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Chávez sobre el 13 de abril del 2002: “Salí resucitado”

No estoy exagerando. Muchos hombres cumplieron un papel, algunos heroicos, algunos dieron la vida, pero las mujeres venezolanas cumplieron el papel determinante en aquellas jornadas de los días 12 y 13 de abril de 2002 de muchas maneras, en distintos espacios, pero sobre todo en la calle.

Y veía anteanoche unos testimoniales muy buenos que el Canal 8 ha preparado. Ese cerro de El Valle se vino abajo completo, el pueblo se fue hacia Fuerte Tiuna, desarmados, y al frente tenían unos tanques de guerra. Una mujer cuenta cómo un grupo de mujeres se paró frente a un tanque y empiezan a gritar: “Soldado, tú eres del pueblo”, hasta que se bajaron los soldados del tanque y se lo dejaron a ellas. Ahí se montaron, solo que no sabían manejarlo. Y así pasó en muchos lugares. En lo personal, a lo largo de esas horas que viví, aparecieron las mujeres de distintas maneras. La primera fue mi madre allá en Palacio. Esa madrugada apareció hecha huracán y recuerdo que me dio una lección de coraje. Ya yo había decidido irme a Fuerte Tiuna, no sabía que estaba en el Palacio a esa hora, ella llegó y se metió al despacho. Un grupo de traidores andaban allí ofreciéndose para el diálogo, iban y venían. Pero todos fueron unos traidores, otros cobardes. Estábamos conversando y llegó mi madre con un mensaje de coraje, de fuerza y de mucho amor, por supuesto.

Luego ya prisionero en Fuerte Tiuna, en la habitación donde me tuvieron preso desde el amanecer del 12, ahí en la Policía Militar, llegaron dos mujeres militares, fiscales muy jóvenes. Estaban amenazadas, presionadas, vigiladas, pero les permitieron entrar como para llenar un formato. Ellas hicieron un acta y yo les dije: “Pongan ahí, por favor, que yo no he renunciado”. Ya estaban diciendo por todos lados que yo había renunciado, era media mañana de aquel 12 de abril y ellas presionadas por un golpista que estaba viéndolas allí, chequeando lo que escribían. Ellas no escribieron lo que yo les había pedido, así que firmé el acta y les dije: “Bueno, está bien”. Ellas se fueron. ¿Saben lo que hicieron? En letras minúsculas, chiquiticas escribieron debajo de mi firma. Nota: “Manifiesta que no ha renunciado”. Y cuando salieron del ámbito de vigilancia y presión de los golpistas, consiguieron y le mandaron una copia al fiscal general, Isaías Rodríguez. Esa es una de las causas o de los disparadores de aquella rueda de prensa que el fiscal Isaías valientemente da. Y él dice: “No hemos visto la renuncia firmada del Presidente, más bien tenemos evidencias de que él manifiesta que no ha renunciado. Por tanto, —dijo Isaías aquella tarde— sigue siendo el presidente”. Eso fue un mensaje que le dio como con un misil a la matriz de opinión que habían estado creando, a punta de repetición, de que yo había renunciado. Bueno, las dos muchachas, fíjate.

Después me sacan de Fuerte Tiuna y me llevan en helicóptero cerca de la media noche a Turiamo. Me querían matar en Fuerte Tiuna, pero un grupo de oficiales lo impidió, entonces me sacan a Turiamo. Allá también me querían matar, otro grupo de soldados lo impidió y obligaron más bien a los sicarios a devolverse en el helicóptero; empezaron a protegerme. Entonces me llevan a una enfermería de la base naval y aparecen otra vez las mujeres: una doctora y una enfermera, militares las dos. La doctora me chequea esa madrugada. Y la enfermera, una mujer joven, morena, de Barlovento me dijo que era. La doctora salió y ella se queda. Yo estaba con un shorcito, una franela y descalzo, porque no tenía nada, ni unas chancletas; preso es preso, pues. Yo le veo los ojos y ella me dice de repente: “¡Ay, Presidente, ay mi comandante!, yo que soñaba con conocerlo desde niña, pero jamás pensé que iba a conocerlo así”. Ella me vio derrotado, sentado ahí, yo estaba como abandonado, en verdad. Cristiano como soy, dije: “Bueno, lo que tú quieras, si me tocó morir hoy, aquí, estoy listo. Eso sí, si me toca morir, no voy a pedir clemencia, ni perdón, ni nada, sino que hay que morir de pie como murió el Che Guevara”. Entonces, aquella muchacha me dice: “Mi mamá lo quiere tanto. Y mi hijo, si usted lo viera cuando usted sale por televisión, se para firme y saluda”. Yo le pregunto: “¿Y tú hijo, cuántos años tienes?”. “Tiene tres”. “Cómo se llama”, y tal… Ella me habla y se va llorando. Exploté… y me metí en el baño a llorar, pero en esas lágrimas me pasaban todos los niños pobres del mundo, los descalzos… Fue definitivo aquel mensaje, porque incluso ella me dice: “¡Ay!, ¿qué será de mi hijo ahora?”. Eso me disparó un sentimiento especial que tenemos nosotros los revolucionarios por los niños, y entonces dije: “¡Dios mío!, ¿qué va a ser de los niños ahora, con este cuadro de escuálidos, de perversos, y de oligarcas controlando a Venezuela?, ¿qué va a ser de los niños venezolanos?”. Después me lavé la cara, me senté allá, en una sillita. Y juré una vez más: “Yo tengo que volver”. Aquello me dio duro en el alma. Salí de aquel baño resucitado, retomada la fuerza. Era tarde en la noche y cuando amanece ya yo estaba hablando con los sargentos y unos oficiales jóvenes que me custodiaban, haciendo el plan para irnos a Maracay. Pero no hizo falta, ahí llegó un helicóptero, nos fuimos a La Orchila y allá fue el grupo de paracaidistas y la Fuerza Aérea al rescate. Antes de que saliera el sol por tercera vez consecutiva, ya estaba de nuevo en Miraflores. Fue como un milagro. Venía en el helicóptero, y yo decía: “¡Dios mío!, ¿será verdad esto?”. Entonces me dicen: “Vamos a Maracay”. “A Maracay no, vamos a Caracas, vamos al Palacio”. “Que todavía no hay control sobre las adyacencias”. “No importa, vamos al Palacio”.

Y no solo en mis aconteceres directos de aquellas horas, sino en las calles, en los barrios, en los pueblos, la mujer venezolana dio una demostración contundente y heroica de lo que es capaz, de su fuerza, de su amor, de su coraje.

Texto: Hugo Chávez

Extraído de Cuentos del arañero (Compiladores Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso)

Ilustración: Pablo Kalaka

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