su legado se olvide. Lo extraño a diario.

Comments are closed.

Top