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#SonHorasDePaz: Chávez, Colombia y “lo otro”

Se vino de Colombia con 18 años. Más bien “la vinieron”. Porque ique tenía un novio o porque eran muchxs hermanxs, y la comida no llegaba. Eso fue en 1982, y aunque no dice si estaba ennoviada o no, la pura verdad es que llegó a Venezuela el mismo año en que paramilitares de las Autodefensas de Puerto Boyacá sacaron de la casa a cinco integrantes de una familia y lxs asesinaron. Lxs masacraron por ser parte de la comunidad que dirigía el sacerdote Bernardo López Arroyave, acusado de comunista.

Tampoco dice que esa masacre fue en Antioquia, al ladito de Córdoba, el departamento donde creció antes de que la mandaran a Venezuela, a la frontera, para trabajar en casas de “familia”. De ese viaje cuenta que le fue bien, que lo único fueron los militares venezolanos que les cobraban por dejarlos pasar. El patrón de su papá la montó en una camioneta y la trajo a “este lado”. Estuvo un tiempo con su padre en la finca, no le gustaba. Quería regresar a su pueblo, “pero en ese tiempo una no se gobernaba y tenía que estar obligada”, cuenta.

Mientras, unos chamos campesinos, sobrevivientes del pueblo de las matanzas se unieron al Ejército de Liberación Nacional (ELN) en frentes que llevaron los nombres del cura y otros asesinados. Y es que era la hora del hartazgo, apenas un mes antes había llegado a Antioquia el grupo paramilitar de Fidel Castaño, sacaron a nueve personas de sus casas, las amarraron y les cayeron a plomo, para después mutilar los cuerpos a machetazos, sacarles los ojos y cortarles las lenguas, mientras violaban públicamente a una mujer por ser supuesta colaboradora de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fidel Castaño y su grupo eran financiados por los señores ganaderos de la región.

“Me fue mejor que a mucha gente, porque no me trajeron por las trochas. Mucha gente sí se vino así y les tocaba pagar más. Los acercaban hasta el río Limón, ahí los esperaba una lancha, pagaban y los terminaban de traer hasta acá, hasta la hacienda a la que los iban a poner a trabajar”, cuenta.

En el año 83 llegó a Caracas. El año de la Masacre de Cañaveral y Altos de Manila, eso queda en un municipio garcíamarquiano, que lleva el nombre de Remedios, como la muchacha que ascendió al cielo entre un “aleteo” de sábanas. El mismo grupo de Fidel Castaño arremetió contra una comunidad campesina y minera, donde vivían algunxs militantes del Partido Comunista, y del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario. No se sabe la cantidad exacta de asesinadxs porque lanzaron varios cuerpos a los ríos. En esta ocasión, la compañía minera Frontino Gold Mines tuvo la “amabilidad” de prestarle un camión a los paracos para que pudieran hacer su trabajo.

“Llegué a Caracas por una prima que ya estaba aquí. Me dijo que estaban buscando a una muchacha para trabajar en casa de ‘familia’ y me vine con ella. Amé Caracas. Decía: ‘Dios mío, qué bello. Qué bella la gente’, amable, a pesar de que yo venía de un campo. Nunca me perdí en la ciudad, si agarraba mal una camioneta cualquiera me ayudaba, sentí mucha amabilidad en Caracas durante los ochenta”, recuerda.

Y acá fue limpiando casas, trabajando interna porque no tenía a quién visitar. Pasaba las horas de almuerzo y cena sosteniendo las bandejas pesadas, de pie, mientras la “familia bien” conversaba explayada durante la sobremesa. Casi a las once de la noche la dejaban ir a comer a la cocina, iba con los brazos desmayados. Y llegó el 89. El Caracazo y la candela en los ojos, y una rabia contenida que se fue contra las calles. Ella ya estaba más que ennoviada acá, eso sí lo dice. Tenía una hija de cuatro años, un marido albañil, colombiano también, y vivían donde les daba el sueldo: un barrio de Petare.

Dos meses antes de la rebelión cívico-militar comandada por Chávez en el 92, los paracos en Colombia mataron, pagados por los terratenientes, a 21 indígenas que vivían en tierras de sus ancestros Nasa, en Cúcuta.

Y entre tanta matanza, el pueblo de un país arrinconado por la guerra, vendido a transnacionales mineras, terratenientes, ganaderos, entre otras sabandijas de semejante naturaleza, encontró en Venezuela esa belleza que cuenta Marta (así se llama ella), la belleza de lo posible que se abre luminoso. Entonces, Venezuela se “llenó” de colombianxs, muchxs miradxs con desconfianza, por ser “lxs otrxs”.

Se metieron en los barrios, siendo tan jodidxs y explotadxs como el resto del país hasta el 99, cuando Chávez, en su discurso como Presidente electo habló del Congreso de Angostura, de la unidad latinoamericana y dijo: “No es mera retórica nuestra bolivarianidad, es una necesidad imperiosa para todos los venezolanos, para todos los latinoamericanos y los caribeños, fundamentalmente, rebuscar atrás, rebuscar en las llaves o en las raíces de nuestra propia existencia la fórmula para salir de este terrible laberinto en el que estamos todos”. Ésa fue la invitación a dejar de ser “lxs otrxs”, para comprender que Chávez hablaba de la construcción colectiva de la unidad bolivariana.

Marta es mi mamá, eso también lo dice. Y antes de Chávez me aconsejaba que no le parara a la gente cuando nos acusaran de colombianxs. Siendo niña me daba vergüenza decir que mi familia era de Colombia, como ser parte de lo malo, lo desplazado, la falta de raíz. Pero Chávez hizo algo inaudito, desde el 99 y antes, en la rebelión, hacernos ver como la misma gente, no más masacrada y sin tierra, sino como una fuerza moral de volcanes “que por debajo van madurando hasta que explotan, revientan y arrasan ciudades”. Lo que es la mayor parte de Venezuela, lo que decidió ser este país, está atravesado por esa fuerza.

Hoy este texto cierra como lo quise la vez primera, diciendo algo que parecía una realidad lejana: viene el camino de la PAZ para Colombia, para madres y padres -como los míos- que tuvieron que dejar atrás a familias enteras en la sobrevivencia, para quienes se quedaron, entre el terror o la lucha. Hoy gana el pueblo que dijo #SonHorasDePaz, el que apostó por las ideas bolivarianas de liberación, integración, independencia plena.

Dedico este texto al movimiento popular colombiano y latinoamericano, a mis hermanxs de tanto, a Chávez que creyó en la posibilidad heroica. Siempre supimos, la miseria de la guerra en Colombia ha sido mucha, pero nuestras ganas de paz han sido más.

Texto: Katherine Castrillo/ Contacto: @Ktikok

Ilustración: Comando Creativo. Contacto: @Comandocreativo

Comentarios

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2 thoughts on “#SonHorasDePaz: Chávez, Colombia y “lo otro”

  1. Que buen artículo me encanto, definitivamente Chávez fue grande.
    Gracias por generar cambios de conciencia.

  2. Gracias Kathe. Hermoso y emotivo escrito. Somxs los mismxs. Gratitud para el pueblo del gigante latinoamericano #graciascomandanteChavez por jugaetela por la paz en Colombia

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