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Cómo matar un pollo y ocupar una empresa

Zona Sucia

Lo primero es prepararse. Esperar que lleguen los camiones F50, quizá unos diez o más, cada uno con dos mil aves. Cuando llega cada pollo a la “zona sucia”, como le llaman, el guindador lo cuelga de cabeza y el animal pasa por un cubículo de fibra plástica donde recibe una leve descarga eléctrica que lo aturde. Después el degollador le raja el cuello, con una cuchillada determinada y metódica, para que se desangre pero mantenga la cabeza. Podría decirse que lo vuelve casi un pollo kosher, por el golpe “certero y letal” recibido, como lo describe Philip Roth en su novela Indignación.

Llega al área de escaldado. Lo espera una caldera gigante con agua a una temperatura entre 48 °C y 50 °C. Ahí se queda 40 segundos hasta que las plumas se ablandan y es enviado a un pasillo aéreo, cuyas paredes, llenas de dedos de goma, terminan por tumbar las plumas reblandecidas.

Rome Arriechi llegó en el 2013 al matadero “Pollos Souto” a grabar el intento de desalojo a los trabajadores liderado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y la Guardia Nacional, y se quedó a trabajar.

Este matadero industrial fue instalado en los años ‘80, con capacidad para atender 20 camiones diarios de gallinas, pavos, patos, gallos y pollos. Sus dueños iniciales se aliaron en el año 2000 al Grupo Souto, una empresa avícola nacional con cinco marcas en el mercado, dedicada al área porcina, embutidos, alimentos para animales, además, dueños de uno de los mataderos de cerdos más modernos en Latinoamérica. Los Souto inyectaron grandes cantidades de dinero al matadero y pasaron a ser “el patrón”, asumiendo la responsabilidad de sueldos y beneficios laborales.

El conflicto inició en el 2012. El patrón, bajo el argumento de “poca rentabilidad”, decidió no pagar una serie de beneficios colectivos a lxs obrerxs. En diciembre de ese año se produjo la primera toma pacífica de la planta: se trancó el portón al patrón. “Estábamos casi seguros de que no se trataba de una acción meramente antiobrera, sus acciones venían acompañadas de una clara intención política nacional, era el inicio de la guerra económica. Y esta no era la primera vez, en el año 2008 a este mismo grupo se le encontró 400 mil toneladas de pollos muertos en Yaracuy, y varias veces se les descubrió alimentos escondidos en otros espacios con el fin de generar el acaparamiento para la inflación inducida de los precios. Era el plan purina: acaparar y aumentar los precios de cerdo/res/pollo”.

Federico Colmenares empezó a trabajar en el matadero el 25 de junio de 1990: “Nos ponían diariamente a matar las aves de veinte camiones por un miserable sueldo. Nos tenían pisoteados. Trabajábamos desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde con media hora para almorzar.”

En el 2013, a tres meses de la muerte de Hugo Chávez, el patrón intensificó la precariedad laboral. Duraron cerca de un año mandando solo tres camiones diarios mientras montaban un matadero más sofisticado en Maracay, y por las noches sacaban a escondidas la maquinaria. En agosto atendieron un último camión de aves, se mandó a parar definitivamente la actividad en el matadero, y un viernes les dijeron “tomen su cheque”. Fue la misma estrategia usada por otros empresarios de la zona (Alfareros del Gres y Brahma), y de otros estados a nivel nacional por esa misma fecha. “Lo hicieron con el pretexto de que el Estado ya no les estaban inyectando divisas, que no tenían ganancias, cosa que sabíamos era mentira y comprobamos meses después cuando supimos que el Grupo Souto seguía facturando a nombre de esta empresa en otros estados”.

Al inicio la exigencia de lxs trabajadorxs fue la reactivación del matadero. La guerra económica empezó a acelerarse, habían sueldos caídos, lxs obrerxs sobrevivían gracias a colaboraciones de las comunas cercanas. “Eso nos llevó a tomar una decisión rápida, la ocupación de la empresa. Ahí tuvimos dos aliados fundamentales: la Federación Bolivariana de Trabajadores y la “Comuna Tamaca, Bolívar y Chávez”.

De más de 100, resistieron 19. Algunxs, como Federico, se quedaron porque necesitaban llevarle el alimento a la familia. “Con mi edad ¿dónde iba a conseguir trabajo?”

El 4 de noviembre hicieron la ocupación pacífica. Conversaron con los dos últimos bastiones del patrón para que abandonaran el espacio: el área administrativa y la seguridad privada. Esta ocupación era inicialmente para hacer presión sobre el patrón para la reactivación, pero también era una acción de apoyo con los trabajadores de la Empresa de Propiedad Social Directa Alfareros del Gres, de producción de baldosas y bloques, que poco antes habían tomado la empresa bajo control obrero por las mismas razones.

Uno de los dueños del matadero se fue a Europa. Otra se fue a Mayami. Y al día siguiente de la toma ya recibían el primer camión de aves bajo nuevas lógicas de producción, otras relaciones de propiedad y distribución, con el apoyo de las comunidades.

“El día de la toma mandamos un mensaje al mundo: ante cualquier saboteo tenemos que tomar las fábricas, tenemos que rescatar los medios de producción”.

Zona de Desvisceración

Los guindadores de pollos calientes lo recibe más que desnudo, sin plumas ni patas. Lo hacen llegar a la máquina que le quita la cabeza. Entonces le toca a los rajadores, los que se encargan de hacerle un corte horizontal o vertical en el culo, con delicadeza indispensable para no romper ningún órgano interno.

En un área llamada “presentación” se mete la mano enguantada a lo largo del cuerpo del ave y se le extraen tripas, hígado, corazón y molleja. Todos los órganos quedan colgando del cuerpo. Alguien en la cadena de trabajo aparta el hígado y el corazón y los tira por una canaleta, alguien más tira las tripas en otra canaleta de mayor tamaño. Al dar la vuelta por el circuito están los mollejeros, que extraen este estómago muscular para que especialistas las seleccionen, rajen, saquen “lo amarillo”, laven y almacenen.

Pasan al primer control de calidad. Verifica que el pollo esté bien “beneficiado” o desviscerado. Si es así, sube y cae en un tanque de acero inoxidable, llamado pre chiller; con agua tratada a temperatura ambiente, y paletas de acero inoxidable que giran para limpiarlo por dentro y por fuera. Va hasta el chiller, que tiene agua fría para llevarlo a menos 5 °C.

Casi es el final del viaje. Llega una mesa de acero inoxidable. Viene el segundo control de calidad. Lo revisan para ver si está apto o si tiene el frío adecuado para embolsarlo. Lo guindan de la pata y va al siguiente nivel.

“A finales del 2013 regularizamos el trabajo en el matadero y los pollos que recibíamos los vendíamos a la gente de la comunidad que se acercaba. En el 2014 ya iniciamos el proceso de distribución yendo nosotros directamente a las comunidades con los camiones cavas de la empresa que quedaron aquí. Pero para que no los usáramos los antiguos dueños los reportaron como robados, así que no los pudimos sacar más. El Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC), enviado por los empresarios, ha venido a revisar varias veces si los camiones siguen aquí. Nosotros, que ocupamos este matadero para hacer llegar comida al pueblo somos tratados por la burguesía y los policías corruptos como unos ladrones”.

En el 2014, ya bajo control obrero, beneficiaron a las comunidades con 250 mil toneladas de pollos que fueron vendidos por debajo del precio regulado. Cuando el kilo estaba a un precio máximo de 43 bolívares, lo vendían en 25 bolívares. “¿Cómo podíamos hacer eso? Nos dimos cuenta de que la apreciación de Marx era correcta en el tema de la plusvalía: el que se comía el dinero restante era el patrón. Porque conseguíamos los pollos a precios muy baratos y con cuatro horas de trabajo se cubría toda la jornada”.

Tanto fue el impacto del trabajo y las jornadas de ventas que llevaban a las comunidades, que lograron que en dos grandes parroquias como Cují y Tamaca, ninguna charcutería privada vendiera pollos. Dice Rome: “¿Es posible combatir a la burguesía? De bolas que sí”.

El 21 de marzo de ese año se registraron como Empresa de Propiedad Social Directa Comunal Beneagro bajo el lema “19 luchadores de la Patria”. Con un nuevo modelo de producción y de propiedad.

Aunque los otrora patronos estaban fuera del país, en la distancia intentaron cansar a lxs trabajadorxs. El 13 de mayo se produjo el primer ataque frontal, el mismo día que Rome se acercó a grabar los abusos de la policía y se quedó en el matadero en el que desde hace muchos años trabajaba su padre. “Trajeron al Sebin y la Guardia Nacional. Golpearon con los fusiles el portón, invadieron casas de vecinos, se intentaron meter por la fuerza al matadero. A una compañera la golpearon. No mostraron orden de allanamiento, no podíamos salir. Dijeron que procesábamos drogas, que teníamos gandolas robadas. Estuvimos encerrados sin comer todo el día. ¿Pero qué pasó? Todas las comunas, los vecinos, nos vinieron a apoyar, rodearon el sitio hasta que vino la Defensoría del Pueblo. Dejamos entrar al final a algunos miembros de la policía, les mostramos todos los permisos, las instalaciones, vieron que todo estaba en orden y nos dejaron tranquilos”.

En el 2015 todo fue más complejo. Las relaciones de cría y producción de pollo todavía son feudalistas. El empresario tiene los recursos para construir los galpones de cría de animales, estos son atendidos por la gente pobre; tiene para procesar los alimentos que consumen los animales; centraliza los insumos, los técnicos, todo, bajo la condición de que lo generado les sea arrimado solo a los mataderos que también manejan. En consecuencia, los campesinos se convierten en semi esclavos de los empresarios. “La familia Souto maneja gran parte de toda esta cadena, y cuando llegábamos hasta los galpones a proponerles a los campesinos nuestro matadero nos decían ‘no podemos venderle a ustedes porque fueron los que tomaron Souto, y si les vendemos nos quitan el galpón y los animales’, incluso había amenazas de muerte”, cuenta Rome.

Después vino otro ataque. Apareció el abogado de la empresa acompañado de la Policía Nacional Bolivariana. “Venían más violentos, traían cizallas para cortar el portón. Pedimos un amparo, llamamos a nuestro abogado y no los dejamos entrar. Se fueron. El abogado de los Souto vino con una jueza del Tribunal Superior Agrario y varios representantes del Tribunal Supremo de Justicia. Aunque no consiguieron nada se puso en marcha una solicitud de juicio contra tres de los trabajadores.

Zona de Empaquetado

Revisan si es un pollo de primera, de segunda o un “pollo descarte”; depende de si no se desangró completamente o si su peso no es adecuado para la comercialización. Lo agarran y meten a través de un embudo hasta la bolsa que otro grupo engrapa. Pasa a una mesa de acero inoxidable, y lo llevan a formar parte del grupo de veinticinco pollos que meten en cestas. Son cuatro cestas con un total de 100 pollos que pasan a “La Romana”, un peso especial. Se anota en el control de pesadas y finalmente los regresan al camión para venderlos.

No tienen miedo a los oligopolios, pero sí esperan más apoyo del Estado. Trabajan gracias a que empezaron a aparecer productores particulares y criaderos de pollos más allá del Grupo Souto. Les empezaron a arrimar la producción y pueden mantener la venta a precios más bajos para beneficiar a 900 familias de las comunidades. Hoy son 30 trabajadores entre obreros y comuneros, y hasta uno de los guardias de la seguridad privada que prefirió quedarse luchando junto a ellxs. Tienen 14 hectáreas pastoreadas de ganado y horarios justos.

Para quienes nunca lo han hecho, pensar en algunos procesos de matanza de un ave puede ser molesto o inaguantable. Quizá equiparable a resistir ciertos procesos necesarios para tomar el control sobre los intereses de un empresario. Pero en ambas experiencias, volviendo a Roth, simplemente “haces lo que tienes que hacer”.

Rome tiene 21 años y me cuenta que está claro en lo que significa lo que hicieron al ocupar los espacios abandonados por el patrón, al meterse con los intereses que defiende un abogado que no conoce lo que es la desesperación de cortar el envase de una pasta de dientes cuando no hay más. Estos son los mejores años de su vida, dice. “Lo mío era el graffiti. Nunca me imaginé estar matando un ave, ni ocupando una empresa”.

Texto: Katherine Castrillo. Contacto: @ktikok

Ilustración: César Mosquera. Contacto: @Cesar_Mos

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