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Casa tomada

Milangela Galea

Con un sonido confuso, “como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”, fue tomada la casa del conocido cuento de Julio Cortázar. Desde ese día, los dos hermanos habitantes de la vivienda fueron cediendo espacio, entre el temor a lo que no se ve y la indiferencia ante lo desconocido.

Hay maneras muy opuestas de tomar casas. Maneras que nos llevan a convertir una casa en un terreno colectivo de creación artística.

¿De qué se trata? Varios artistas que hacían vida cotidiana en un mismo espacio en la parroquia La Pastora debían mudarse, así que en ese cierre de ciclo decidieron transformar la casa en una galería por un día, para mostrar a la comunidad que todo proyecto creativo puede ser itinerante.

Milangela Galea

Con esta muestra se presentan los alcances de generar un proyecto que vincule los espacios de convivencia con la creación colectiva, y que a su vez se abra al público tanto para exponer las obras como para iniciar procesos formativos y recuperar espacios en las parroquias”, dice Joseph Villamizar, del colectivo Antimantuanxs.

En una semana organizaron a veinte expositorxs para armar muestras fotográficas, pictóricas, gastronómicas, artesanales, literarias, instalaciones, intervenciones, video-arte, en las paredes, en los techos, en el piso.

Lo ven como el primer experimento de esta naturaleza que se materializó gracias a la plataforma de Urbano Aborigen, un colectivo que desde hace tres años trabaja en diversas disciplinas del arte, y que se describe como una organización colectiva e itinerante, revolucionaria y latinoamericana.

Milangela Galea

Contamos con compañeros y compañeras que saben trabajar, planificar, organizarse. Somos de Los Andes, Maracay, Los Teques, Barquisimeto, Caracas. Cuando nos juntamos quisimos ocuparnos en reconocer nuestra herencia que ha sido callada, recuperar nuestra memoria. Empezamos trabajando con el arte corporal a partir de la estética aborigen, los petroglifos, pero a medida que fue madurando el colectivo nos fuimos transformando en una red de redes  multidisciplinaria”, cuenta Marijó.

Con la casa-galería tratan de romper los parámetros tradicionales de los museos, las distancias de las comunidades con los espacios expositivos formales o académicos. Romper, además, con esa tradición de poner el trabajo artístico en un salón blanco con una iluminación específica.

Lo que se busca, en palabras de Marijó, es: “Hacer de nuestro hogar un lugar de creación. Intimar con colectivos y vecinxs. Que los bienes culturales se expongan principalmente en los lugares en los que nacen, en este caso el mismo barrio, el lugar que se mantuvo marginado en su relación con el arte, como si desde aquí no tuviéramos la capacidad de crear, de pensarnos”.

Milangela Galea

¿Y qué alcance puede haber en una acción de un día? La trascendencia de tener un precedente ahí donde nunca se asumió que podía generarse una acción cultural, el significado simbólico de que la casa callada y cerrada frente a la que pasamos durante años puede hacer palpitar de música un callejón indolente, la posibilidad de que vivir una experiencia creativa, así sea por un día, nos relacione de forma más cercana con un arte que nos gusta, que sentimos profundamente porque nos identifica.

¿Por qué una casa de convivencia y no una casa exclusiva para las muestras artísticas? “Porque nos han acostumbrado a relacionarnos desde las distancias, desde la idea de la ‘casa ajena’, desde no saber cómo viven nuestrxs vecinxs. Queremos romper con esos paradigmas, vernos desde lo íntimo, desde el tú a tú”. Abrir la casa, entonces, para la visita del vecino mecánico, de la compañera muralista, de los niños y las niñas que se quieren pintar la cara. Ahí la casa parece que se fuera expandiendo, abarcando la calle, la parada de la camionetica.

Decía Cortázar, en ese mismo cuento del principio, que cuando la puerta estaba abierta “advertía uno que la casa era muy grande”.

Texto: Katherine Castrillo / Contacto: @ktikok

Fotos: Milangela Galea

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