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Comuna Cajigal : donde crece la producción comunal y socialista

Las dos hectáreas de tierra quemada se encuentran en lo alto del cerro. Allí todavía persisten pequeños focos de humo gris, restos de fogatas del alba, de las seis de la mañana, cuando el calor permite moverse liviano. Luego el sol aplasta, agrieta, desespera. Con ese fuego han curado la tierra, la han hecho más seca, más dura, más parecida al color de los zamuros, preparada para la siembra, para la época de lluvias.

Cada marca en ese lugar ha sido hecha por un grupo de cuatro hombres. Cada plátano que crecerá habrá sido plantado por sus manos, que se parecen a esa misma tierra que trabajan con machete, chicora, y que los hace a ellos también con cada uno de esos golpes.

Alrededor de esas hectáreas todo es verde. La selva se pierde, alta y lejana; debajo de las copas, como el oro verde, se encuentra el cacao. En el cerro vecino se ve una parcela de tierra igual a esta. Allí se encuentran otros campesinos que también ven nacer el día en la noche, que cargan sus semillas de plátano, maíz, ají, subiendo desde el río, y las guardan bajo el mismo refugio, un plástico negro sostenido por seis palos.

Cuando los cuatro hombres regresan a su comunidad a la una, lo hacen por un camino angosto, con piedras que son obstáculos, escalones, más golpes. En su paso ven cáscaras de cacao en el suelo partidas por la mitad –las hay amarillas, naranja, verdes, de un rojo oscuro, violeta. Los cuatro avanzan por las sombras atravesadas de luz, las hojas secas que dejan los árboles de cacao y aquellos más altos que los protegen –desde allí cuelgan raíces, orquídeas, nidos.

Al llegar atraviesan la calle principal, saludan a los vecinos que a esa hora se encuentran en sus casas -algunos se asoman a las ventanas-, caminan entre corridas de chicos, hasta llegar a las brasas del almuerzo que les ha sido preparado. Ahí entonces se sientan sobre sillas, piedras grandes, pasto, comen el sancocho colectivo. A su alrededor corren perros, cachorros, las gallinas buscan restos, y cerquita el río, ese río que desde arriba no se ve.

La base productiva

Esos cuatro hombres que cada día suben hasta esa cima quemada forman parte del consejo comunal Los Marines. También las tierras que trabajan. La asamblea les aprobó el financiamiento para ponerlas a producir. Con ese dinero compraron las semillas, las herramientas, y destinaron una parte para cobrar un incentivo semanal -algo menos que un sueldo. El acuerdo colectivo es el siguiente: al finalizar la cosecha y la venta comenzarán a devolverle el préstamo al consejo comunal, y con el excedente cobrarán para vivir –viviendo-, a la vez que el 3% estará destinado a la organización comunitaria.

Como esas dos hectáreas comunales existen noventa y ocho más en la comuna agropecuaria Cajigal, situada en el estado Sucre, en el municipio que le da el nombre: Cajigal, en la parroquia Yaguaraparo. Su extensión es de 20 mil hectáreas, de las cuales la mitad no son aptas para cultivo, 2 mil 300 son de cacao, otras 3 mil esperan por ser puestas a la producción. Las demás tienen otros cultivos -frutas, verduras, hortalizas-, y son habitadas por el pueblo.

La agricultura comunal es uno de los principales ejes económicos impulsados por la comuna. En una zona agraria -atravesada por décadas de abandono estatal, migraciones masivas a las ciudades y baja productividad-, y en el contexto de una guerra económica que ha venido agudizándose desde hace más de un año, poner a producir las tierras es estratégico.

Nada de eso es nuevo para los comuneros y las comuneras: el primer consejo comunal de la zona –La Horqueta de Mata de Chivo– comenzó a organizarse en esa dirección, y hacia allá siguen mirando, hacia las 150 nuevas hectáreas que están proyectando poner a producir colectivamente, y cuyo financiamiento ha sido aprobado por parte del Estado. Y ahora ya no son un consejo comunal sino 16, organizados en la comuna fundada una tarde de agosto del año 2013.

Augusto Espinoza, uno de los principales referentes de La Horqueta, conoce esa realidad desde sus inicios. Junto a los demás comuneros ha llegado a una certeza: “No puede haber comunas que no sean productivas. Nosotros trabajamos para que haya un equilibrio entre los 16 consejos comunales, que todos produzcan”.

En su consejo comunal han logrado poner en pie 5 galpones de pollos donde trabajan 29 personas -para un total de 18 mil unidades cada dos meses-, y una bloquera con capacidad de producción de 2 mil 500 bloques diarios, donde se desempeñan 20 comuneros y comuneras en dos turnos. Saben que así generan empleo, ingresos para la organización comunal, un nuevo sistema económico que busca ser productivo y algo más: socialista.

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En las calles, frente a las puertas, se extienden rectángulos de cacao secándose al sol -pueden tener hasta 8 metros o más de largo, y aproximadamente uno y medio de ancho, no más, deben dejar espacio para que circulen los carros. El aire queda así marcado por un olor agrio, casi dulce, penetrante. Son los cuatro días que le siguen a la curtida de los granos, el encierro en bolsas para que comience el proceso de fermentación. Una semana en total. Días en los cuales muchos niños no van a la escuela, para quedarse trabajando junto a sus padres.

Las casas en el pueblo son bajas, con rejas, y colores, muchos. Verdes, rosa, violeta, púrpura, celestes o amarillas. Los días comienzan temprano como en la zona alta. Las siete parecen las diez; las diez, demasiado.

Al recorrer el territorio comunal nada parece indicar la presencia de la comuna, ni los grupos de hombres y mujeres construyendo casas, las hileras de casas ya construidas, la maestra que va a la escuela con sus hijos, las personas que preparan los cimientos para la nueva zona educativa y recreativa. Tampoco el vivero que se encuentra al borde de la ruta, o el camión que vende pescado en la plaza central. Sin embargo, todo lo es. Una excesiva evidencia que la hace invisible, la comuna es la vida cotidiana.

Uno de los pocos espacios comunales que se encuentra señalado por un cartel es la Empresa de Propiedad Social Directa Comuna Unidad de Suministro La Horqueta Productiva, –“directa porque la organiza el pueblo, autónomamente”, explica Elinor, socia de la Empresa-, situada en el centro de Cajigal. Sus puertas -que tienen en cada lado un mural con Simón Bolívar a caballo, a espada, liberando- abren a las 8 de la mañana. Los anaqueles tienen lo que en muchos lugares del país a veces falta: aceite de girasol y de oliva de la empresa Diana, leche condensada y en polvo de la empresa Los Andes, harina de maíz, caraotas de la Corporación Venezolana de Alimentos (Cval), frutas, verduras y hortalizas de las tierras comunales, así como de productores individuales -familiares- de la comunidad.

Hasta ahí se acercan vecinos y vecinas desde temprano también. Vienen desde las calles principales, de la zona baja, o se acercan por el puente rojo y de metal que cruza el río, ese río que viene bajando al lugar donde cuatro hombres almuerzan al regresar de ese arriba que parece demasiado, cuatro hombres que en unos meses venderán ahí sus plátanos.

El encadenamiento liberador

“Estamos en pañales, sentando las bases, a pesar del avance producimos a muy baja escala, tenemos que cubrir las necesidades del eje comunal”, dice Eidis Brito mientras maneja uno de los dos camiones de la comuna. Con él suben hasta la zona alta por la ruta de piedras, agujeros y laderas, bajan las cosechas hasta la Unidad de Suministro, y van hasta el estado Carabobo a comprar directamente los productos de las empresas estatales.

Eidis sabe que deben aumentar la producción, que necesitan 40 mil pollos y 400 hectáreas de siembra comunal para dar respuesta a la necesidad del eje (donde viven 10 mil 630 personas) en esos rubros. También que deben avanzar en dos aspectos: tener el control sobre la totalidad de la cadena productiva, y profundizar el encadenamiento. Es decir, el proceso dialéctico que permite poner en marcha un nuevo proyecto a partir de uno ya existente, para a su vez fortalecer el primero.

Sobre el primer punto han podido avanzar en algunas materias. El caso de la producción agrícola, por ejemplo, es el siguiente: con el vivero comunal agroecológico (donde funcionará además un banco de geoplasma, y cuyo objetivo principal es recuperar las variedades de cacao autóctono, como el cacao perla) producen una parte de las semillas para los conucos comunitarios –las demás son compradas a los entes del Estado o en el mercado privado.

Lo que se cosecha allí es transportado por la comuna hasta la Unidad de Suministro, logrando romper parcialmente con el monopolio de los intermediarios, que compran los productos a los agricultores a bajo precio para revenderlos con un aumento final de hasta el 100%. La respuesta comunal sin embargo es insuficiente: deben distribuir con un camión –a veces tienen los dos- 1 millón 240 mil plátanos, que es la cantidad que pueden producir las 62 hectáreas comunales.

Finalmente el esfuerzo de los campesinos es acopiado y vendido comunalmente, a un precio inferior al que rige en el mercado (la parchita por ejemplo es vendida a 40 bolívares el kilo, mientras que en las tiendas privadas se encuentra a 60). Además, desde la Unidad de Suministro se realizan operativos de venta a las comunidades más alejadas para garantizar un acceso equilibrado.

Ese recorrido –que todavía no está totalmente en manos de la comuna, y que se encuentra en una pequeña escala- es la muestra del caso más avanzado en la comuna Cajigal. Sin embargo, esto no ocurre en otros circuitos, como el caso de los pollos. Allí el problema es inicial: el alimento, los pollos pequeños (que hacen engordar) así como los materiales para construir los galpones, todo está en manos del sector privado. La venta sí es directa, sin intermediarios, a la comunidad.

El problema de los insumos al que deben hacer frente los comuneros (en un contexto de guerra económica que genera alzas de precios de manera repentina) no es exclusivo de su caso. Ante ello han elaborado un plan, el encadenamiento productivo. Siguiendo con el mismo ejemplo: Eliel, Augusto y los centenares de hombres y mujeres que día a día hacen la comuna han llegado a la conclusión de que necesitan una sala de matanza de pollos. Para poder ponerla en marcha es necesario que produzcan una mayor cantidad, aproximadamente 70 mil unidades.

Con la sala activada podrían iniciar el proceso de secado de las vísceras, plumas y uñas de los pollos, para luego procesarlas y convertirlas en harina (con proteína concentrada) que sería utilizada como alimento para pollos, ahorrando así gran parte del alimento que hoy le compran al privado y que representa gran parte del gasto (450 mil bolívares para 10 mil pollos, que al final dan una ganancia de entre 150 y 200 mil bolívares netos). A su vez, ese mismo alimento podría ser utilizado para el proyecto de cría de cachamas, otro espacio productivo que buscan poner en marcha.

La sala de matanza permitiría vender los pollos ya preparados para ser cocinados, pollos que podrían ser almacenados en las 5 cavas (con capacidad para 10 mil kilos cada una) que se encuentran en la Unidad de Suministro, y ser vendidos a un precio siempre más barato (en la actualidad venden a 40 bolívares mientras en las tiendas privadas ronda los 60).

El problema con el que se encuentran para poner en marcha este proceso es uno y central: los recursos (además de la sala de matanza explican que podrían poner a funcionar una incubadora para generar ahorro en la compra de los pollos pequeños). Sobre este punto la comuna ha encontrado una solución, parcial, pero que ha logrado dinamizar el camino: la reinversión de los excedentes generados por los mismos proyectos de la comuna. Sin embargo esos tiempos son largos y a veces inciertos (la construcción de un galpón cuesta en la actualidad 200 mil bolívares, pero en el contexto inflacionario especulativo su precio puede aumentar rápidamente), y, asegura Eilis, para realizar proyectos “de magnitud” necesitan un financiamiento estatal.

El socialismo es más que producir

La génesis es la siguiente: primero fueron 105 casas otorgadas por el Estado (el Ministerio del Poder Popular para las Comunas y los Movimientos Sociales). Con la construcción de esas viviendas generaron un excedente económico –ahorrando- que les permitió construir los 5 galpones, y con el excedente nacido de la cría de pollos pudieron poner en marcha la bloquera, que a su vez generará un ahorro en la construcción de las nuevas viviendas (hasta el momento han construido 487 en la comuna). Ambos productivos están asentados sobre las 9 hectáreas comunales también compradas con los excedentes.

¿Cómo? Con trabajo voluntario. Ese es el motor que permitió llegar hasta el hoy, construir el espíritu de la comuna, su posibilidad. Porque no solamente ahorraron gastos en la mano de obra (los galpones fueron construidos con el trabajo voluntario de la comunidad luego del horario laboral de cada persona, solo los soldadores recibieron un incentivo). Como explica Eidis, “fue el mecanismo para despertar la consciencia social frente a una cultura capitalista de 500 años, para pensar como sujetos colectivos y no individuales”.

Así, por ejemplo, con los recursos para construir 500 metros de ruta construyeron un kilómetro. Esto, a la vez que generó una mejoría en la vialidad (en un área, aunque en pequeña escala, estratégica para el transporte de cosechas), fortaleció la propia comunidad. Leyda Espinoza, vocera y referente de la comuna, explica lo que para ellos significa esa práctica: “El trabajo voluntario es el trabajo liberador por excelencia, porque trabajamos para nuestro entorno, no lo hacemos para ganar algo personal, nos fortalecemos a nosotros mismos, al desarrollo endógeno, a la comunidad que crece y se sustenta en lo social, lo económico y lo cultural”.

Por eso, por el trabajo voluntario, lograron generar excedentes en cada obra emprendida, que fueron reinvertidos hacia el propio colectivo que los generó (maquinarias para nuevos espacios productivos, apertura de nuevas siembras, ayuda por problemas de salud, obras sociales, entierros, etc.), y así, de a poco, se fue consolidando “el ser social” en el que cree Eilis, que descubrió junto a sus compañeros y compañeras de comuna.

Porque, como afirmaba Ernesto Guevara como ministro de industria en 1965, durante la naciente revolución cubana, “el comunismo es un fenómeno de conciencia y no solamente un fenómeno de producción; no se puede llegar al comunismo por la simple acumulación mecánica de cantidades de productos puestos a disposición del pueblo”.

Por eso insistía en la necesidad del “estímulo moral” como el motor central (en tensión/contraposición al “estímulo material individual”). El trabajo voluntario era en esa perspectiva una de las principales formas de toma de conciencia popular para impulsar una producción, un desarrollo de otro tipo, no capitalista, la misma conclusión a la cual llegaron los comuneros y las comuneras de Cajigal. Por eso Augusto insiste y une al nuevo sujeto con el nuevo trabajo: “Cualquier compañero puede ser comunero. Tiene que empezar a hacer trabajo voluntario, a estar con el otro, entonces un maestro puede ser comunero, cualquiera puede serlo”.

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El horizonte termina a pocos metros, a veces menos. Los hombres se buscan entre ellos con gritos. En la zona baja no quedan montañas y las plantas crecen altas, gruesas, apretadas. Cerca de allí están los manglares, los canales y el río que desemboca en el Golfo de Paria, el mar que se abre. Allí las garzas rojas caminan sobre la arena cuando la marea está baja, vuelan de a diez, veinte, cuarenta, hasta volver a posarse, y seguir buscando los charcos, los pastos, la vida que deja el agua cuando se va.

Entre las plantas de maíz, los cocoteros y las auyamas, avanza un hombre con un machete. Admira lo que da la tierra, el esfuerzo. Él prestó su terreno a la comuna y ahora allí está en marcha un conuco de tres hectáreas donde trabajan 6 personas, todas financiadas como los cuatro hombres del cerro quemado, como los que quieran apostar a la producción colectiva. “El problema no es la tierra -las patillas en esta parte miden hasta casi un metro- sino las herramientas y la distribución”, explica Eidis.

Los comuneros y las comuneras de Cajigal saben que las tierras están, al igual que la organización popular, la conciencia colectiva creciente, el sujeto de la transformación. También han descubierto que pueden. Lo demostraron a la gente que no creía, al Estado. Pero de ese Estado necesitan más, para profundizar el poder comunal –ese nuevo poder que libera-, la autonomía. Porque tienen financiamiento propio, capacidad para impulsar proyectos pero, como decía Eidis, las limitaciones son las dimensiones del impacto.

Por eso enseñan y reclaman desde su realidad arraigada en la tierra. Reclaman, como Augusto pregunta, propone: “No entiendo por qué el Gobierno otra vez hace los acuerdos con los privados que aceptan hasta que se arrechan otra vez. Por qué no acaba con esa telaraña y pone en pie un plan de 6 meses junto al pueblo y al ejército, y vivimos esos 6 meses jodidos pero montamos plantas de alimentos concentrados, de procesamiento de cacao, hacemos planes nacionales de siembra de arroz, maíz, caraota”. Tampoco comprende por qué el Ministerio de Agricultura y Tierra no financia a consejos comunales, solo a productores individuales.

Pero el desacuerdo no se acerca a la derrota sino a la necesidad de más, de cruzarse con otras comunas para debatir acerca de la economía comunal, una economía que debe ser inventada, con legados como los de Guevara (quien inventó, cuestionó lo existente –incluso el socialismo para entonces vigente-, señaló la condición de la transición en América Latina: “un grito dado desde el subdesarrollo”), y sobre todo los de cada experiencia revolucionaria venezolana que empuja lo posible un poco más lejos.

Porque detrás de los plátanos, de la comuna, están los hombres que salen al alba, cerrando las puertas de sus casas, y prenden fogatas, queman la tierra, el sol, y pisan caminos violeta y rojos de cacao -de un cacao que durante siglos tomaron otros en otros continentes-, y lo hacen por la comida, la vida, y un proyecto nuevo, que saben propio, de un pueblo que abrió las puertas. Sobre esos hombres descansa urgente la posibilidad de la comuna, su necesidad, como el río que baja, las garzas rojas, lo que deja el agua cuando se va.

Texto: Marco Teruggi.

Fotos: Milangela Galea.

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